Durante unos segundos, el ruido desapareció.
No escuché los fuegos artificiales.
No escuché la música.
No escuché a cientos de personas gritando feliz Año Nuevo.
Solo podía verlos.
Mi hermana, Sofia, tenía ambas manos alrededor del cuello de Adrian.
Y él la sostenía por la cintura como si aquel gesto hubiera ocurrido cientos de veces.
Quizá así había sido.
Fui yo quien finalmente rompió el beso.
—Feliz Año Nuevo.
Adrian se quedó petrificado.
Sofia abrió los ojos.
El color desapareció de su rostro.
—Elena…
Mi hermana soltó a Adrian inmediatamente.
—Puedo explicarlo.
Casi me reí.
Era increíble cómo las personas siempre encontraban esa frase después de hacer algo que no tenía explicación.
Adrian dio un paso hacia mí.
—¿Qué haces en Chicago?
Aquella pregunta terminó de destruir cualquier duda que pudiera quedarme.
No preguntó cómo estaba.
No preguntó qué había visto.
Su primera preocupación era saber por qué su mentira había fallado.
—Vine a sorprenderte.
Saqué el teléfono y le mostré nuestra conversación.
—Pensé que estabas trabajando.
Adrian miró a Sofia.
Ese pequeño gesto me dijo mucho más que cualquier confesión.
Estaban buscando una versión común.
Una mentira que ambos pudieran sostener.
—Elena —dijo Sofia—, esto no empezó como piensas.
—¿Cómo pienso que empezó?
Guardó silencio.
—¿Cuando me ayudaste a elegir el vestido de novia?
Sofia bajó la mirada.
—¿O cuando me dijiste que Adrian era perfecto para mí?
—Por favor…
—¿O cuando mamá te preguntó si querías ser mi dama de honor?
Vi lágrimas aparecer en sus ojos.
No me conmovieron.
Adrian intentó tomarme del brazo.
Retrocedí.
—No vuelvas a tocarme.
—Cometí un error.
—No.
Saqué el anillo de compromiso del bolso.
—Un error ocurre una vez. Para mantener una relación secreta durante meses hacen falta cientos de decisiones.
Lo dejé sobre una mesa cercana.
El pequeño diamante brilló bajo las luces de la terraza.
Adrian lo miró como si acabara de comprender que aquello era real.
—Elena, no hagas esto aquí.
—¿Te preocupa que alguien te vea?
Señalé a Sofia.
—Hace treinta segundos la estabas besando delante de cien personas.
Algunas personas cercanas habían comenzado a observarnos.
Sofia me agarró la mano.
—No quería enamorarme de él.
La aparté.
—¿Desde cuándo?
Ella comenzó a llorar.
—Ocho meses.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Ocho meses.
Recordé cumpleaños.
Cenas familiares.
Domingos en casa de nuestros padres.
Durante ocho meses ambos habían estado sentados frente a mí fingiendo normalidad.
—¿La publicación era tuya?
Sofia no respondió.
—Mírame.
Finalmente levantó los ojos.
—Sí.
Aquello dolió de una manera distinta.
No solo me había traicionado.
Había presumido públicamente de haberme quitado al hombre con quien iba a casarme.
Adrian intervino.
—Yo iba a decírtelo después de las fiestas.
Lo miré.
—¿Después de anunciar nuestro compromiso?

No respondió.
Entonces comprendí algo.
—Por eso lo aplazaste.
Adrian cerró los ojos.
Sofia habló entre lágrimas.
—Yo se lo pedí.
Perfecto.
La desconocida de la publicación había dicho la verdad.
Cada palabra.
—Entonces quédatelo.
Me di la vuelta.
Adrian me siguió hasta el ascensor.
—¡Elena!
Entré.
Colocó una mano entre las puertas antes de que se cerraran.
—Cuatro años no pueden terminar así.
Lo miré directamente.
—No terminaron esta noche.
—Terminaron hace ocho meses. Solo que olvidaste avisarme.
Las puertas se cerraron.
Regresé al apartamento poco después de la una.
La cena seguía sobre la mesa.
El pastel estaba intacto.
Las dos copas continuaban junto a la ventana.
Me senté durante unos minutos y contemplé todo aquello.
Después tiré la comida.
Guardé mis cosas.
Y cambié mi vuelo para regresar a casa aquella misma mañana.
No dormí.
Adrian llamó veintisiete veces.
Sofia, diecinueve.
No contesté ninguna.
A las siete apareció un mensaje de mi madre.
“¿Por qué Sofia no contesta? ¿Está contigo?”
Me quedé mirando la pantalla.
Entonces entendí que mis padres todavía no sabían nada.
Decidí no explicar semejante traición mediante un mensaje.
Cuando llegué a casa aquella tarde, mis padres estaban preparando la comida familiar que originalmente debía celebrar mi compromiso.
Mi madre corrió a abrazarme.
—¿Dónde está Adrian?
Dejé la maleta junto a la puerta.
—No vendrá.
Mi padre observó mi mano.
El anillo había desaparecido.
—Elena…
Antes de que pudiera explicar nada, escuchamos un automóvil afuera.
Sofia entró primero.
Adrian apareció detrás de ella.
Mi madre sonrió confundida.
—¡Por fin! ¿Qué está pasando con ustedes?
Nadie respondió.
Adrian me miró.
—Necesitamos hablar como adultos.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Hablar de qué?
Saqué el teléfono.
Abrí la fotografía de la terraza.
Y se lo entregué.
Mi padre tardó apenas unos segundos en comprenderla.
Su rostro cambió.
Mi madre se acercó.
—¿Qué ocurre?
Él le mostró la pantalla.
El silencio que siguió fue insoportable.
—Sofia —susurró mi madre—. Dime que esto no es lo que parece.
Mi hermana comenzó a llorar.
—Mamá, nos enamoramos.
Mi padre golpeó la mesa con la palma.
—¡Es el prometido de tu hermana!
Adrian intervino.
—Señor Carter, Elena y yo teníamos problemas desde hacía tiempo.
Lo miré sorprendida.
Era la primera vez que escuchaba aquello.
—¿Qué problemas?
Adrian vaciló.
—Nos habíamos distanciado.
—Hace cuatro días me enviaste tres opciones para nuestra luna de miel.
Mi padre giró lentamente hacia él.
Adrian guardó silencio.
Sofia explotó.
—¡Porque nunca tuvo valor para decirle la verdad!
Todos la miramos.
Ella estaba llorando de rabia.
—Adrian no la ama desde hace mucho.
—Sofia —advirtió Adrian.
Pero ella ya no podía detenerse.
—¡Me dijo que solo seguía con Elena porque papá podía ayudarlo con la expansión de su empresa!
Mi padre quedó inmóvil.
Entonces miró a Adrian.
—¿Qué expansión?
Adrian palideció.
Yo también comprendí inmediatamente.
Mi padre dirigía un fondo privado que llevaba meses estudiando una inversión importante en la empresa de Adrian.
El acuerdo todavía no estaba firmado.
Pero Adrian contaba con aquel dinero.
Mi padre caminó hacia su escritorio.
Tomó el teléfono.
—Robert, cancela la reunión del lunes.
Adrian dio un paso hacia él.
—Señor Carter…
—Y congela cualquier negociación relacionada con Walker Technologies.
Adrian perdió el color.
—Espere.
Mi padre colgó.
—Ahora puedes marcharte.
—Está hablando de cuarenta millones de dólares.
—Lo sé perfectamente.
Adrian me miró desesperado.
Y entonces entendí por qué había seguido fingiendo conmigo.
No era responsabilidad familiar.
Eran cuarenta millones de dólares.
—Elena —dijo—. Dile que no haga esto.
Casi no reconocí al hombre que tenía delante.
Horas antes había celebrado el Año Nuevo abrazando a mi hermana.
Ahora me pedía que protegiera su empresa.
—Vete.
—Podrían quebrarnos.
—Debiste pensar en eso antes.
Adrian miró a Sofia.
Y ocurrió algo que jamás olvidaré.
Su expresión cambió.
La ternura desapareció.
—Esto es culpa tuya.
Sofia abrió la boca.
—¿Qué?
—Si no hubieras publicado esa fotografía…
Ella retrocedió como si hubiera recibido una bofetada.
Finalmente comprendía qué clase de hombre había elegido.
—Dijiste que querías estar conmigo.
—¡No significaba que tuvieras que destruirlo todo!
Sofia empezó a llorar.
Pero mi padre abrió la puerta.
—Los dos fuera.
Adrian salió primero.
Mi hermana permaneció unos segundos frente a mí.
—Elena…
—No.
Mi voz fue tranquila.
—Hoy no puedo perdonarte.
Ella bajó la cabeza y se marchó.
Pensé que aquello era el final.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señorita Carter?
—Sí.
—Soy Daniel Ross, abogado de Walker Technologies. Necesito hablar con usted urgentemente.
—No tengo ninguna relación con esa empresa.
Hubo un breve silencio.
—Ese es precisamente el problema.
Me incorporé.
—¿Qué quiere decir?
El abogado respiró profundamente.
—Anoche revisamos los documentos de la inversión que Adrian presentó al consejo.
Sentí una inquietud inmediata.
—¿Y?
—Encontramos su firma en seis contratos.
Fruncí el ceño.
—Yo nunca firmé ningún contrato.
El hombre guardó silencio durante dos segundos.
—Lo sabemos.
Sentí que el corazón se detenía.
—Entonces, ¿cómo está mi firma ahí?
Su respuesta cambió completamente la historia.
—Porque creemos que Adrian Walker falsificó su firma para garantizar personalmente una deuda de cuarenta millones de dólares. Y si tenemos razón, no solo estaba utilizándola para conseguir la inversión de su padre. Estaba preparando todo para que, cuando la empresa colapsara, usted cargara con las consecuencias.