PARTE 2: EL OPERATIVO QUE ARRUINÓ LA BODA PERFECTA.

Mariana volvió a guardar el teléfono cuando escuchó pasos acercándose por el pasillo.

Por un instante pensó que eran los paramédicos.

No lo eran.

La voz de Beatriz sonó detrás de la puerta.

—Mariana, ¿ya estás mejor?

Otra contracción le atravesó el abdomen.

Mariana apretó los dientes.

—Necesito ir al hospital.

—Sí, sí, en un momento.

Mariana cerró los ojos.

La mujer seguía hablando como si estuviera lidiando con una invitada mareada y no con una embarazada de treinta y cuatro semanas que podía estar entrando en trabajo de parto prematuro.

—Renata ya está cortando el pastel —continuó Beatriz—. Después podemos salir discretamente.

Mariana miró el seguro de la puerta.

—¿Me encerraste?

Silencio.

Después una respuesta fría.

—Solo queremos evitar que hagas una escena.

Aquella frase eliminó lo último que quedaba de duda.

No les importaba su bebé.

No les importaba ella.

Solo la fotografía perfecta.

Solo las apariencias.

Solo el apellido Montiel.

Mariana apoyó la espalda contra la pared.

—Beatriz.

—¿Sí?

—Cuando abras esta puerta, tu familia ya no va a ser la misma.

La suegra soltó una pequeña risa.

—Ay, Mariana. Siempre tan dramática.

Sus tacones se alejaron.

Mariana miró el reloj.

Cinco minutos.

Eso era todo lo que necesitaba resistir.

En el salón principal, Renata levantaba una copa mientras casi trescientos invitados grababan el brindis.

—Por la familia —dijo.

Alejandro sonrió junto a ella.

Entonces las puertas principales de la vinícola se abrieron.

Primero entraron dos paramédicos empujando una camilla.

Detrás aparecieron varios agentes vestidos de civil.

Y tras ellos, personal uniformado.

La música se detuvo.

Renata bajó lentamente la copa.

—¿Qué está pasando?

Beatriz caminó hacia ellos con una sonrisa rígida.

—Debe haber algún error. Tenemos un evento privado.

Una mujer alta mostró su identificación.

—Comandante Elisa Salgado.

Su mirada recorrió el salón.

—Buscamos a Mariana Ortega.

Alejandro se puso pálido.

—¿Por qué?

Salgado lo observó.

—¿Dónde está su esposa?

—Está descansando.

—¿Dónde?

Alejandro no respondió.

Beatriz intervino.

—Solo tuvo un pequeño malestar.

La comandante dio un paso hacia ella.

—La señora Ortega informó que estaba encerrada.

El murmullo de los invitados empezó inmediatamente.

Renata miró a su madre.

—¿Encerrada?

—No exageren.

Salgado hizo una señal.

Dos agentes caminaron hacia el pasillo de servicio.

Alejandro intentó seguirlos.

—Voy con ustedes.

—Usted se queda aquí.

—Soy su esposo.

Salgado lo miró directamente.

—Precisamente por eso.

Aquella respuesta hizo desaparecer el poco color que todavía tenía en el rostro.

Segundos después, los agentes llegaron al baño.

—Mariana Ortega.

—Estoy aquí.

Abrieron la puerta.

Los paramédicos entraron inmediatamente.

Mariana apenas pudo ponerse de pie antes de que otra contracción la obligara a inclinarse.

—Treinta y cuatro semanas —dijo—. Ruptura de membranas hace aproximadamente veinte minutos.

Uno de los paramédicos la ayudó a subir a la camilla.

—Vamos a trasladarla ahora.

Mientras la sacaban por el pasillo, Beatriz apareció.

—Mariana, cariño, no era necesario traer policías.

Mariana la miró desde la camilla.

—Yo no traje policías por el parto.

Beatriz se detuvo.

—Los traje por ustedes.

El silencio fue inmediato.

En el salón, algunos invitados comenzaron a sacar sus teléfonos.

Alejandro caminó hacia ella.

—Mariana, ¿qué estás haciendo?

Por primera vez en años, ella no vio a su esposo.

Vio un nombre en cientos de transferencias.

Un autorizador.

Una firma.

Una pieza central de nueve meses de investigación.

—Mi trabajo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Tu trabajo?

Salgado se colocó entre ambos.

—Alejandro Montiel, no se acerque más.

Renata dejó caer la copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

—¿Qué significa todo esto?

La comandante no respondió.

No era necesario.

Los agentes ya estaban entrando en las oficinas administrativas de la vinícola.

Uno de ellos llevaba una orden judicial.

Otro comenzó a asegurar computadoras.

Dos más se dirigieron hacia el despacho de Ernesto Montiel, padre de Alejandro y presidente del grupo familiar.

Ernesto apareció desde una terraza lateral.

—¡Deténganse!

Su voz todavía conservaba la autoridad de un hombre acostumbrado a ser obedecido.

—Esta propiedad es privada.

Salgado levantó la orden.

—Ya no para nosotros.

Ernesto miró el documento.

Por primera vez, su expresión cambió.

—¿Quién autorizó esto?

—Un juez federal.

La palabra atravesó el salón.

Federal.

Los rumores aumentaron.

Beatriz comenzó a temblar.

—Esto es una locura.

Renata se acercó a Alejandro.

—¿Qué hicieron?

—Nada.

Contestó demasiado rápido.

Mariana lo escuchó.

Y también Salgado.

La comandante sacó una carpeta delgada.

—Durante nueve meses hemos investigado una red de empresas fantasma utilizada para mover fondos a través de contratos agrícolas, exportaciones ficticias y consultorías inexistentes.

Ernesto endureció el rostro.

—No sé de qué habla.

—Entonces tendrá oportunidad de explicarlo.

Uno de los agentes salió del despacho.

Llevaba una caja metálica.

—Comandante.

La colocó sobre una mesa.

Dentro había sellos corporativos, chequeras y documentos de varias sociedades.

Salgado examinó uno.

Después levantó la vista hacia Ernesto.

—Curioso.

Pasó una página.

—Tres de estas compañías aparecen como proveedores de la vinícola.

Otra página.

—Pero no tienen empleados.

Otra más.

—Ni oficinas reales.

Alejandro comenzó a retroceder.

Mariana lo vio desde la camilla.

—Alejandro.

Él se detuvo.

—¿Por qué aparece tu firma en todas?

El salón entero quedó en silencio.

Renata se llevó una mano a la boca.

Beatriz miró a su hijo.

—Dime que no es cierto.

Alejandro observó primero a su madre.

Después a su padre.

Finalmente a Mariana.

—Puedo explicarlo.

Mariana sintió algo partirse dentro de ella.

No porque todavía confiara en él.

Esa confianza había muerto dos semanas atrás.

Sino porque escuchar aquellas palabras confirmaba que su matrimonio había sido construido sobre una mentira.

—Explícaselo al fiscal.

Los paramédicos comenzaron a mover la camilla.

Salgado caminó junto a Mariana.

—Nosotros nos encargamos de esto.

—Mi bebé.

—Tú te encargas de tu bebé.

Mariana asintió.

Pero antes de cruzar las puertas, escuchó un grito.

—¡Esperen!

Era Renata.

Había tomado uno de los documentos que los agentes habían dejado sobre la mesa.

Su vestido blanco arrastraba pedazos de cristal.

—¿Qué es esto?

Ernesto se quedó inmóvil.

Renata levantó el papel.

—Papá.

Su voz empezó a quebrarse.

—¿Por qué aparece mi nombre como propietaria de una empresa que jamás he visto?

Beatriz corrió hacia ella.

—Renata, dame eso.

—¡No!

Leyó otra línea.

Después otra.

La expresión de la novia pasó de confusión a terror.

—Hay transferencias por millones.

Miró a su padre.

—¿Usaron mi nombre?

Ernesto no respondió.

Eso fue suficiente.

Renata empezó a llorar.

Alejandro cerró los ojos.

Y Mariana comprendió que incluso la hija favorita quizá también había sido utilizada.

Entonces uno de los agentes llegó apresuradamente.

—Comandante, encontramos algo más.

Salgado giró.

—¿Qué?

El agente sostuvo un disco duro externo.

—Registros contables paralelos.

La comandante lo tomó.

—¿Cuántos años?

—Casi doce.

Ernesto perdió completamente el color.

Y Beatriz soltó una sola palabra.

—No.

Salgado la miró.

—¿Por qué no?

Beatriz retrocedió.

—Porque eso no debería existir.

Todos la miraron.

Incluso Ernesto.

La mujer comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

Mariana sintió otra contracción.

Los paramédicos apresuraron el paso.

Pero justo antes de que la sacaran del salón, Salgado recibió un mensaje en su teléfono.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—Mariana.

Ella giró la cabeza.

—¿Qué pasa?

Salgado caminó hasta la camilla.

Bajó la voz.

—Acaban de revisar los primeros archivos del disco.

Mariana esperó.

—Hay transferencias por más de cuarenta millones de dólares.

Sintió un escalofrío.

—¿A dónde?

La comandante miró hacia la familia Montiel.

Después volvió a verla.

—A una cuenta abierta hace diecisiete años a nombre de alguien que oficialmente lleva muerto más de una década.

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