PARTE 2: LA TRAICIÓN ERA SOLO EL PRINCIPIO

A las cinco y cuarenta de la mañana estaba sentada frente a mi laptop en la casa de mi hermana.

No había dormido.

La imagen de Daniela parada frente a mi puerta seguía repitiéndose en mi cabeza, pero había algo que me inquietaba todavía más.

Las cuentas.

Alejandro y yo teníamos una cuenta conjunta para gastos del departamento, otra para ahorros y una tercera vinculada a nuestra pequeña empresa de diseño.

Abrí los movimientos de los últimos doce meses.

Al principio no vi nada.

Supermercado.

Hipoteca.

Servicios.

Restaurantes.

Después encontré una transferencia.

480.000 pesos.

Destino: Montalvo Consultores.

No conocía esa empresa.

Busqué más.

Había otra transferencia tres semanas después.

320.000.

Luego 750.000.

Después 190.000.

Sentí un nudo en el estómago.

En ocho meses habían salido más de cuatro millones de pesos.

Todas las operaciones habían sido autorizadas desde el usuario administrativo de Alejandro.

Tomé capturas de pantalla y llamé a mi contador.

—Mariana, son las seis de la mañana.

—Necesito que revises algo.

Le envié los documentos.

Veinte minutos después volvió a llamar.

Su voz había cambiado.

—¿Alejandro te comentó que estaban pagando una consultoría?

—No.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Qué tan grande?

—Montalvo Consultores fue creada hace nueve meses.

Sentí frío.

—¿Por quién?

Escuché el teclado.

—Daniela Montalvo.

Cerré los ojos.

Daniela.

Mi mejor amiga no solamente se acostaba con mi esposo.

También estaba recibiendo nuestro dinero.

—Hay más —dijo mi contador—. Parte de las transferencias sale de la cuenta empresarial.

Me enderecé.

—Esa cuenta requiere dos autorizaciones.

—Exactamente.

—Yo nunca autoricé nada.

Silencio.

—Entonces alguien lo hizo por ti.

A las ocho estaba en el despacho de mi abogada.

Le mostré todo.

Laura revisó cada movimiento sin interrumpirme.

—No confrontes a Alejandro todavía.

—Ya sabe que descubrí la relación.

—La relación ahora es lo menos importante.

Señaló una firma digital.

—Si esto no lo autorizaste tú, tenemos que averiguar cómo consiguieron tus credenciales.

Recordé algo.

Tres meses atrás Alejandro había insistido en cambiar nuestras computadoras.

Él mismo configuró la nueva.

También instaló mis aplicaciones bancarias.

Le había entregado acceso sin sospechar nada.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Alejandro.

Lo ignoré.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Tenemos que hablar del divorcio.”

Otro.

“Daniela no tiene nada que ver con nuestro dinero.”

Me quedé mirando la pantalla.

Laura también lo vio.

—Interesante.

—¿Qué?

—Tú no le has preguntado por el dinero.

Se me heló la sangre.

Tenía razón.

Alejandro no sabía que yo había revisado las cuentas.

Entonces, ¿por qué se estaba defendiendo?

Guardamos el mensaje.

A mediodía pedimos al banco bloquear cualquier operación extraordinaria que requiriera mi autorización y comenzamos a descargar años de registros.

Fue entonces cuando apareció algo peor.

No solo faltaba dinero.

Había deuda.

Un crédito empresarial de nueve millones de pesos había sido contratado cuatro meses atrás.

Mi nombre figuraba como aval.

Me quedé mirando la pantalla.

—Eso tampoco lo firmé.

Laura tomó el documento.

—Necesitamos una pericial.

—¿Pueden quitarme el departamento?

—Si utilizaron bienes como garantía, tenemos que saber cuáles.

Revisamos los anexos.

Ahí estaba.

Nuestro departamento.

Y debajo, una propiedad que reconocí inmediatamente.

La casa de mis padres en Cuernavaca.

Me levanté de golpe.

—Eso es imposible.

La casa no pertenecía a Alejandro.

Ni siquiera me pertenecía completamente a mí.

Mi madre me había cedido una participación años atrás por cuestiones sucesorias.

—¿Cómo pudo ponerla como garantía?

Laura siguió leyendo.

Entonces palideció.

—Mariana…

Me mostró una página.

Había una autorización supuestamente firmada por mi madre.

Falsa.

Aquello dejó de ser un divorcio.

Llamé a mi madre inmediatamente.

La propiedad seguía aparentemente intacta, pero ella jamás había firmado nada.

Laura pidió copias certificadas.

Después llamó a un especialista financiero.

Durante horas reconstruimos el camino del dinero.

El préstamo entró en nuestra empresa.

Luego fue dividido.

Una parte terminó en Montalvo Consultores.

Otra pagó tarjetas de Alejandro.

Pero casi tres millones habían sido enviados a una sociedad llamada DM Desarrollo Patrimonial.

—DM —murmuré.

Daniela Montalvo.

Laura buscó los registros corporativos.

La empresa tenía dos socios.

Daniela poseía el cincuenta por ciento.

El otro socio estaba oculto detrás de una sociedad.

Tardamos dos días en conseguir el nombre.

Cuando Laura me llamó, yo estaba firmando la solicitud de divorcio.

—Ya sé quién controla el otro cincuenta por ciento.

—Alejandro.

—No.

Me quedé quieta.

—Entonces, ¿quién?

—Su madre.

Sentí que algo se acomodaba de manera horrible.

Mi suegra llevaba años diciéndome que el departamento era demasiado bueno para “una muchacha como yo”.

Siempre preguntaba por las propiedades de mis padres.

Yo creía que era clasismo.

Ahora parecía inventario.

Esa tarde Alejandro apareció en el despacho de Laura.

Venía furioso.

—Congelaste las cuentas.

—Protegí mi parte.

—Estás destruyendo la empresa.

—Curioso. Pensé que eso lo hacía Montalvo Consultores.

Su rostro cambió.

Solo durante un instante.

Pero lo vi.

—No sabes de qué estás hablando.

Saqué las transferencias.

—Cuatro millones.

Después el préstamo.

—Nueve millones.

Finalmente puse sobre la mesa la garantía de la casa de mis padres.

—Y esto.

Alejandro dejó de respirar por un segundo.

—Mariana, puedo explicarlo.

—Adelante.

Miró a Laura.

—A solas.

—Ella se queda.

Su voz bajó.

—Daniela necesitaba dinero después del divorcio.

Solté una carcajada.

—¿Le regalaste cuatro millones porque estaba triste?

—Era una inversión.

—¿Y falsificar la firma de mi madre también era una inversión?

—Yo no falsifiqué nada.

Aquella respuesta fue demasiado rápida.

—¿Quién lo hizo?

Silencio.

Entonces comprendí.

—Daniela.

Alejandro negó con la cabeza.

—No entiendes.

—Pues ayúdame.

Se pasó las manos por el rostro.

Parecía agotado.

—Todo esto empezó antes de que Daniela y yo…

—No me importa cuándo empezaron a acostarse.

Me incliné hacia él.

—Quiero saber por qué hipotecaron propiedades que no eran suyas.

Alejandro me miró.

Por primera vez vi miedo.

—Porque necesitábamos cubrir una deuda.

—¿Qué deuda?

No respondió.

Laura intervino.

—Señor Salazar, debería hablar con su abogado antes de continuar.

Pero Alejandro seguía mirándome.

—Mariana, tienes que retirar el bloqueo bancario.

—No.

—No entiendes lo que va a pasar.

—Explícamelo.

Se acercó a la mesa.

—Si ese dinero no se mueve antes del viernes, perdemos mucho más que el departamento.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué pusieron como garantía?

Alejandro cerró los ojos.

Entonces mi teléfono vibró.

Era mi contador.

Había encontrado un documento adicional vinculado al crédito.

Lo abrí.

Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

No era otra propiedad.

Era una póliza.

Un seguro de vida por treinta millones de pesos.

La persona asegurada era yo.

El beneficiario original había sido Alejandro.

Pero tres meses atrás alguien había solicitado un cambio.

Nuevo beneficiario:

DM Desarrollo Patrimonial.

Levanté lentamente la mirada.

Alejandro estaba completamente pálido.

—Mariana…

Me alejé de él.

—No me toques.

—No es lo que estás pensando.

—Entonces dime qué estoy pensando.

No pudo.

Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un mensaje de un número desconocido.

Una fotografía.

Mi automóvil estacionado frente al despacho.

Debajo había una sola frase:

“Pregúntale a Daniela por qué tu coche estuvo en el taller dos veces sin que tú lo supieras.”

Miré a Alejandro.

Y por primera vez desde que había abierto aquel mensaje de mi mejor amiga, la infidelidad dejó de importarme por completo.

Related Posts

PARTE 2: YA NO TE ODIO

Alaric seguía frente a mí. El ruido del aeropuerto continuaba alrededor, pero él parecía no escucharlo. —¿Dejaste de amarme? —preguntó finalmente. Asentí. —Hace mucho. Bajó la mirada….

PARTE 2: ESTA VEZ NO ME ESPERES

Adrian leyó la nota tres veces. “Esta vez no me esperes.” Después llamó a mi teléfono. Nada. Volvió a llamar. Nada. —Encuéntrenla —ordenó. Su asistente dudó. —Señor,…

PARTE 2: LO QUE HABÍA DETRÁS DE LAS PERSIANAS

Mis dedos tocaron las persianas. —No lo hagas —dijo Liam. —Necesitas luz. —Te dije que no. Tiré suavemente del cordón. La habitación se llenó de luz. Liam…

PARTE 2: EL AUDIO QUE LO CAMBIÓ TODO

A la mañana siguiente, Mariana recibió una llamada de un número desconocido. —¿Mariana? —Sí. —Soy Mateo, el amigo de José. Mariana se incorporó en la cama. —¿Qué…

PARTE 2: LA PLACA QUE MARCUS NUNCA VIO

En cuanto cerraron las puertas de la ambulancia, saqué mi teléfono. No llamé a Marcus. Llamé a una persona que llevaba años sin necesitar. —Necesito que abras…

PARTE 2: LAS TRES NIÑAS

Julián seguía mirando a las niñas. —Cinco años… Su voz apenas salió. —Sí. —¿Son…? No terminó la pregunta. No necesitaba hacerlo. Sophie levantó la cara. —Mamá, ¿quién…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *