PARTE 2: TRES DÍAS PARA BORRARLOS DE MI VIDA.

El desconocido me apartó de la ventana y cerró las hojas de cristal detrás de nosotros.

No intentó abrazarme.

No pronunció frases vacías.

Simplemente colocó una silla frente a mí y esperó hasta comprobar que podía mantenerme en pie.

—¿Quién es usted? —pregunté.

El hombre sacó una tarjeta de su abrigo.

León Salvatierra. Abogado.

Debajo aparecía el nombre de uno de los despachos jurídicos más poderosos del país.

Lo conocía.

Todos lo conocían.

—No necesito un abogado.

—Sí lo necesita.

—Me quedan tres días. Ya no necesito nada.

Por primera vez, su expresión cambió.

—Entonces el doctor ya se lo dijo.

Lo miré fijamente.

—¿Cómo sabe eso?

León abrió un maletín.

—Porque no estoy aquí por Adrián.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

—Estoy aquí por usted.

Dentro había documentos que llevaban mi nombre.

Propiedades.

Acciones.

Cuentas.

Un fideicomiso que jamás había visto.

Pasé las páginas con las manos temblorosas.

—No entiendo.

—Su abuelo materno murió hace ocho meses.

Sentí un vuelco.

Mi madre llevaba años diciendo que él nos había desheredado.

—Eso es imposible.

—No lo es.

León señaló una cláusula.

—Usted era su heredera principal.

Levanté la vista.

—¿Era?

—La familia intentó declararla legalmente incapacitada mientras estaba en coma.

El aire desapareció de mis pulmones.

—¿Quién?

León sostuvo mi mirada.

—Sus padres. Daniel. Y Valeria.

Sentí algo helado extenderse por mi pecho.

Él continuó.

—Si usted no despertaba antes de determinada fecha, el control temporal de sus bienes pasaría a su representante familiar.

—Mi madre.

—Exacto.

Cerré los ojos.

De pronto la boda tenía otro significado.

Mi despertar no solo había arruinado una celebración.

Había arruinado un plan.

—¿Adrián lo sabía?

León guardó silencio.

—Respóndame.

—Su firma aparece en dos documentos.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque ya no me quedaban lágrimas suficientes para aquella gente.

—Claro.

Miré hacia la puerta cerrada.

Todos estaban abajo brindando.

Mi madre probablemente sonreía ante los invitados.

Valeria caminaba con mi vestido.

Adrián utilizaba el anillo que había elegido conmigo.

Y Daniel vigilaba que yo no arruinara su felicidad.

Mientras tanto, habían intentado quedarse con todo lo que era mío.

—¿Cuál es el trato? —pregunté.

León cerró la carpeta.

—Durante tres días usted seguirá siendo legalmente capaz de modificar todas las disposiciones de su herencia.

—¿Y después?

Su silencio fue suficientemente claro.

Respiré despacio.

—Continúe.

—Puede revocar poderes.

—Sí.

—Congelar transferencias.

—Sí.

—Retirar a su familia del fideicomiso.

—Sí.

Mis labios formaron una pequeña sonrisa.

—¿Y puedo asegurarme de que ninguno reciba un centavo?

León abrió otra carpeta.

—Por eso vine personalmente.

Firmé el primer documento mientras desde el jardín llegaba música de la boda.

A las doce y diez, la tarjeta corporativa de Daniel quedó bloqueada.

A las doce y diecisiete, mi padre perdió autorización sobre tres propiedades.

A las doce y veintiséis, mi madre dejó de ser representante del fideicomiso.

A las doce y cuarenta, todas las acciones que Valeria esperaba recibir quedaron protegidas mediante una cláusula irrevocable.

Y a la una en punto, el teléfono de León comenzó a vibrar sin descanso.

—Ya lo descubrieron —dijo.

Yo asentí.

—Perfecto.

La puerta se abrió violentamente.

Daniel entró primero.

—¿QUÉ HICISTE?

Detrás aparecieron mis padres.

Luego Valeria.

Seguía vestida de novia.

Adrián estaba con ella.

Mi madre sostenía el teléfono.

—Mía, el banco acaba de bloquear nuestras cuentas.

—No son sus cuentas.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Somos tu familia!

—Lo recordaron demasiado tarde.

Valeria miró los documentos.

—¿Quién es este hombre?

León se puso de pie.

—Represento exclusivamente a la señorita Ruiz.

Adrián frunció el ceño.

—Mía, podemos hablar solos.

—No.

—Esto no tiene que convertirse en una guerra.

Lo miré.

—Para mí empezó hace meses.

Su rostro perdió el color.

Valeria apretó su brazo.

—¿Qué significa eso?

—Que sé que ustedes estaban juntos antes del accidente.

Silencio.

Mi madre fue la primera en reaccionar.

—Mía, estabas enferma. No pienses ahora en cosas…

—Daniel lo dijo por teléfono.

Mi hermano palideció.

Todos lo miraron.

—Yo no dije…

—Lo escuché.

Daniel cerró la boca.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Puedo explicarlo.

—No quiero explicaciones.

—Mía…

—Quiero respuestas legales.

León colocó otro documento frente a él.

—Señor Fuentes, también deberá explicar por qué firmó como testigo una solicitud destinada a transferir bienes de la señorita Ruiz mientras ella estaba incapacitada.

Adrián se quedó inmóvil.

Valeria soltó lentamente su brazo.

—¿Qué firmaste?

Él no respondió.

La ceremonia se había detenido.

Desde el pasillo empezaban a escucharse murmullos de invitados.

Entonces apareció un empleado del hotel.

—Señor Fuentes…

Adrián giró con furia.

—¿Qué?

—Hay varias personas preguntando por usted en recepción.

—¿Quiénes?

León respondió antes que el empleado.

—Auditores.

Mi padre se apoyó en una silla.

—¿Auditores de qué?

León abrió la última carpeta.

—Del patrimonio Ruiz.

Mi madre comenzó a temblar.

Aquello llamó mi atención.

No la indignación.

No el miedo por mí.

Miedo por ella misma.

La miré fijamente.

—Mamá.

No respondió.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Demasiado rápido.

León deslizó una hoja hacia mí.

Había transferencias realizadas durante los meses de mi coma.

Cantidades enormes.

Destinos desconocidos.

Autorizaciones con firmas que parecían mías.

—Estas firmas no son mías.

—Lo sabemos —respondió León.

Mi padre se volvió hacia mi madre.

—¿Qué significa esto?

Ella retrocedió.

—Yo solo hice lo que era necesario.

—¿Necesario para qué?

Valeria comenzó a llorar.

—Mamá, dime que yo no estoy involucrada.

Mi madre la miró.

Y aquel segundo de silencio dijo demasiado.

Daniel corrió hacia la puerta.

Dos hombres lo bloquearon.

León permaneció tranquilo.

—Nadie debería abandonar el piso hasta que termine la revisión.

Adrián me miró como si finalmente comprendiera que la boda había dejado de importar.

—Mía, ¿qué quieres?

Pensé en aquella pregunta.

Tres días.

Setenta y dos horas.

Eso era todo lo que aparentemente me quedaba.

No quería venganza.

No quería escuchar disculpas.

Quería saber la verdad.

—Quiero recuperar mi nombre.

Me levanté despacio.

—Quiero recuperar todo lo que firmaron mientras no podía defenderme.

Miré a Valeria.

—Y quiero que te quites mi vestido.

Ella se quedó inmóvil.

—Mía…

—No porque quiera recuperarlo.

Negué lentamente.

—Porque ahora sé lo que representa.

Valeria comenzó a desabrocharse los guantes.

Entonces mi médico apareció en la puerta.

Venía pálido.

Demasiado pálido.

—Señorita Ruiz, necesito hablar con usted inmediatamente.

León se acercó.

—¿Ocurre algo?

El médico miró a mi familia.

Después a mí.

—Los resultados que utilizamos para darle el pronóstico de tres días…

Hizo una pausa.

—Acabamos de compararlos con su expediente original.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Y?

El médico sostuvo una hoja entre los dedos.

—No pertenecen a usted.

Nadie respiró.

—¿Qué está diciendo?

Su rostro se endureció.

—Que alguien sustituyó parte de su expediente esta mañana y quiso convencerla de que estaba muriendo.

Giré lentamente hacia mi familia.

Mi madre había dejado de llorar.

Valeria parecía aterrorizada.

Daniel miraba al suelo.

Pero Adrián…

Adrián estaba mirando directamente a mi madre.

Como si ya supiera exactamente quién había ordenado cambiar aquellos resultados.

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