PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA ME CONOCIÓ

Leo fue el primero en romper el silencio.

—¿Este es Ethan Cole?

Cerré los ojos.

—Sí.

—¿El Ethan?

—Leo.

Mi hermano me miró indignado.

—¿El hombre por el que lloraste seis meses después del divorcio?

—Leo.

—Entendido. Me callo.

No se calló.

Se volvió hacia Ethan.

—No me caes bien.

Ethan apretó la mandíbula.

Adrian intervino antes de que aquello se convirtiera en un espectáculo.

—Doctor Cole, la cirugía.

Eso bastó para devolverlo a su papel profesional.

Ethan explicó el procedimiento, los riesgos y la recuperación prevista. Adrian hizo preguntas precisas. Leo preguntó cinco veces si iba a estar bien. Nate quería saber quién estaría presente durante la operación.

Yo solo observaba a Ethan.

Cuanto más hablaban ellos, más extraña se volvía su expresión.

Porque finalmente estaba comprendiendo algo.

Durante nuestro matrimonio, Ethan creyó que yo estaba sola.

Y yo se lo permití.


Nos habíamos conocido cuando yo tenía veinticuatro años.

Mi familia tenía dinero, contactos y un apellido conocido en ciertos círculos.

Yo odiaba todo aquello.

Quería una vida normal.

Cuando conocí a Ethan, jamás le dije que Adrian Blackwell era mi primo ni que había crecido entrando y saliendo de la residencia Blackwell como si fuera mi propia casa.

Tampoco le expliqué que Leo había sido adoptado por mis tíos y que para mí siempre había sido simplemente mi hermano pequeño.

Y Nate…

Nate era prácticamente familia desde que teníamos ocho años.

Ethan conocía sus nombres.

Pero nunca preguntó demasiado.

Cuando veía fotografías, asumía que eran amigos.

Cuando alguno enviaba regalos caros, pensaba que yo exageraba la importancia de aquellas relaciones.

Y después apareció Cassandra Reed.

Su famoso primer amor.

La mujer que, según las enfermeras, ahora era su novia.

Nuestro matrimonio empezó a desmoronarse poco después.

Tres años atrás, cuando Ethan pidió el divorcio, me dijo:

—Somos demasiado diferentes.

Yo pregunté:

—¿Hay alguien más?

Respondió:

—Eso ya no importa.

Nunca supliqué.

Firmé.

Y desaparecí de su vida.


Antes de entrar al quirófano, Ethan apareció junto a mi cama.

Solo.

—¿Por qué nunca me dijiste quiénes eran?

Lo miré.

—Nunca preguntaste.

—Vivimos casados cuatro años.

—Exactamente.

Aquello lo hizo callar.

Después preguntó:

—¿Blackwell es realmente tu primo?

—Sí.

—¿Y Leo Hayes tu hermano?

—Adoptivo. Pero sí.

—¿Donovan?

Sonreí.

—¿Por qué te interesa tanto Nate?

—No me interesa.

—Entonces deja de apretar el expediente.

Miró su mano.

Realmente lo estaba haciendo.

Lo soltó.

—Solo intento comprender cuánto de ti no conocía.

Mi sonrisa desapareció.

—Muchísimo.

Hice una pausa.

—Pero no porque yo lo escondiera todo, Ethan.

—Tú dejaste de preguntar mucho antes del divorcio.

Esta vez no tuvo respuesta.


La operación salió bien.

Cuando desperté, Leo dormía torcido en un sillón.

Adrian trabajaba con su portátil.

Nate estaba discutiendo en voz baja con alguien porque quería conseguirme comida de un restaurante que ni siquiera hacía entregas al hospital.

Y junto a la puerta estaba Ethan.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Revisando a mi paciente.

—Ya me revisaron.

—Quería hacerlo personalmente.

Nate levantó la cabeza.

—Pues ya está revisada.

Casi me reí.

Ethan lo ignoró.

Revisó mis constantes y finalmente dijo:

—Todo está bien.

Leo despertó.

—¿Entonces podemos llevárnosla?

—Mañana probablemente.

—Perfecto.

Ethan me miró.

—Necesito hablar contigo después.

—No.

La respuesta salió inmediatamente.

Pareció sorprendido.

—Olivia…

—Estamos divorciados, ¿recuerdas?

Utilicé exactamente sus palabras.

—No me busques a mí.

Vi el golpe en su expresión.

Pero no sentí satisfacción.

Solo cansancio.


Ethan volvió aquella noche.

Esta vez no llevaba bata.

Se quedó junto a la puerta.

—Cassandra y yo no estamos juntos.

Levanté la mirada del libro.

—No pregunté.

—Escuchaste a las enfermeras.

—También escuché que aparentemente soy una pobre mujer abandonada sin amigos. No pienso creer todo lo que dicen.

Casi sonrió.

No lo hizo.

—Cassandra regresó después de nuestro divorcio. Intentamos salir durante unas semanas.

Algo antiguo dolió dentro de mí.

Pero ya no tenía poder.

—No funcionó —continuó—. Porque descubrí que llevaba años idealizando algo que realmente nunca había existido.

Cerré el libro.

—¿Y por qué me cuentas esto?

Ethan tardó demasiado en responder.

—Porque cometí un error.

—Muchos.

—El divorcio.

Silencio.

—Creía que contigo siempre faltaba algo —dijo—. Pensaba que eras distante. Que nunca terminabas de dejarme entrar en tu vida.

Lo miré fijamente.

—Ethan, durante nuestro último aniversario cancelaste la cena porque Cassandra te llamó.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

—Cuando murió mi tía, viajé sola al funeral porque dijiste que tenías trabajo.

—Lo sé.

—Cuando intentaba hablar contigo, siempre estabas demasiado cansado.

Mi voz permaneció tranquila.

—Y ahora descubres que tengo una familia famosa y de repente quieres saber quién soy.

—No es por eso.

—Entonces demuéstralo aceptando que llegaste demasiado tarde.

Aquello terminó la conversación.


A la mañana siguiente me dieron el alta.

Leo consiguió una silla de ruedas aunque yo podía caminar.

Adrian había organizado un vehículo.

Nate apareció con flores tan grandes que apenas veía por encima de ellas.

Cuando llegamos al ascensor, Ethan estaba allí.

Nos miramos.

Por un instante recordé al hombre del que me había enamorado.

El residente agotado que compartía conmigo fideos instantáneos a las tres de la mañana.

El hombre que una vez recorrió media ciudad porque yo había perdido mi bufanda favorita.

Ese Ethan había existido.

Pero también había existido el otro.

El que dejó de verme.

No necesitaba convertirlo en un monstruo para aceptar que ya no lo quería de regreso.

—Cuídate, Olivia —dijo.

—Tú también.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Entonces Ethan preguntó:

—¿Hay alguna posibilidad de que algún día podamos empezar de nuevo?

Puse una mano entre las puertas y las detuve.

Leo, Adrian y Nate guardaron silencio.

Miré a mi exmarido.

—No.

Ethan palideció.

—¿Porque estás con alguien?

Negué.

—Ese siempre fue tu problema.

—Crees que para dejar de elegirte necesito haber elegido a otro hombre.

Las puertas volvieron a cerrarse.

Esta vez no las detuve.


Seis meses después regresé al mismo hospital para una revisión.

Todo estaba bien.

Al salir, vi a Ethan al otro extremo del pasillo.

Nos saludamos con una inclinación de cabeza.

Nada más.

Leo me esperaba afuera escondido bajo una gorra absurda.

Adrian había enviado un automóvil porque consideraba que yo conducía “como una amenaza pública”.

Y Nate había escrito:

“¿Terminaste? Tengo hambre.”

Sonreí mirando el teléfono.

Tres años atrás pensé que el divorcio significaba haber perdido mi familia.

Ahora entendía lo ridículo que había sido.

Nunca estuve sola.

Simplemente había pasado demasiado tiempo intentando demostrarle mi valor a un hombre que estaba demasiado ocupado mirando lo que creía que le faltaba.

Y cuando finalmente levantó la vista…

yo ya había aprendido a caminar sin él.

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