El mundo pareció detenerse cuando vi a aquella muchacha junto a Eric.
Tenía el cabello recogido, un abrigo gris demasiado grande y una expresión ensayada de inocencia. Pero lo peor no era su rostro.
Era la tarjeta que sostenía entre los dedos.
CLARA HAYES.
Mi nombre.
Mi número de examen.
Mi universidad.
Mi futuro.
—La verdadera estudiante soy yo —dijo ella.
Sentí un frío brutal recorrerme la espalda.
Eric sonrió.
No era la sonrisa del muchacho pobre que fingía sentirse inferior a mí.
Era la sonrisa del hombre que, diez años después, se inclinaría junto a mi cama para confesar que había destruido mi vida.
La misma sonrisa.
Una funcionaria tomó las dos tarjetas.
—Esto es muy serio.
Eric señaló mi mochila.
—Revisen sus documentos. Clara robó la identidad de mi amiga.
—¿Tu amiga? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—Nunca dijiste que yo no pudiera tener amigas.
Entonces comprendí algo.
Eric había preparado aquello antes de que llegara mi carta.
No estaba improvisando.
Mi renacimiento había cambiado sus movimientos, pero no su plan.
La funcionaria pidió nuestras identificaciones.
Yo entregué la mía.
La otra muchacha hizo lo mismo.
Eran prácticamente idénticas.
El director de admisiones fue llamado.
—Hasta que aclaremos esto, ambas matrículas quedan suspendidas.
Eric soltó un suspiro satisfecho.
Y entonces recordé algo.
En mi primera vida, mi abuela había guardado durante años una vieja caja de madera con documentos familiares.
Partidas de nacimiento.
Cartillas médicas.

Fotografías.
Y una pequeña libreta donde mi madre había anotado cada detalle de mi infancia antes de morir.
Eric nunca había sabido de ella.
Levanté la cabeza.
—Quiero que llamen a la policía.
La sonrisa de Eric desapareció.
—¿Qué?
—Si existe un caso de robo de identidad, quiero una investigación oficial.
La falsa Clara palideció.
—No hace falta…
—Sí hace falta.
Miré directamente a Eric.
—Si alguien está mintiendo, descubrirán quién.
Por primera vez desde que había regresado al pasado, vi miedo verdadero en sus ojos.