PARTE 2: SIETE DÍAS PARA ELEGIR

A la mañana siguiente, Adrián encontró mi habitación vacía.

No porque hubiera decidido divorciarme.

Sino porque por primera vez en tres años quería saber si él era capaz de buscarme.

Había dejado la mansión antes del amanecer y regresado al pequeño apartamento de mi madre. Mi antigua habitación seguía casi igual: paredes claras, una estantería torcida y la fotografía de mi hermano durante su rehabilitación.

A las ocho y doce sonó mi teléfono.

Adrián.

No contesté.

A las ocho y catorce volvió a llamar.

A las ocho y diecisiete llegó un mensaje.

“¿Dónde estás?”

Sonreí sin querer.

Durante tres años sus mensajes habían sido instrucciones.

Aquella era la primera pregunta.

Respondí:

“Cumpliendo el contrato original. Ya terminó.”

Pasaron cuarenta segundos.

“Todavía no has firmado el divorcio.”

“Exactamente.”

No respondió.

Pero una hora después Marina me llamó.

—Clara, ¿qué hiciste?

—¿Qué pasó?

—Los abogados de Ferrer llevan cuarenta minutos preguntando cuándo recibirán tus condiciones.

Miré el calendario.

—Dije siete días.

—Adrián parece pensar que dijiste siete minutos.

Aquello sonaba exactamente a él.

Esa tarde redactamos mis condiciones.

No quería cinco millones.

No quería ningún pago.

Si continuábamos casados, tendría mis propias cuentas, mi residencia sería decisión mía y ningún miembro de su familia podría utilizarme como decoración en eventos empresariales.

Pero la cláusula principal era otra.

Marina la leyó dos veces.

—¿Estás segura?

—Completamente.

La cláusula decía:

“Ninguna de las partes estará obligada a representar afecto, convivencia o estabilidad matrimonial ante terceros.”

Si Adrián quería que me quedara, tendría que hacerlo sin obtener a cambio la imagen de esposa perfecta que había comprado tres años atrás.

Marina envió el documento.

Adrián respondió nueve minutos después.

Aceptaba todas las cláusulas.

Excepto una.

Precisamente aquella.

Nos reunimos esa noche en su despacho.

—Explícame por qué —dije.

Adrián permaneció detrás de la mesa.

—Porque convierte esto en el mismo matrimonio que ya tuvimos.

—Creí que eso querías.

—Te dije ayer que no.

—Entonces dime qué quieres.

Su mandíbula se tensó.

—Una oportunidad.

Aquello me dejó callada.

—¿Para qué?

Adrián rodeó lentamente el escritorio.

—Para conocerte.

Solté una risa incrédula.

—Vivimos bajo el mismo techo durante tres años.

—Sé que tomas café sin azúcar. Que lees cuando no puedes dormir. Que llamas a tu hermano todos los domingos. Sé que detestas las rosas porque te recuerdan funerales y que cuando estás nerviosa giras el anillo de tu mano derecha.

Mi sonrisa desapareció.

Adrián continuó:

—Sé que cuando llueve dejas abierta la ventana porque te gusta el olor. Sé que fingías estar dormida cuando regresaba tarde para evitar saludarme.

Sentí que el corazón me golpeaba demasiado fuerte.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Porque yo sí te miraba, Clara.

La respuesta dolió de una forma absurda.

—Entonces eres peor de lo que pensaba.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque me observaste durante tres años y aun así nunca hiciste nada.

Adrián bajó la mirada.

Y por primera vez entendí algo.

Su silencio tampoco había sido indiferencia. Había sido cobardía.

—Firma el divorcio —dije.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No voy a pasar otros tres años intentando averiguar qué sientes.

Tomé mi bolso.

Adrián no me detuvo.

Solo preguntó:

—¿Y si te lo demuestro antes de que terminen los siete días?

Lo miré desde la puerta.

—Entonces quizá tengas una respuesta diferente.

Los siguientes días fueron extraños.

No llegaron joyas.

Ni flores.

Ni automóviles.

Adrián hizo algo mucho más desconcertante.

Apareció.

Visitó a mi hermano.

Solo.

Se sentó durante dos horas con él y le pidió disculpas por haber convertido su accidente en el origen de un matrimonio contractual.

Después fue a casa de mi madre.

Ella casi cerró la puerta al verlo.

Adrián no intentó comprar su simpatía.

Llevaba una caja de pasteles baratos de la panadería que yo visitaba de niña.

—Clara dijo una vez que eran sus favoritos —explicó.

Yo nunca recordaba habérselo dicho.

El sexto día regresé a la mansión.

No para quedarme.

Para recoger mis últimas cosas.

Encontré a Adrián sentado en el suelo frente a mi habitación.

El hombre que dirigía un imperio empresarial tenía la corbata floja y una carpeta entre las manos.

—¿Qué haces?

Se levantó.

—Esperándote.

—Tienes teléfono.

—Descubrí que contigo no funciona demasiado bien.

Casi sonreí.

Entonces me entregó la carpeta.

Dentro estaba el contrato original.

El de hacía tres años.

—Lee la última página.

La abrí.

Había una cláusula que jamás recordaba haber leído aquella noche en el hospital.

“Al finalizar el período contractual, cualquier renovación requerirá consentimiento libre de ambas partes y no podrá estar condicionada por deuda previa.”

Debajo había una anotación manuscrita.

Reconocí la letra de Adrián.

“La deuda de la familia de Clara quedará cancelada incluso si ella solicita terminar el matrimonio antes del plazo.”

Levanté la mirada.

—Podía haberme marchado.

—Desde el primer día.

Sentí rabia.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque nunca intentaste irte.

—¡Creí que no podía!

—Lo sé.

Su voz se quebró apenas.

—Y ese fue mi error.

Entonces entendí algo que había permanecido escondido entre nosotros.

Adrián me había dado una puerta abierta.

Pero jamás me había dicho que existía.

—Mañana termina el plazo —dije.

—Lo sé.

—¿Qué quieres que haga?

Sacó del bolsillo el acuerdo de divorcio.

Ya estaba firmado por él.

Lo dejó sobre la mesa.

—Lo que quieras.

Después colocó junto a él otro documento.

No era el contrato de cinco millones.

Era una sola página.

Sin cifras.

Sin duración.

Sin penalizaciones.

Solo decía que ambos aceptaban continuar casados mientras ambos quisieran hacerlo y que cualquiera podía terminar el matrimonio sin compensación.

Miré a Adrián.

—¿Eso es todo?

—No.

Respiró profundamente.

—Falta algo que ningún abogado puede escribir por mí.

Se acercó, pero mantuvo distancia.

—Me enamoré de ti, Clara. No sé cuándo ocurrió. Probablemente mientras estaba demasiado ocupado fingiendo que no ocurría.

Mis ojos ardieron.

—Eso no borra tres años.

—No quiero borrarlos.

Su mirada no se apartó de la mía.

—Quiero hacerlo mejor después de ellos.

Miré los dos documentos.

Divorcio.

O una página en blanco disfrazada de matrimonio.

Tomé la pluma.

Adrián permaneció inmóvil mientras firmaba.

Cuando terminé, deslicé el papel hacia él.

Miró mi firma.

Después levantó lentamente los ojos.

Yo había firmado el divorcio.

Su rostro perdió el color.

Pero puse la mano sobre el segundo documento.

—Este todavía no.

—Clara…

—Si quieres estar conmigo, tendrás que empezar desde cero.

Frunció el ceño.

—¿Desde cero?

Me quité el anillo matrimonial y lo dejé sobre la mesa.

—Invítame a cenar, Adrián.

Permaneció mirándome durante varios segundos.

Entonces apareció aquella sonrisa pequeña que había visto siete días antes.

—¿Mañana?

—Si estoy disponible.

—Cancelarás cualquier cosa que tengas.

Arqueé una ceja.

Adrián corrigió inmediatamente:

—Quise decir… ¿estarías disponible mañana?

Me reí.

Era la primera vez que lo hacía frente a él sin contenerme.

Seis meses después, Adrián volvió a pedirme matrimonio.

Esta vez no había abogados.

No había deuda.

No había cinco millones sobre una mesa.

Solo él, terriblemente nervioso, sosteniendo el mismo anillo que yo había dejado aquel día.

—No necesito que seas mi esposa —dijo—. Quiero que lo seas. Esa es la diferencia que tardé tres años en aprender.

Lo hice esperar unos segundos.

Solo porque se lo merecía.

Después dije que sí.

Y cuando volvimos a casarnos, mi hermano caminó hasta nosotros sin ayuda.

Mi madre lloró.

Adrián también, aunque durante años negó aquella parte.

Nuestro primer matrimonio había comenzado con una deuda.

El segundo comenzó con una elección.

Y comprendí entonces que el amor que necesita un contrato para retenerte es una prisión; pero el amor que abre la puerta y espera que decidas quedarte puede convertirse, por fin, en un hogar.

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