Parte 2: EL BRINDIS QUE CAMBIÓ LA HERENCIA

Tomé el micrófono con ambas manos.

Durante un instante, nadie dejó de sonreír.

Jackson me observaba desde la mesa principal con esa expresión tensa que llevaba toda la tarde, como si temiera que yo dijera algo inconveniente.

Natalie, en cambio, parecía encantada.

Había ganado.

Eso creía.

—Cuando nació Jackson —comencé—, Frank dijo que nuestro hijo sería la parte de nosotros que seguiría caminando cuando ya no estuviéramos.

La expresión de Jackson cambió apenas.

—Por eso, durante muchos años, su padre y yo preparamos algo para el día en que formara su propia familia.

Natalie inclinó ligeramente la cabeza.

Algunas personas sabían que hablaba de dinero.

La mayoría no conocía la cantidad.

Saqué del bolso la nota que había encontrado junto a mi cama.

—Esta mañana desperté y descubrí que alguien había entrado en mi habitación mientras dormía.

El salón quedó más silencioso.

Jackson palideció.

Natalie dejó de sonreír.

—También encontré esto.

Levanté la nota.

No la leí inmediatamente.

Esperé.

—Antes de continuar, quiero agradecer al personal del hotel, especialmente al joven que decidió decirme la verdad cuando escuchó una conversación que quizá nadie pensaba que importaba.

Natalie miró hacia las mesas de servicio.

Entonces comprendió.

Por primera vez aquella noche, vi miedo en su rostro.

—Mamá —dijo Jackson en voz baja—, no hagas esto.

Lo miré.

—Yo tampoco quería hacerlo.

Después abrí la nota.

No repetí cada palabra.

Sólo la frase suficiente.

—“Ahora finalmente tienes el aspecto que más te favorece.”

Un murmullo recorrió el salón.

Natalie se levantó.

—Eso no demuestra nada.

Saqué mi teléfono.

—Tienes razón.

Pulsé la pantalla.

En el gran monitor detrás de la banda apareció la grabación de seguridad del pasillo de mi casa.

La imagen mostraba a Natalie entrando en mi habitación durante la madrugada.

La hora aparecía claramente en una esquina.

03:12.

Diecisiete minutos después, salió con una bolsa en una mano y mi joyero bajo el brazo.

Jackson se puso de pie.

—Natalie…

Ella lo miró inmediatamente.

—Puedo explicarlo.

—¿Entraste en su habitación mientras dormía?

—Jackson, escucha…

—¿Le cortaste el cabello?

Natalie no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Judith estaba sentada a pocos metros de mí.

Ni siquiera parpadeaba.

Yo continué.

—Esta mañana también descubrí que mi vestido había sido destruido, que faltaban objetos personales y que alguien había desactivado el sistema de seguridad.

Natalie comenzó a respirar más rápido.

—Esto es enfermizo. Está intentando hacer que todos me odien.

—No.

La miré.

—Estoy intentando dejar constancia de lo que hiciste antes de que alguien vuelva a decir que estoy confundida.

La frase golpeó donde debía.

Varios invitados se miraron entre sí.

Muchos ya habían escuchado los comentarios de Natalie sobre mi supuesta inestabilidad.

Jackson también.

—¿Le dijiste a la gente que mi madre necesitaba atención profesional? —preguntó.

Natalie endureció el rostro.

—Tu madre lleva meses interfiriendo en nuestra relación.

—Eso no responde a mi pregunta.

Entonces intervino una de sus damas de honor.

—Natalie…

Ella giró furiosa.

—Cállate.

Demasiado tarde.

La mujer bajó la mirada.

Ese pequeño gesto terminó de destruir cualquier duda.

Jackson se sentó lentamente.

Parecía aturdido.

Pero yo todavía no había terminado.

—Había una razón por la que Frank y yo deseábamos que este matrimonio comenzara con seguridad financiera.

Ahora sí, todos escuchaban.

Natalie volvió a mirarme.

Sabía lo que venía.

—La transferencia prevista para mañana era de ciento veinte millones de dólares.

El salón prácticamente dejó de respirar.

Incluso quienes conocían nuestra fortuna no esperaban aquella cifra.

Natalie dio un paso hacia mí.

—Eleanor…

Fue la primera vez en todo el día que pronunció mi nombre sin desprecio.

—Pero esa transferencia ha sido cancelada.

El impacto fue inmediato.

Natalie quedó inmóvil.

Jackson levantó bruscamente la cabeza.

—¿Qué?

—Hace unas horas firmé los documentos.

—Mamá…

—El dinero sigue dentro del fideicomiso familiar.

Natalie caminó hacia mí.

—No puedes hacer eso.

Judith se levantó inmediatamente.

Yo levanté una mano para detenerla.

—Puedo.

—¡Nos lo prometiste!

—Se lo prometí a mi hijo para ayudarlo a construir una familia.

Hice una pausa.

—No prometí financiar a alguien que entraría en mi habitación, me humillaría mientras dormía y luego intentaría convencer a todo el mundo de que yo estaba perdiendo la razón.

Natalie miró a Jackson.

—Dile algo.

Jackson permaneció sentado.

—¿Lo hiciste por el dinero?

Ella soltó una carcajada nerviosa.

—¿De verdad vas a creerle?

—Te hice una pregunta.

—Claro que no.

Desde una mesa cercana se levantó el joven camarero.

Parecía incómodo.

—Señor Ferrer…

Natalie se volvió.

—Tú no tienes nada que decir.

El muchacho tragó saliva.

—La escuché decir esta tarde que mañana ya no tendría que fingir.

Jackson lo miró.

—¿Fingir qué?

El camarero dudó.

—Que apreciaba a su madre.

El silencio se volvió casi insoportable.

Natalie perdió finalmente el control.

—¡Porque ella siempre iba a ser un problema!

Su voz rebotó contra los ventanales.

—¡Doce años hablando de Frank, de la familia, de tradiciones absurdas! ¡Jackson nunca podría empezar su propia vida mientras ella siguiera controlándolo todo!

Yo no respondí.

No hacía falta.

Ella acababa de hacer algo que ninguna grabación podía conseguir.

Había mostrado quién era delante de todos.

Jackson se levantó.

—¿Me querías?

Natalie se quedó helada.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una muy sencilla.

Él señaló la puerta.

—¿Me querías a mí o querías la vida que pensabas que tendrías conmigo?

—Jackson…

—Contesta.

Las lágrimas llenaron sus ojos, aunque ya no sabía si eran sinceras.

—Claro que te quiero.

—Entonces no debería importarte que el dinero desaparezca.

Natalie abrió la boca.

Nada salió.

Jackson cerró los ojos.

Y en ese instante comprendí que mi hijo finalmente estaba viendo lo mismo que yo había visto demasiado tarde.

Pero el golpe definitivo aún no había llegado.

Mi asesor financiero apareció junto a Judith.

Traía otra carpeta.

Se acercó y susurró:

—Eleanor, encontramos algo mientras cancelábamos la transferencia.

Miré su rostro.

Estaba preocupado.

—¿Qué?

—Alguien intentó modificar las instrucciones del fideicomiso hace tres semanas.

El frío recorrió mi espalda.

—¿Cómo?

—Presentaron una autorización para que, una vez transferidos los ciento veinte millones, una parte se desviara automáticamente a otra cuenta.

Jackson escuchó.

—¿Qué parte?

Mi asesor lo miró.

—Cincuenta millones.

Natalie se puso blanca.

Todos lo vimos.

—¿A nombre de quién? —pregunté.

Mi asesor abrió la carpeta.

—La cuenta pertenece a una sociedad creada hace cuatro meses.

—¿De quién?

Miró primero a mí.

Después a Jackson.

—No está registrada a nombre de Natalie.

Ella soltó el aire demasiado rápido.

Pero él todavía no había terminado.

—La sociedad pertenece a alguien sentado en esta sala.

Jackson se volvió lentamente hacia los invitados.

Entonces mi asesor pronunció el nombre.

Y por primera vez aquella noche, Natalie no miró hacia mí.

Miró directamente al padrino de Jackson.

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