Tres días después, Víctor recibió la respuesta definitiva del banco.
Préstamo rechazado.
No porque Daniel fuera mi hermano.
Sino porque, al revisar las cuentas con atención, aparecieron deudas que Víctor había ocultado, ingresos exagerados y garantías que no cubrían ni la mitad de lo solicitado.
A las siete de la mañana empezó a llamarme.
No contesté.
A las ocho llegó un mensaje.
“Elena, tenemos que hablar. Sin ese préstamo tendré que cerrar.”
Lo miré durante unos segundos.
Después escribí:
“Habla con tu contable.”
Su respuesta llegó inmediatamente.
“¡SOY TU MARIDO!”
Sonreí.
Todavía.
Pero no por mucho tiempo.
Aquella mañana tenía una cita con una abogada.
Llevé el informe médico de Nana.
Los mensajes de Víctor.
Los movimientos bancarios.
Y años de comprobantes que demostraban algo que mi esposo parecía haber olvidado:
Yo también había financiado aquella empresa.
Cuando Víctor comenzó el negocio, mi padre me entregó dinero como anticipo de herencia.
Yo puse una parte importante como capital inicial.
Víctor prometió:
—Cuando la empresa crezca, la mitad será tuya.
Nunca exigí que cumpliera aquella promesa verbal.
Porque éramos marido y mujer.
Pensaba que estábamos construyendo algo juntos.
Mi abogada revisó los documentos.
—Elena, aquí hay suficiente para investigar qué parte del patrimonio matrimonial te corresponde.
—Quiero el divorcio.
Ella levantó la vista.
—¿Estás segura?
Pensé en Nana preguntándome si las niñas podían comer carne.
—Completamente.
Cuando Víctor recibió los documentos, apareció en casa de mi hermano.
Esta vez vino solo.
Parecía no haber dormido.
—Elena, abre.
Salí al jardín.
Daniel permaneció cerca, pero le pedí que nos dejara hablar.
Víctor me mostró la demanda.
—¿Divorcio?
—Sí.
—¿Por un plato de tocino?
Lo miré durante varios segundos.
Todavía no entendía nada.
—No me divorcio por dieciocho yuanes.
—Entonces ¿por qué?
—Porque viste a tu hija querer algo tan pequeño y tu primera reacción fue humillarla.
Su rostro se endureció.
—Solo estaba educándola.
—Después pagaste casi mil yuanes por un cangrejo para Tomás.
—Es diferente.
—Explícame la diferencia.
Abrió la boca.
No salió nada.
—¿Porque Tomás es niño?
Silencio.
—¿Porque lleva el apellido Wang?
Nada.
—¿Porque para ti Nana siempre valdrá menos?
—¡Nunca dije eso!
—Se lo has demostrado durante seis años.
Víctor bajó la voz.
—Puedo cambiar.
Negué.
—Entonces cambia.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Volverás?
—No.
Aquella esperanza desapareció inmediatamente.
—Cambia porque Nana merece un padre mejor. No porque quieras recuperar una esposa que ya perdiste.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
La empresa de Víctor comenzó a quedarse sin liquidez.
Clara dejó de mostrarse tan dulce cuando comprendió que Víctor ya no podía pagar todos sus gastos.
Mi suegra empezó a llamar a familiares diciendo que yo había destruido a su hijo.
Pero apareció un problema todavía mayor.
Durante la revisión patrimonial, mi abogada encontró transferencias periódicas desde la empresa hacia una cuenta personal.
La titular era Clara Zhao.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Cuánto?
La abogada me dio la cifra.
Sentí náuseas.
Durante casi tres años, Víctor había pagado el alquiler de Clara, la escuela privada de Tomás, viajes, seguros y compras personales.
Con dinero de la empresa.
La misma empresa que ahora decía no tener recursos.
La misma empresa para la que necesitaba diez millones prestados.
La misma empresa que yo había ayudado a levantar.
Esa tarde imprimí todos los movimientos.
No llamé a Víctor.
Se los envié a mi abogada.
Fue Clara quien apareció primero.
Llegó llorando.
—Elena, tienes que detener esto.
—¿Detener qué?
—Tus abogados están preguntando por mis cuentas.
—Entonces responde.
—Ese dinero eran regalos de Víctor.
—Perfecto. Explícaselo documentalmente.
Su expresión cambió.
—Somos familia.
Me reí.
—¿Familia?
Recordé el restaurante.
—Cuando Nana quería tocino, era una inútil.
—Cuando Tomás quería cangrejo, era “el único varón de la familia”.
Di un paso hacia ella.
—Ahora que hay dinero en juego, de repente todos somos familia.
Clara empezó a llorar.
Esta vez no me produjo absolutamente nada.
—Víctor solo quería ayudarnos porque Tomás perdió a su padre.
—Ayudar no es el problema.
—Entonces…
—El problema es hacerlo mientras desprecia a su propia hija.
Clara apretó el bolso.
—¿Estás celosa de un niño?
La miré.
—No.
—Estoy protegiendo a la niña que ustedes convirtieron en la última persona de su propia familia.
Cerré la puerta.
Dos meses después llegó la audiencia provisional.
Víctor parecía otro hombre.
Había vendido su automóvil de lujo.
La empresa había reducido personal.
Y Clara ya no aparecía tomada de su brazo.
Nana estaba conmigo aquel día, aunque no entró en la sala.
Cuando salí, corrió hacia mí.
—Mamá.
—¿Sí?
Sacó algo de su mochila.
Era una cajita.
Dentro había un trozo de pastel.
—La tía me compró uno.
Sonrió.
—Guardé la mitad para ti.
Me quedé mirándola.
Mi hija había recibido desprecio durante años.
Y aun así, cuando tenía algo bueno, pensaba en compartirlo.
Me agaché.
—Cómetelo entero.
—Pero quiero darte.
—Entonces comemos juntas.
Nos sentamos en un banco.
Dos cucharitas.
Una caja pequeña.
Y por alguna razón, aquel pastel me supo mejor que cualquier banquete de la familia Wang.
El divorcio terminó meses después.
No obtuve todo.
Víctor tampoco.
La empresa tuvo que reconocer parte de los fondos matrimoniales que yo había aportado y las transferencias a Clara quedaron documentadas durante la división patrimonial.
Pero nunca había querido destruirlo.
Solo quería dejar de financiar una vida donde mi hija era tratada como si valiera menos.
Víctor conservó la empresa.
Más pequeña.
Endeudada.
Pero suya.
Yo obtuve una compensación justa y la custodia principal de Nana.
Las visitas con su padre quedaron establecidas de forma clara.

El día que firmamos, Víctor permaneció sentado después de que todos se marcharan.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
—Clara se fue.
No respondí.
—Cuando se acabó el dinero, desapareció.
—Eso tampoco es asunto mío.
Víctor soltó una risa amarga.
—Mamá también está enfadada conmigo.
—¿Por qué?
—Porque ya no puedo pagar todo lo que quiere.
Entonces comprendí.
Por primera vez, Víctor estaba sintiendo lo que durante años nos había obligado a sentir a Nana y a mí.
Que su valor para ciertas personas dependía de lo que podía proporcionarles.
—Ahora lo entiendes —dije.
Levantó los ojos.
—¿Entender qué?
—Lo que se siente cuando alguien te mira y solo piensa en lo que puede sacar de ti.
Víctor bajó la cabeza.
No pidió otra oportunidad.
Y yo agradecí que no lo hiciera.
Un año después llevé a Nana a otro buffet.
Cuando entramos, se quedó quieta frente a la zona de parrilla.
Había carne.
Camarones.
Pescado.
Verduras.
Y tocino.
Nana miró el plato.
Después me miró.
—Mamá…
Ya sabía la pregunta.
Sonreí.
—Toma lo que quieras.
Ella agarró unas pinzas.
Tomó dos pedazos de tocino.
Después dudó.
Y añadió un tercero.
Me miró con expresión traviesa.
—¿Mucho?
—Si tienes hambre, no.
Sonrió.
Entonces vio el cangrejo.
—¿Puedo probarlo?
—Claro.
—Pero es caro.
Me agaché hasta quedar a su altura.
—Escúchame bien, Nana.
Esperé hasta que me miró.
—Nunca midas cuánto vales por lo que alguien está dispuesto a gastar en ti.
Le señalé la comida.
—Y tampoco por ser niña o niño.
—Entonces ¿por qué valgo?
Le acomodé el cabello detrás de la oreja.
—Porque eres tú.
Nana sonrió.
Tomó mi mano.
Y caminamos juntas hacia la mesa.
Aquella noche no celebrábamos haber ganado un divorcio.
Ni haber detenido un préstamo.
Ni haber recuperado dinero.
Celebrábamos algo mucho más sencillo.
Mi hija ya no preguntaba si tenía permiso para ocupar un lugar en la mesa.
Y yo tampoco.