PARTE 2: LA SANGRE DE LOS BLACKWOOD

—¿Qué significa eso?

Adrian no respondió.

Miró hacia el quirófano.

—¿Qué le está pasando a Ethan?

Su expresión cambió.

La furia desapareció por un instante.

Debajo estaba el miedo de un padre que acababa de descubrir que tenía un hijo y podía perderlo el mismo día.

—Existe una condición hereditaria en mi familia —dijo finalmente—. Es rara. Por eso el sistema reconoció su perfil.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Lo sabías cuando estuvimos juntos?

—No sabía que estabas embarazada.

Aquello me golpeó.

Durante siete años me había convencido de que huir había protegido a Ethan.

Pero al ocultar quién era su padre, también había ocultado una parte importante de su historial médico.

—¿Puedes ayudarlo?

Adrian me miró.

—Por eso estoy aquí.

Un médico apareció.

—Necesitamos un familiar biológico compatible para continuar el tratamiento.

Adrian ya se estaba quitando la chaqueta.

—Utilicen lo que necesiten.

Durante las siguientes horas nadie habló de mafias.

Ni de mentiras.

Ni de siete años perdidos.

Solo existía Ethan.

Finalmente, el cirujano salió.

—Está estable.

Mis rodillas cedieron.

Adrian me sostuvo antes de que tocara el suelo.

Me aparté inmediatamente.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía.

Su voz volvió a endurecerse.

—Cuando despierte, hablaremos.

Ethan abrió los ojos aquella noche.

—Mamá…

Me acerqué.

—Estoy aquí.

Entonces vio a Adrian detrás de mí.

—¿Quién es?

No pude seguir mintiendo.

—Se llama Adrian.

Ethan frunció el ceño.

—Se parece a mí.

Adrian cerró los ojos un instante.

Me dolió verlo.

—Sí —respondí—. Hay algo que debí contarte hace mucho tiempo.

Pero antes de que pudiera continuar, Adrian recibió una llamada.

Escuchó durante pocos segundos.

Después miró a Ethan.

Luego a mí.

—Tenemos que moverlo.

—¿Qué?

—La alerta genética no solo me notificó a mí.

Sentí frío.

—¿A quién más?

—A alguien que lleva siete años esperando que aparezca un heredero Blackwood.

En menos de diez minutos, la seguridad del hospital cambió.

Adrian ordenó protección adicional alrededor de Ethan, mientras el personal médico preparaba un traslado seguro dentro del propio complejo.

—¿Quién quiere hacerle daño?

Adrian permaneció en silencio.

—¡Es mi hijo!

—También es el mío.

Fue la primera vez que lo dijo.

Mi hijo.

Su hijo.

Nuestro hijo.

Adrian respiró profundamente.

—Mi padre murió dejando una estructura sucesoria. Si yo moría sin descendencia reconocida, determinadas participaciones pasarían a mi tío Vincent.

Comprendí inmediatamente.

—Pero Ethan cambia eso.

—Completamente.

—¿Vincent sabía que yo estaba embarazada?

Adrian me miró.

—Eso es precisamente lo que necesito descubrir.

Aquella madrugada llegó un archivo desde los sistemas de seguridad de Blackwood.

Fotografías.

Registros.

Informes.

Mi nombre aparecía en documentos fechados siete años atrás.

—¿Qué es esto?

Adrian hojeó las páginas.

Y su rostro se volvió aterradoramente tranquilo.

—Alguien sabía que estabas embarazada antes de que desaparecieras.

Sentí un escalofrío.

—Nadie lo sabía.

—Alguien sí.

Había incluso una fotografía mía saliendo de una clínica.

Tomada desde un automóvil.

Fecha: dos días antes de mi huida.

—¿Tú me vigilabas?

Adrian negó.

—Estos archivos no pertenecen a mi gente.

Entonces encontramos una orden.

“Localizar a la mujer. Confirmar embarazo. No informar a Adrian.”

Firmada con una inicial.

V.

Vincent.

Me cubrí la boca.

Adrian siguió leyendo.

Después se detuvo.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Vincent dejó de buscarte seis meses después.

—Quizá creyó que había perdido al bebé.

—No.

Adrian giró el documento.

“OBJETIVO LOCALIZADO. NO INTERVENIR. CONTINUAR OBSERVACIÓN.”

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Nos encontraron?

—Hace seis años y medio.

Miré hacia la habitación donde Ethan dormía.

—Entonces… ¿por qué nunca hicieron nada?

Adrian no respondió.

Porque acababa de llegar otro informe.

Uno mucho más reciente.

Había fotografías de Ethan.

En la escuela.

En el parque.

En su cumpleaños.

Alguien había seguido a mi hijo durante años.

La última fotografía era de esa misma mañana.

Ethan aparecía entrando en Oakridge.

—Adrian…

Él tomó el teléfono.

—Cierra el hospital.

—Ya está cerrado.

—No por fuera.

Me miró.

—Por dentro.

Entonces comprendí.

La persona que había vigilado a Ethan sabía dónde estaba.

Sabía que había sido hospitalizado.

Y probablemente sabía que Adrian había llegado.

Un médico entró apresuradamente.

—Señor Blackwood, tenemos un problema con las muestras.

—¿Qué problema?

—Alguien intentó acceder al laboratorio utilizando credenciales médicas.

Adrian se puso de pie.

—¿Quién?

El médico tragó saliva.

—La doctora registrada en el sistema falleció hace cuatro años.

Nos miramos.

Alguien había preparado aquello mucho antes de esa mañana.

Adrian llamó a su jefe de seguridad.

—Encuentra a Vincent.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

—Señor… Vincent Blackwood murió hace dieciocho meses.

Silencio.

—Eso es imposible.

—Yo asistí al funeral —dijo Adrian.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Había una fotografía.

Ethan dormido en su habitación del hospital.

Tomada hacía menos de un minuto.

Debajo aparecía un mensaje:

“ADRIAN NO ES EL ÚNICO BLACKWOOD QUE TIENE DERECHO A ESE NIÑO.”

Le entregué el teléfono.

Por primera vez desde que había aparecido en el hospital, Adrian perdió completamente la calma.

Porque en la esquina de la fotografía se veía el reflejo de quien la había tomado.

Y yo reconocí ese rostro.

Era la única persona que conocía mi verdadero nombre durante los siete años que pasé escondida.

La persona que me había ayudado a desaparecer.

Mi propia madre.

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