La sonrisa de Ethan todavía flotaba al otro lado del balcón cuando mi padre pronunció las palabras que iban a cambiarlo todo.
—Presidente Harris —dijo Richard Sterling con una calma que daba más miedo que un grito—, a partir de este momento, todos los proyectos conjuntos entre Sterling Capital y el Grupo Shinhua quedan suspendidos.
Charles Harris palideció.
—Richard, por favor. Lo que hizo mi hijo no representa a toda la compañía.
—Quizá no.
Mi padre miró alrededor de la sala.
—Pero acabamos de escuchar a Ethan admitir que se casó con mi hija para utilizar nuestra influencia y asegurar su posición dentro del grupo. Eso ya no es un problema matrimonial. Es un problema empresarial.
Los directores comenzaron a murmurar.
Ethan no sabía nada.
Seguía riéndose con Sophie.
—Brindemos —dijo ella—. Por el día en que finalmente seas presidente.
—Ese puesto será mío antes de que termine el año.
Charles cerró los ojos.
Aquella frase fue el último clavo.
Uno de los miembros del consejo, un anciano de cabello blanco, se inclinó hacia delante.
—Presidente Harris… ¿su hijo está utilizando su matrimonio para influir en decisiones corporativas?
Charles no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Yo apagué el transmisor.
—Papá, creo que ya escucharon suficiente.
—Ava, quédate ahí.
—No.
Levanté la mirada hacia la habitación 8808.
—Ahora viene mi parte favorita.
Maya abrió los ojos.
—¿Vas a entrar?
—Claro.
Abrí mi bolso y saqué una pequeña caja envuelta en papel negro.
Maya me siguió hasta el pasillo.
Cuando llegamos frente al 8808, respiré profundamente y llamé tres veces.
Silencio.
Después escuchamos pasos.
La puerta se abrió.
Ethan apareció con una camisa medio abotonada.
Al verme, perdió el color.
—A-Ava…
Sonreí.
—Feliz aniversario.
Detrás de él, Sophie se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
—¿No tenías una reunión online?

Ethan tardó varios segundos en reaccionar.
—Puedo explicarlo.
—Por supuesto.
Entré sin esperar invitación.
Dejé la caja sobre la mesa.
—Por eso vine.
Sophie intentó desaparecer hacia el dormitorio.
—Tú también deberías quedarte —le dije—. El regalo es para los dos.
Ethan abrió la caja.
Dentro había tres objetos.
Una copia de nuestro acuerdo prenupcial.
Una memoria USB.
Y una carpeta roja.
—¿Qué significa esto?
—La memoria contiene grabaciones, mensajes, transferencias bancarias y facturas de regalos que pagaste utilizando una cuenta vinculada a nuestros activos matrimoniales.
Sus dedos empezaron a temblar.
—Eso es ilegal.
Me reí.
—Deberías preguntárselo a mis abogados.
Tomé la carpeta roja.
—Y esto…
La abrí.
—Es la solicitud de divorcio.
Sophie sonrió involuntariamente.
Yo la vi.
—No te emociones demasiado.
Saqué otra hoja.
—Porque también incluye una demanda para recuperar aproximadamente ochocientos mil dólares utilizados por Ethan durante nuestra relación para financiar tu estilo de vida.
La sonrisa de Sophie desapareció.
—¡Yo no sabía de dónde venía ese dinero!
—Perfecto. Puedes explicárselo al tribunal.
Ethan golpeó la mesa.
—¡Basta! ¡Soy tu esposo!
Lo miré fijamente.
—No por mucho tiempo.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Papá.
La pantalla mostraba: Charles Harris.
Ethan lo rechazó.
Volvió a sonar.
Lo rechazó otra vez.
Al tercer intento contestó furioso.
—¡Estoy ocupado!
La voz de Charles explotó desde el teléfono.
—¡VEN AHORA MISMO A LA SEDE!
Ethan se congeló.
—¿Qué pasa?
—El consejo acaba de votar.
Pausa.
—Has sido suspendido de todos tus cargos.
Ethan me miró.
Y por primera vez aquella noche comprendió algo.
—Ava…
Sonreí suavemente.
—Te dije que había preparado un regalo.