El vuelo de Adrián aterrizó a las ocho y cuarenta y siete de la noche.
A las nueve y doce, mi teléfono comenzó a vibrar.
No contesté.
A las nueve y diecinueve volvió a llamar.
A las nueve y veintiséis llamó por tercera vez.
Finalmente llegó un mensaje:
“Estoy en casa. ¿Dónde estás?”
Sonreí.
Aquella frase resumía perfectamente nuestro matrimonio.
Adrián siempre había pensado que donde estuviera él debía estar yo.
Nunca se le ocurrió preguntarse dónde quería estar Victoria Carter.
Mi antigua casa era el ático de Emerald Bay.
O, mejor dicho, la casa de Adrián.
Yo me había marchado cinco meses antes.
Había dejado allí únicamente tres cosas: el piano que pertenecía a su madre, una caja con fotografías familiares y la cafetera que él utilizaba cada mañana.
Todo lo demás era mío.
Y me lo llevé.
A las diez recibí una fotografía.
Era el dormitorio vacío.
Después otro mensaje:
“¿Qué significa esto?”
No respondí.
A las diez y treinta, el portero de mi edificio llamó desde recepción.
—Presidenta Carter, hay un señor Adrián Lu abajo. Dice que es su esposo.
Miré a mi asistente.
Ella intentó ocultar una sonrisa.
—Dígale que la señora Carter no tiene esposo.
Cinco minutos después, Adrián consiguió llamar directamente desde recepción.
Respondí.
—Victoria, baja.
—No.
—Tenemos que hablar.
—Tenemos abogados para eso.
—¡Deja de comportarte como una niña!
Entonces algo dentro de mí se volvió completamente tranquilo.
—Adrián, mañana a las nueve tenemos una reunión de accionistas. Te recomiendo descansar.
Silencio.
—¿Qué reunión?
—La extraordinaria.
—¿Qué hiciste?
—Mañana lo descubrirás.
Colgué.
A la mañana siguiente entré en la sede de Hengye a las ocho y treinta.
Durante siete años había cruzado aquellas puertas caminando medio paso detrás de Adrián.
Aquella mañana, el jefe de seguridad inclinó la cabeza.
—Buenos días, presidenta Carter.
Adrián ya estaba en la sala.
También Sofía.

Ella llevaba un traje blanco.
El mismo perfume.
Dior J’adore.
Adrián se puso de pie al verme.
—Tú no perteneces a esta reunión.
Mi abogado colocó una carpeta frente a él.
—La señora Carter representa a Northbridge Capital, titular del treinta y ocho por ciento de las acciones ordinarias y del paquete completo de deuda convertible emitida por Hengye.
Adrián dejó de respirar.
Yo me senté.
—Empecemos.
La presentación duró treinta y siete minutos.
Contratos sin autorización.
Pérdidas ocultas.
Desviación de fondos hacia el proyecto de Berlín.
Pagos a una consultora recién creada.
Consultora cuya directora era…
Sofía Shen.
Adrián golpeó la mesa.
—¡Eso es falso!
El director financiero bajó la cabeza.
—No lo es.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Tú también?
—No se trata de lealtad —respondió el hombre—. Se trata de documentos.
Deslicé una hoja hacia Adrián.
—El consejo votará ahora.
Sofía me miró con odio.
—Todo esto es porque estás celosa.
La observé.
Después miré a Adrián.
—No.
Sonreí.
—El divorcio fue por ti. Esto es solo negocios.
La votación comenzó.
Siete minutos después, el presidente del consejo anunció el resultado.
Adrián Lu quedaba destituido como director general del Grupo Hengye con efecto inmediato.
Él no me miró.
Hasta que el presidente añadió:
—Y debido a la conversión de deuda ejecutada esta mañana, Northbridge Capital pasa a controlar el cincuenta y dos por ciento de los derechos de voto.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
—¿Cincuenta y dos?
Tomé mi pluma.
—Bienvenido a mi empresa.