Parte 2: LA TRAMPA DE LOS 400.000 DÓLARES

A las siete de la mañana, Margaret ya estaba preparando café.

No para Gwen.

Para mí.

Cuando entré en la cocina, mi madre tenía sobre la mesa una carpeta con escrituras, estados bancarios y recibos.

—Pensé en lo que dijiste anoche —comentó con una sonrisa—. Si necesitas demostrar patrimonio para recibir esos cuatrocientos mil, podemos ayudarte.

Paige apareció detrás de ella.

—Podríamos poner temporalmente la casa a tu nombre.

Casi sonreí.

La trampa estaba funcionando más rápido de lo esperado.

—Necesitaré demostrar de dónde salió el dinero para comprarla —respondí—. La empresa revisará todas las transferencias.

Mi madre perdió la sonrisa durante medio segundo.

—Eso será fácil.

—Perfecto. Quiero cuatro años completos de movimientos bancarios.

Paige miró a Margaret.

Yo fingí no notarlo.

—También necesitaré facturas de las reformas, vehículos, joyas y cualquier inversión realizada con el dinero que envié.

—¿Las joyas? —preguntó Paige.

—Todo aumenta mi patrimonio declarado.

Eso bastó.

La codicia hizo el resto.

Mientras ellas buscaban documentos, llevé a Gwen al hospital.

El médico confirmó que necesitaba comenzar tratamiento cuanto antes.

Sentado junto a ella, sentí una culpa insoportable.

—Debí regresar antes.

Gwen negó lentamente.

—Tú confiabas en tu familia.

—Y ellas usaron esa confianza contra ti.

Tomé su mano.

—Esto termina ahora.

Aquella tarde llamé a un abogado llamado Samuel Brooks.

Le expliqué las transferencias y le mostré fotografías de la casa, los vehículos y los documentos que Margaret había empezado a entregarme.

Samuel permaneció serio.

—No toque ninguna cuenta todavía.

—¿Por qué?

—Porque si descubren que sospecha, podrían mover el dinero.

Exactamente lo que yo había pensado.

—Entonces necesito que crean que recibiré mucho más.

Samuel entendió inmediatamente.

Durante los dos días siguientes, convertí mi supuesto paquete de compensación en el mejor anzuelo que Margaret y Paige habían visto jamás.

Les dije que la empresa podía elevarlo hasta 1,8 millones de dólares si demostraba estabilidad financiera y patrimonio familiar suficiente.

Margaret casi dejó caer su copa.

—¿Un millón ochocientos mil?

—Posiblemente.

Paige abrió la boca.

—Gavin, con eso podríamos comprar una casa junto al lago.

“Podríamos.”

Aquella palabra me revolvió el estómago.

Pero asentí.

—Para conseguirlo necesito que todo esté documentado.

Mi madre cayó directamente.

Me entregó escrituras.

Contratos.

Estados bancarios.

Facturas.

Incluso documentos que jamás habría encontrado solo.

Y entonces apareció la primera sorpresa.

La casa no había costado lo que Margaret afirmaba.

Había sido comprada con una combinación de mis transferencias y un préstamo.

¿El resto?

Gastado.

Cenas.

Viajes.

Ropa.

Un vehículo para Paige.

Tratamientos estéticos.

Joyas.

Compras que superaban los mil dólares en una sola tarde.

Mientras yo trabajaba doce horas diarias bajo el frío de Yellowknife, mi familia había convertido mis sacrificios en su estilo de vida.

Pero había algo peor.

Encontré pagos médicos.

Al principio pensé que pertenecían a Gwen.

No.

Eran de Margaret y Paige.

Clínicas privadas.

Dentistas.

Especialistas.

Todo pagado puntualmente.

Gwen, en cambio, había pedido trescientos dólares para investigar un tumor.

Y ellas se los negaron.

Esa noche puse los documentos frente a Samuel.

—Quiero recuperar todo lo posible.

El abogado examinó las hojas.

—Podemos actuar sobre determinadas propiedades y cuentas si demostramos cómo fueron financiadas. Pero necesito preguntarle algo.

—¿Qué?

—¿Su esposa tiene pruebas de que le impidieron acceder al dinero?

Gwen, sentada junto a mí, sacó un teléfono viejo.

—Tengo esto.

Margaret creía que el aparato estaba roto.

No lo estaba.

Había mensajes.

Muchos.

Uno de Paige decía:

“Si vuelves a contarle a Gavin tus problemas, mamá hará que te vayas de esta casa sin nada.”

Otro:

“Deja de fingir que estás enferma. Ese dinero pertenece a nuestra familia.”

Después apareció un audio.

La voz de Margaret era perfectamente reconocible.

Mi hijo trabaja para nosotros. Tú solo estás aquí porque él todavía siente lástima por ti.

Samuel dejó el teléfono sobre la mesa.

Su expresión cambió.

—Guarden copias de todo.

A la mañana siguiente comenzó la segunda parte del plan.

Les dije a Margaret y Paige que un representante financiero acudiría el viernes para completar la documentación del supuesto paquete multimillonario.

Mi madre organizó una cena.

Compró vino caro.

Paige encargó un vestido nuevo.

Incluso invitaron a dos familiares para presumir que su hijo estaba a punto de convertirse en millonario.

Gwen no fue invitada a sentarse.

—Ella puede comer después —dijo Margaret.

La miré.

—No.

La habitación quedó en silencio.

Subí hasta el pequeño cuarto de Gwen.

Cuando regresé, ella caminaba a mi lado.

La ayudé a sentarse en la cabecera de la mesa.

Margaret palideció.

—Ese es mi lugar.

—Ya no.

Paige soltó una carcajada nerviosa.

—¿Qué drama es este?

Entonces sonó el timbre.

Samuel entró acompañado por una mujer con un maletín.

Mi madre se levantó inmediatamente.

—¿Representantes de la empresa?

—Algo parecido —respondí.

Saqué el teléfono.

Margaret sonrió esperando escuchar la noticia sobre mis 1,8 millones.

En cambio, puse una grabación.

Su propia voz llenó el comedor.

“Mi hijo trabaja para nosotros. Tú solo estás aquí porque él todavía siente lástima por ti.”

Margaret quedó blanca.

Paige se levantó.

—¿Qué es esto?

Reproduje el segundo audio.

Después mostré los estados bancarios.

—Ciento ocho mil setecientos dólares —dije—. Eso es aproximadamente lo que envié durante estos cuatro años.

Margaret intentó interrumpirme.

Levanté una mano.

—Todavía no terminé.

Señalé sus joyas.

—Pagadas con mis transferencias.

Luego la camioneta.

—También.

Miré a Paige.

—Tu bolso. Tu teléfono. Tus viajes. Parte de tus gastos personales.

Paige empezó a llorar.

—Somos tu familia.

—Gwen también.

El silencio fue absoluto.

Gwen bajó la mirada.

Mi voz casi se quebró.

—Y mientras ustedes gastaban miles, ella vendió su propio cabello para poder pagar una biopsia.

Margaret reaccionó finalmente.

—¡Ella se buscó esto!

Aquella frase destruyó cualquier duda que pudiera quedarme.

Samuel abrió su carpeta.

—Señora Margaret, será mejor que lea esto antes de seguir hablando.

Mi madre tomó los documentos.

—¿Qué significa?

—Significa —respondí— que nunca existió ningún paquete de 1,8 millones.

Paige me miró horrorizada.

—¿Nos mentiste?

—Sí.

—¿Y los cuatrocientos mil?

—También.

Margaret dejó caer los papeles.

—Nos tendiste una trampa.

—Necesitaba que me entregaran voluntariamente cuatro años de registros.

Por primera vez, mi madre pareció comprender.

Miró alrededor.

La casa.

Los muebles.

La camioneta afuera.

Las joyas sobre su cuello.

Todo aquello que había considerado suyo acababa de convertirse en evidencia.

—No puedes hacernos esto —susurró.

Me levanté.

—Ya está hecho.

Después miré a Gwen.

—Mañana empieza su tratamiento.

Ella comenzó a llorar silenciosamente.

—Y no volverá a depender económicamente de ustedes.

Margaret se quitó el collar de golpe y lo arrojó sobre la mesa.

—¡Entonces llévatela! ¡Pero esta casa sigue siendo mía!

Samuel intercambió una mirada con la mujer que lo acompañaba.

—Sobre eso existe un problema.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Qué problema?

La mujer abrió su maletín y sacó otro documento.

—Durante nuestra revisión descubrimos algo que el señor Gavin tampoco sabía.

Me volví hacia ella.

—¿Qué cosa?

Colocó frente a mí una copia de una transferencia realizada dieciocho meses antes.

El destinatario no era una tienda.

Ni Paige.

Ni Margaret.

Era una cuenta que jamás había visto.

—¿Quién es esa persona? —pregunté.

Gwen levantó la cabeza.

Y su rostro cambió.

Ella reconocía el nombre.

—Gavin…

—¿Lo conoces?

Gwen empezó a temblar.

Margaret retrocedió hacia la puerta.

Entonces entendí que mi madre también sabía exactamente quién era.

Samuel señaló la cantidad.

Veintisiete mil dólares.

—Esto no fue un gasto familiar —dijo—. Y encontramos otras seis transferencias al mismo destinatario.

Miré a Margaret.

—¿A quién estuviste enviando mi dinero?

Mi madre no respondió.

Pero Gwen sí.

Con lágrimas en los ojos, susurró:

—Gavin… ese es el hombre que tu madre llevaba a casa cuando tú estabas en Canadá.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Y antes de que pudiera hacer otra pregunta, Paige corrió hacia la puerta.

—¡No pueden descubrir lo demás!

Todos nos quedamos congelados.

Margaret gritó:

—¡Paige, cállate!

Pero ya era demasiado tarde.

La miré fijamente.

—¿Qué más hay que descubrir?

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