Me quedé completamente inmóvil.
Durante toda aquella semana había interpretado la distancia de Alexander como rechazo. Había convertido cada silencio, cada puerta cerrada y cada paso atrás en una prueba de que nuestro matrimonio había sido un error.
Pero ahora, al mirarlo, comprendí que había algo que no encajaba.
Alexander no parecía un hombre indiferente. Parecía un hombre aterrorizado de cometer un error.
—Entonces explícame por qué huiste —dije finalmente.
Su expresión cambió.
Alexander se apartó y caminó hacia la ventana.
—Porque necesitaba pensar.
—Eso ya lo dijiste.
—No. Te dije que necesitaba unos días. Nunca te expliqué por qué.
Tomé los documentos del divorcio.
—Tienes cinco minutos antes de que vuelva a pedirte que firmes.
Alexander soltó una breve risa sin humor.
—Sigues siendo exactamente igual que en la universidad.
—¿Impaciente?
—Valiente cuando estás enfadada. Cobarde cuando algo realmente te importa.
Aquello me hizo levantar la mirada.
—¿Perdón?
Se giró hacia mí.
—Estuviste enamorada de mí.
Sentí que el estómago se me hundía.
—No sé de qué hablas.
—Claire.
—Éramos compañeros.
—Guardabas mis apuntes.
—Eran buenos apuntes.
—Te sentabas tres filas detrás de mí en todas las asignaturas optativas.
—Coincidencia.
—Tomaste astronomía.
Abrí la boca.
No salió ninguna palabra.
Alexander arqueó una ceja.
—Odiabas astronomía.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo también te observaba.
El mundo pareció detenerse.
Durante ocho años había creído que Alexander Reed apenas recordaba mi existencia.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene demasiado sentido.
Se acercó al escritorio y abrió uno de los cajones.
Sacó una pequeña caja de madera.
La reconocí inmediatamente.
Era vieja, oscura y tenía grabado el emblema de nuestra universidad.
Alexander la colocó frente a mí.
—Ábrela.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Levanté la tapa.
Dentro había una fotografía.
La tomé con dedos temblorosos.
Era nuestra graduación.
Yo aparecía al fondo, riendo con unas amigas.
Alexander estaba delante.
Pero alguien había marcado discretamente con tinta azul un pequeño círculo alrededor de mi figura.
Debajo había una fecha.
Ocho años atrás.
—¿Qué significa esto?
—Que no fuiste la única idiota incapaz de decir lo que sentía.
Lo miré.
—Tú nunca me hablaste.
—Tú tampoco.
—Porque rechazabas a todas.
—Porque ninguna eras tú.
Mi corazón golpeó con tanta fuerza que tuve que dejar la fotografía sobre la mesa.
De repente, nuestra boda impulsiva adquiría otro significado.
La rapidez con la que Alexander había aceptado.
Su silencio después de firmar.
La manera en que me había mirado durante la ceremonia.
—Entonces ¿por qué mantenerte lejos después de casarnos?
Alexander bajó la mirada.
—Porque la noche de la boda dijiste algo que no recuerdas.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué dije?
—Cuando regresamos al hotel, mientras buscabas tu teléfono, dijiste que aquello era probablemente la locura más grande de tu vida y que quizá despertarías arrepentida.
Cerré los ojos.
Lo recordaba vagamente.
Había sido una broma.
Una frase absurda pronunciada mientras todavía intentaba comprender que acababa de casarme.
Pero Alexander la había tomado en serio.
—Por eso esperaste.
—Por eso necesitaba que fueras tú quien decidiera qué significaba este matrimonio cuando ya no hubiera vino, presión familiar ni emoción por reencontrarnos.
—Podías haberme preguntado.
—Y tú podías haber dejado de intentar provocarme durante cinco minutos.

A pesar de todo, casi sonreí.
—Te odio.
—No demasiado, espero.
Miré nuevamente los papeles.
—Todavía huiste.
Su expresión volvió a endurecerse.
—Sí.
—Y eso todavía no me lo has explicado.
Alexander guardó silencio.
Ahí estaba otra vez.
La barrera.
El secreto.
—¿Dónde estuviste esos tres días?
—Claire…
—No.
Empujé los documentos hacia él.
—Sin secretos. O firmas.
Alexander observó la carpeta.
Después tomó su teléfono.
Buscó algo y me mostró la pantalla.
Era un correo de un bufete de abogados.
Leí las primeras líneas.
Y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
El testamento de su abuelo establecía que Alexander recibiría el control de una parte importante del patrimonio familiar si permanecía casado durante un período determinado.
Eso ya lo sabía.
Lo que no sabía era lo que aparecía varias líneas después.
Si el matrimonio terminaba antes del plazo establecido, Alexander perdería prácticamente toda capacidad de decidir el destino de la fundación familiar.
—Pensé que solo se trataba de una herencia.
—Eso fue lo que dije.
—¿Por qué mentiste?
—Porque no quería que aceptaras casarte conmigo por lástima.
—¿Qué tiene que ver una fundación con nosotros?
Alexander guardó el teléfono.
—Todo.
Me contó que su abuelo había creado una fundación educativa que financiaba becas para cientos de estudiantes. Tras su muerte, otros miembros de la familia habían intentado vender activos y desmantelar varios programas.
Alexander era el único obstáculo.
Pero para obtener el voto definitivo necesitaba cumplir la condición del testamento.
Casarse.
—Entonces sí necesitabas una esposa.
—Sí.
Sentí una punzada amarga.
—Perfecto. Al menos llegamos a la verdad.
Tomé el bolígrafo.
—Claire, espera.
—Yo fui una solución conveniente.
—No.
—Necesitabas casarte y aparecí yo.
—Necesitaba casarme —respondió—. Pero te elegí a ti porque llevaba ocho años intentando olvidarte.
El bolígrafo quedó suspendido entre mis dedos.
Alexander respiró profundamente.
—Cuando aceptaste aquella noche, pensé que por una vez había tenido suerte. Después empezaste a bromear sobre arrepentirte y comprendí que quizá tú solo estabas escapando de tu familia.
—Alexander…
—Por eso me alejé. No quería aprovecharme de una decisión que pudieras lamentar.
Por primera vez entendí el miedo detrás de toda aquella frialdad.
No era rechazo.
Era incertidumbre.
Y, de alguna manera absurda, los dos habíamos pasado ocho años escondiendo exactamente lo mismo.
Miré el acuerdo de divorcio.
Después lo rompí por la mitad.
Alexander observó los pedazos.
—¿Eso significa que seguimos casados?
—Significa que tendrás que mejorar mucho tus habilidades de comunicación.
Una sonrisa apareció finalmente en su rostro.
No aquella sonrisa educada que mostraba en reuniones.
Una verdadera.
—Puedo intentarlo.
—Y nunca vuelvas a desaparecer durante tres días.
—De acuerdo.
—Ni vuelvas a encerrarte en una habitación para evitar una conversación.
—Eso dependerá de la conversación.
Le lancé una de las hojas rotas.
Alexander la atrapó antes de que tocara el suelo.
Por primera vez desde nuestra boda, ambos reímos.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
La sonrisa desapareció al mirar la pantalla.
—¿Qué ocurre?
Alexander no respondió inmediatamente.
Contestó.
—¿Sí?
Escuchó durante varios segundos.
Su expresión se volvió completamente seria.
—Entiendo.
Colgó.
—¿Quién era?
—Mi abogado.
—¿Problemas con el testamento?
—Mucho peores.
Se acercó a la ventana.
—Alguien presentó esta mañana una impugnación formal contra nuestro matrimonio.
Sentí que mi alivio desaparecía.
—¿Quién?
Alexander se giró lentamente.
—Mi madre.
Me quedé helada.
Solo la había visto una vez desde nuestra boda.
Había sonreído durante toda la ceremonia.
Incluso me había abrazado.
—¿Por qué haría algo así?
Alexander tomó su chaqueta.
—Porque si consigue demostrar que nuestro matrimonio fue únicamente un acuerdo para cumplir el testamento, puedo perder el control de la fundación.
—Pero eso no demuestra que sea falso.
—No.
Alexander abrió la puerta.
—Por eso necesita algo más.
En aquel instante recibí un mensaje de un número desconocido.
Abrí la fotografía adjunta.
Y todo mi cuerpo se tensó.
Era una imagen tomada la noche de nuestra boda.
Alexander y yo saliendo del restaurante.
Debajo aparecía una transcripción parcial de nuestra conversación.
Una frase estaba marcada.
“NOS CASAMOS PORQUE A LOS DOS NOS CONVIENE.”
Levanté lentamente la vista.
—Alexander…
Él vio la pantalla.
Su rostro perdió el color.
Entonces llegó un segundo mensaje.
Solo contenía una frase.
“SI QUIERES SABER POR QUÉ ALEXANDER REED SE CASÓ REALMENTE CONTIGO, PREGÚNTALE QUÉ OCURRIÓ OCHO AÑOS ATRÁS, LA NOCHE ANTES DE LA GRADUACIÓN.”
Miré a mi marido.
Alexander ya no parecía sorprendido.
Parecía alguien que acababa de comprender que el secreto que llevaba ocho años enterrando estaba a punto de salir a la luz.