PARTE 2: LA ESPOSA QUE POSEÍA EL IMPERIO..

Cuando las puertas del ascensor se cerraron frente a Amanda, Sebastian todavía creía que acababa de ganar.

Detrás de ella quedaron las risas nerviosas, las miradas acusadoras y Lily aferrándose al brazo de su esposo como una víctima rescatada.

Amanda miró su reflejo en el metal del ascensor.

Tenía el cabello húmedo por el té.

El maquillaje ligeramente corrido.

Y la marca roja de los dedos de Sebastian todavía visible en su brazo.

Sin embargo, por primera vez en tres años, no lloró.

Sacó el teléfono y llamó a una sola persona.

—Marcus.

Al otro lado respondió inmediatamente su abogado.

—¿Ocurrió algo?

—Activa la cláusula diecisiete.

Hubo silencio.

—Amanda… ¿estás segura?

Ella contempló el anillo de bodas que ya no estaba en su mano.

—Nunca había estado tan segura.

Marcus respiró profundamente.

—Entonces Foster Group tiene setenta y dos horas.

—No.

Amanda sonrió.

Tiene hasta mañana a las nueve.

La cláusula diecisiete había sido incluida seis años atrás, cuando el padre de Amanda aceptó invertir en Foster Group.

En aquel momento, la empresa de la familia Foster era poco más que una compañía endeudada con un apellido respetable.

El dinero de los Hale la había salvado.

Pero el verdadero tesoro no había sido el capital.

Eran cuatro patentes de almacenamiento energético, dos contratos internacionales y una licencia tecnológica exclusiva perteneciente a Amanda.

Sebastian siempre había supuesto que aquellas propiedades habían pasado definitivamente a Foster Group después del matrimonio.

Nunca leyó los anexos.

Amanda sí.

Las patentes podían retirarse si el matrimonio terminaba debido a conducta perjudicial demostrable de uno de los cónyuges.

Y la fiesta de cumpleaños había ocurrido delante de cuarenta y siete empleados.

Además de seis cámaras de seguridad.

Cuando Amanda llegó al estacionamiento, su teléfono comenzó a vibrar.

Sebastian.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Lo silenció.

Después llegó un mensaje.

Deja de comportarte como una niña. Regresa y discúlpate.

Amanda lo leyó dos veces.

No porque dudara.

Porque quería recordar exactamente qué clase de hombre había amado.

Respondió con cuatro palabras.

Habla con mis abogados.

A las ocho de la noche, Sebastian recibió el acuerdo de divorcio.

A las ocho y siete, llamó dieciséis veces.

A las ocho y veinte, comenzó a comprender que aquello no era una amenaza.

Y a las nueve y tres minutos, encontró la página que cambió su expresión por completo.

Amanda Hale Foster: 42 % de participación accionaria.

Llamó inmediatamente al director financiero.

—¿Esto es real?

—Sí, señor.

—¿Desde cuándo?

El hombre dudó.

—Desde antes de que usted fuera vicepresidente.

Sebastian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Y las patentes?

—También pertenecen a ella.

—Pero están registradas a nombre del grupo.

—Licenciadas —corrigió el director financiero—. No transferidas.

Sebastian apretó el teléfono.

En el sofá de su apartamento, Lily lo observaba.

Sí.

Había ido con él.

Supuestamente porque estaba demasiado alterada para regresar sola a casa.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Sebastian no respondió.

Su teléfono acababa de recibir otro correo.

REUNIÓN EXTRAORDINARIA DEL CONSEJO.

Hora: 9:00 a. m.

Motivo:

Revisión inmediata del cargo de vicepresidente ejecutivo, Sebastian Foster.

Por primera vez aquella noche, Lily dejó de fingir que lloraba.

Y sonrió.

Porque ella sabía algo que Sebastian todavía ignoraba.

Amanda no era la única persona preparando su caída.


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