PARTE 2: EL HOMBRE BAJO LA LLUVIA

Rachel regresó a Maple Street antes del amanecer.

La tormenta había disminuido, pero el vecindario seguía despierto.

Las publicaciones sobre Ellie ya se habían compartido miles de veces.

“Padre abandona a niña enferma.”

“Cuatro días sola y sin comida.”

Algunos vecinos incluso habían empezado a dejar flores frente a la casa.

Rachel sintió rabia.

No por las flores.

Por la facilidad con la que todos habían convertido una ausencia en una sentencia.

Entró nuevamente a la vivienda acompañada por el detective Mark Sullivan.

—¿Qué sabemos del padre? —preguntó él.

—Thomas Walker. Treinta y seis años. Viudo desde hace tres.

—¿Antecedentes?

—Ninguno.

—¿Drogas?

—Nada registrado.

—¿Problemas económicos?

Rachel señaló las facturas acumuladas sobre una repisa.

—Muchos.

Thomas trabajaba reparando sistemas de refrigeración industrial.

Su esposa, Hannah, había muerto después de una enfermedad larga.

Desde entonces criaba solo a Ellie.

Mark abrió el refrigerador.

—Esto sí parece negligencia.

—Mira la mesa.

Rachel le mostró la lista.

Después el recordatorio médico.

Ellie sufría una afección gastrointestinal que requería controles frecuentes.

Thomas tenía una cita urgente programada para la semana siguiente.

Debajo del papel había un recibo.

Farmacia Greenway.

Fecha: cuatro días atrás.

Hora: 5:36 p.m.

—La noche que desapareció —dijo Mark.

La compra no había sido completada.

Pago rechazado.

Rachel observó el monto.

Ochenta y siete dólares.

—Quizá salió buscando dinero.

Mark negó.

—O salió y decidió no volver.

Rachel no respondió.

Siguieron registrando.

En el dormitorio encontraron algo importante.

Una caja metálica debajo de la cama.

Dentro había sobres.

Cada uno llevaba una fecha.

“Renta”.

“Hospital Ellie”.

“Medicinas”.

“Comida”.

Y uno distinto.

“Camioneta.”

Estaba vacío.

Mark encontró un aviso de reposición.

—Le iban a quitar el vehículo.

Rachel tomó el documento.

El vencimiento era precisamente cuatro días antes.

—Necesitaba la camioneta para trabajar.

—Y sin trabajar no podía comprar medicamentos.

La cadena empezaba a formarse.

Entonces encontraron el teléfono viejo de Thomas.

No era el que usaba habitualmente.

Tenía la pantalla rota.

Rachel lo encendió.

Había fotografías de Ellie.

Cientos.

Primer día de escuela.

Dientes perdidos.

Navidad.

Hannah en el hospital.

Y una grabación realizada apenas dos semanas antes.

Thomas aparecía sentado en la cocina.

Parecía agotado.

—Ellie —decía mirando la cámara—, algún día vas a crecer y probablemente pensarás que tu papá era terrible manejando dinero.

Sonrió.

—Tendrás razón.

La voz se le quebró apenas.

—Pero nunca quiero que pienses que no lo intenté.

Rachel apagó el video.

Mark guardó silencio.

A las ocho de la mañana llegó una llamada del hospital.

Ellie estaba estable.

Deshidratada y débil, pero fuera de peligro.

Cuando Rachel entró en su habitación, la niña abrazaba a Mr. Buttons.

—¿Encontraste a papá?

Rachel se sentó junto a ella.

—Todavía no.

Ellie bajó la mirada.

—¿Está enojado conmigo?

—¿Por qué estaría enojado?

—Porque llamé al 911.

Rachel sintió un nudo en la garganta.

—Hiciste exactamente lo correcto.

Ellie acarició una oreja del osito.

—Papá dijo que si algún día él no volvía, yo tenía que pedir ayuda.

Rachel se quedó inmóvil.

—¿Cuándo te dijo eso?

—Hace poquito.

—¿Por qué?

La niña se encogió de hombros.

—Porque estaba cansado.

Aquella palabra le preocupó.

No por sí misma.

Por cómo la había dicho Ellie.

—¿Cansado de qué?

—De trabajar.

Después añadió:

—A veces se dormía sentado.

Rachel llamó inmediatamente a Mark.

Aquello cambiaba la búsqueda.

Revisaron hospitales.

Clínicas.

Accidentes.

Detenciones.

Nada.

Después revisaron cámaras de tránsito.

A las 5:41 p.m., Thomas apareció conduciendo su vieja Ford azul hacia la farmacia.

A las 5:52 salió.

Sin bolsa.

A las 6:03 una cámara lo captó entrando a una gasolinera.

Compró cinco dólares de combustible.

Después tomó una carretera hacia el norte.

—¿Por qué? —preguntó Rachel.

Su trabajo quedaba al sur.

La casa también.

Mark amplió otra imagen.

En el asiento del pasajero había algo.

Una carpeta.

Buscaron en los movimientos bancarios.

A las 6:17, Thomas había intentado retirar cuarenta dólares.

Saldo insuficiente.

A las 6:31 realizó una llamada.

Duración:

siete minutos.

Número perteneciente a Owen Price, propietario de una empresa de refrigeración donde Thomas había trabajado anteriormente.

Localizaron a Owen esa misma tarde.

Era un hombre corpulento, nervioso.

—Sí, llamó.

—¿Qué quería?

—Trabajo.

—¿A las seis y media de la tarde?

Owen evitó la mirada.

—Necesitaba dinero.

—¿Le ofreció algo?

Silencio.

—Señor Price.

—Había una instalación industrial fuera de Collinsville. Uno de mis técnicos faltó. Thomas dijo que podía hacerla.

—¿Esa misma noche?

—Le pagaría en efectivo.

Rachel sintió que se le helaba la espalda.

—¿Fue?

Owen asintió.

—Sí.

—¿Y regresó?

Su rostro cambió.

—No lo sé.

—Usted era su empleador esa noche.

—No oficialmente.

Mark dio un paso hacia él.

—¿Dónde está esa instalación?

Veinte minutos después estaban conduciendo bajo un cielo gris hacia una antigua planta procesadora cerrada parcialmente desde hacía años.

Owen aseguró que Thomas debía revisar un sistema de refrigeración en un almacén secundario.

—Llegó alrededor de las siete y cuarto.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Lo vio salir?

—No.

La puerta lateral del edificio estaba cerrada.

Dentro olía a humedad, metal y químicos viejos.

La linterna de Rachel recorrió herramientas abandonadas.

Cables.

Una escalera.

Y entonces vio una mochila.

La abrió.

Dentro había un sándwich sin tocar.

Una botella de agua.

Y una fotografía de Ellie.

—Mark.

Él se acercó.

Debajo de la mochila estaba el teléfono de Thomas.

Pantalla destruida.

Pero no había sangre.

Ni señales claras de violencia.

Solo una herramienta caída cerca de una puerta metálica.

Rachel señaló.

—¿Adónde lleva?

Owen palideció.

—A la cámara de refrigeración antigua.

—Ábrala.

—Ya no funciona.

—Ábrala.

El hombre buscó las llaves.

Le temblaban las manos.

La puerta cedió con un sonido pesado.

Dentro hacía frío.

Mucho más frío de lo que debería.

Rachel levantó la linterna.

No había nadie.

Solo cajas.

Una chaqueta.

La chaqueta de Thomas.

En el bolsillo encontraron la lista que Ellie había visto sobre la mesa.

Arroz.

Sopa.

Electrolitos.

Medicina.

Y debajo, escrito apresuradamente:

“Si termino esto, me pagan 300. Comprar medicina primero.”

Rachel apretó los labios.

Thomas no había abandonado a su hija.

Había salido a trabajar.

Entonces Mark encontró algo detrás de una tubería.

Marcas.

Como si alguien hubiera golpeado el metal desde dentro.

—Rachel.

Ella se acercó.

En la pared había arañazos formando letras.

Apenas podían leerse.

AYUDA.

Owen retrocedió.

—No puede ser.

Mark lo miró.

—Dijiste que esta cámara no funcionaba.

—¡No funciona!

Rachel sintió aire frío salir de una rejilla.

—Entonces ¿por qué está encendida?

Owen no respondió.

Mark pidió inmediatamente equipos de búsqueda.

Revisaron cámaras internas de la planta.

La mayoría estaban desconectadas.

Pero una funcionaba.

A las 7:39 p.m., Thomas aparecía entrando al almacén.

A las 8:06 caminaba hacia la cámara.

A las 8:09 entraba.

Después, una segunda persona apareció en la imagen.

Un hombre con uniforme oscuro.

No pudieron ver su rostro.

Cerró la puerta desde fuera.

Rachel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Quién tenía acceso?

Owen palideció.

—Varias personas.

—Nombres.

Pero antes de que respondiera, un agente gritó desde el fondo del edificio.

—¡Encontramos algo!

Corrieron.

Había una salida de mantenimiento tras una pared móvil.

Del otro lado comenzaba un túnel estrecho utilizado antiguamente para tuberías.

En el suelo encontraron huellas de barro.

Una de ellas tenía una mancha oscura.

Más adelante apareció una cartera.

La identificación decía:

THOMAS WALKER.

Rachel respiró hondo.

El túnel terminaba junto a un camino de servicio detrás de la planta.

Allí encontraron marcas de neumáticos.

Alguien había sacado un vehículo aquella noche.

—¿Thomas salió vivo? —preguntó Mark.

Rachel miró las huellas.

—O alguien lo sacó.

Su teléfono sonó.

Era Daniel Brooks.

—Rachel, acabamos de recibir una llamada relacionada con el caso.

—¿Qué pasó?

Hubo un silencio extraño.

—Un hombre vio las noticias sobre Ellie y dice que recogió a alguien en esa carretera hace cuatro noches.

Rachel dejó de respirar.

—¿Thomas?

—Cree que sí.

—¿Dónde lo dejó?

Daniel respondió con una dirección.

Rachel miró a Mark.

La dirección no pertenecía a ningún hospital.

Ni refugio.

Ni motel.

Era el terreno de una iglesia abandonada a casi treinta kilómetros.

—Hay algo más —dijo Daniel.

—¿Qué?

—El testigo dice que Thomas estaba herido, apenas podía mantenerse despierto y repetía una sola cosa.

Rachel apretó el teléfono.

—¿Qué decía?

Daniel tragó saliva.

“No dejen que ese hombre llegue a mi hija.”

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