PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE AMARLO, ÉL EMPEZÓ A PERSEGUIRME.

Alexander regresó a las cuatro de la madrugada.

Yo no estaba dormida.

Había pasado esas horas completando los últimos documentos para California.

Cuando entró al dormitorio, cerré la computadora.

—¿Sigues despierta?

—Estaba trabajando.

Frunció el ceño.

—¿Trabajando en qué?

—Nada importante.

Antes habría querido contarle todo.

Ahora entendía que no necesitaba su aprobación.

Alexander se acercó.

—Victoria está bien. Solo se asustó.

—Me alegro.

—No pasó nada entre nosotros.

—No pregunté.

Su expresión cambió.

Mi indiferencia volvía a herirlo más que mis antiguos celos.

—Isabella, mírame.

Lo hice.

—¿Qué?

Alexander permaneció callado.

Quizá esperaba encontrar rabia.

Encontró cansancio.

—Nada —murmuró.

Se acostó.

Yo apagué la lámpara.


Durante las semanas siguientes me convertí en la esposa perfecta.

Saludaba a sus padres.

Asistía a las cenas.

Sonreía cuando correspondía.

No discutía con Victoria.

No corregía a Ethan.

No preguntaba dónde estaba Alexander.

Y poco a poco, la familia Hawthorne empezó a descubrir cuánto trabajo invisible había dejado de hacer.

Ethan recibió una suspensión escolar.

Alexander llegó furioso.

—¿Por qué nadie me avisó que llevaba una semana faltando a clases?

Yo seguí leyendo.

—La escuela te envió correos.

—Antes tú controlabas esas cosas.

—Me pediste que dejara de ocuparme de Ethan.

Se quedó sin respuesta.

Dos días después, su madre me llamó.

—Isabella, Ethan ha desaparecido otra vez.

—Llame a Alexander.

—Él está en una reunión.

—Entonces espere a que termine.

Su tono se volvió duro.

—¡Eres su madrastra!

—Según ustedes, no tengo derecho a disciplinarlo.

Colgué.

Ethan apareció horas después acompañado por Victoria.

Alexander quiso obligarme a hablar con él.

Me negué.

—Es tu hijo.

Aquella frase pareció golpearlo.

Porque durante años yo había dicho:

“Nuestro hijo.”

Ahora decía:

“Tu hijo.”


Mi visa llegó veintisiete días después.

Guardé el documento dentro de una carpeta junto con mi admisión universitaria y los papeles del divorcio.

Solo faltaban cinco días para marcharme.

Alexander lo descubrió por accidente.

Entró en mi despacho buscando un contrato.

Encontró el pasaporte.

La carta.

Y un billete de avión.

Cuando regresé, estaba sentado detrás de mi escritorio.

—¿Qué es esto?

Miré los documentos entre sus manos.

—Mis cosas.

—¿California?

—Sí.

—¿Un doctorado?

—Sí.

Su respiración cambió.

—¿Desde cuándo?

—Solicité la plaza después de salir del hospital.

Alexander se levantó.

—¿Después de perder al bebé?

No respondí.

—¿Pensabas marcharte sin decirme nada?

—Pensaba dejarte los documentos del divorcio.

Su rostro quedó completamente vacío.

—¿Divorcio?

—Sí.

—Isabella, deja de bromear.

Saqué la carpeta inferior.

Se la entregué.

Alexander la abrió.

Solicitud de divorcio.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No.

—Todo está preparado.

—No voy a firmar.

—Entonces seguirá el procedimiento correspondiente.

Me miró como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Todo esto es por Ethan?

Sentí una calma casi dolorosa.

—No.

—Entonces ¿por Victoria?

—Tampoco.

—¡Entonces dime qué demonios quieres!

Lo miré.

—Irme.

Aquella palabra terminó de asustarlo.

—Podemos tener otro hijo.

Me quedé inmóvil.

Alexander comprendió inmediatamente que había dicho algo imperdonable.

—Isabella, no quise…

—Nuestra hija no era reemplazable.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Mi voz seguía tranquila.

—Cuando desperté en el hospital después de perderla, te dije que Ethan me había empujado.

Alexander bajó los ojos.

—Y tú me llamaste celosa.

—Cometí un error.

—No revisaste las cámaras.

Silencio.

—Ni siquiera lo intentaste.

—Ethan estaba aterrorizado.

—Yo también.

Eso lo hizo callar.

—Yo estaba sola, Alexander.

Respiré lentamente.

—Y decidiste que proteger la mentira de tu hijo era más importante que escucharme.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—Lo siento.

—Lo sé.

—Entonces dame otra oportunidad.

Negué.

—Que lo lamentes no significa que yo tenga que quedarme.


Aquella misma noche ocurrió algo inesperado.

Ethan estaba escuchando detrás de la puerta.

Entró llorando.

—¡No fue mi culpa!

Alexander se volvió.

—¿Qué dijiste?

El niño palideció.

—Mamá dijo que Isabella iba a quitármelo todo.

Alexander frunció el ceño.

—¿Victoria?

Ethan empezó a temblar.

—Dijo que si Isabella tenía un bebé, papá ya no me necesitaría.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué más te dijo?

Ethan bajó la cabeza.

—Que tenía que hacer que se fuera.

Alexander parecía incapaz de respirar.

—¿Por eso la empujaste?

El niño comenzó a llorar.

—Solo quería asustarla.

Alexander se apoyó en el escritorio.

Por fin tenía la verdad que se había negado a buscar.

Sacó inmediatamente el teléfono.

—Voy a llamar a Victoria.

—Haz lo que quieras.

Me dirigí hacia la puerta.

Alexander me sujetó suavemente del brazo.

Me aparté.

Él soltó de inmediato.

—Isabella…

—No conviertas esto en otra razón para pedirme que me quede.

—Pero ahora sabemos la verdad.

Lo miré.

—Yo siempre supe la verdad.

El único que necesitaba descubrirla eras tú.


Victoria llegó una hora después.

Negó todo.

Hasta que Ethan repitió delante de ella algunas de las conversaciones que habían tenido.

Su rostro cambió.

Alexander la echó de la casa.

Después llamó al director de la escuela y organizó ayuda profesional para Ethan.

Por primera vez empezó a comportarse como el padre que yo llevaba años intentando obligarlo a ser.

Pero ya no importaba para nuestro matrimonio.

Porque algunas personas creen que arreglar aquello que destruyeron obliga al otro a regresar.

No funciona así.


Cinco días después, mi maleta estaba junto a la puerta.

Alexander esperaba en el vestíbulo.

—El coche puede llevarte al aeropuerto.

—Ya pedí uno.

Asintió.

Tenía los ojos rojos.

—¿Volverás alguna vez?

—No lo sé.

—¿Todavía me amas?

Aquella pregunta habría destruido a la Isabella de meses atrás.

Pensé antes de responder.

—Creo que una parte de mí siempre recordará al hombre del que me enamoré.

Alexander tragó saliva.

—Entonces todavía existe una posibilidad.

Negué.

—Recordar el amor no significa querer regresar a donde lo perdiste.

Tomé mi maleta.

Ethan apareció en las escaleras.

No me acerqué a abrazarlo.

Pero tampoco lo miré con odio.

Era un niño que necesitaba ayuda y límites que sus padres nunca le habían dado.

—Lo siento —murmuró.

Asentí.

—Espero que algún día entiendas realmente por qué.

Salí.

Alexander me siguió hasta la puerta.

—Isabella.

Me giré por última vez.

—Ahora entiendo por qué cambiaste.

—No cambié.

Lo miré.

—Simplemente dejé de luchar para que me quisieras correctamente.

Subí al coche.

Meses después comencé mi investigación en California.

Alexander firmó finalmente el divorcio.

De vez en cuando llegaban correos suyos.

Nunca respondía.

La señora Hawthorne perfecta que su familia había querido finalmente existía.

No discutía.

No reclamaba.

No sentía celos.

No interfería con Ethan.

No cuestionaba a Victoria.

Solo había un problema.

Ya no era la señora Hawthorne.

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