Esa noche, cuando las puertas del Gran Salón Imperial se abrieron, más de quinientas personas aguardaban el comienzo de la gala anual de la Fundación Beltrán.
Empresarios.
Políticos.
Directores de bancos.
Familias cuyos apellidos aparecían en edificios, universidades y hospitales.
Y en el centro de aquel mundo estaba mi padre.
Alejandro Beltrán.
El hombre al que la prensa financiera llamaba el arquitecto silencioso de media ciudad.
Hacía seis años que no aparecía públicamente a su lado.
Pero aquella noche entré por la puerta principal con Lucía de la mano.
Mi hija llevaba un vestido blanco sencillo. El médico había revisado su boca y confirmado que estaba fuera de peligro, pero su mejilla todavía conservaba las marcas de los golpes.
Cada vez que las veía, recordaba por qué estaba allí.
Héctor se acercó.
—Señorita Beltrán, las líneas de crédito de Grupo Santillán han sido suspendidas.
—¿Y los terrenos?
—Encontramos irregularidades.
Me entregó una carpeta.
—También descubrimos que el señor Diego Santillán utilizó garantías vinculadas indirectamente a empresas del Grupo Beltrán.
Lo miré.
—¿Cuánto depende de nosotros?
Héctor tardó un segundo en responder.
—Prácticamente todo.
Cerré la carpeta.
—Entonces no hagas nada más todavía.
—¿Está segura?
Miré hacia la entrada.
—Quiero que llegue primero.
Como si hubiera escuchado mis palabras, Diego apareció veinte minutos después.
Renata caminaba tomada de su brazo.
Graciela iba detrás.
Los tres sonreían.
Todavía creían que aquella noche venían a conquistar a los Beltrán.
Renata llevaba otro vestido rojo.
Cuando me vio, soltó una carcajada.
—¿Tú?
Diego frunció el ceño.
—¿Cómo entraste?
No respondí.
Graciela me examinó con desprecio.
—Seguramente se coló aprovechando que trabajó alguna vez para alguien importante.
Lucía se escondió detrás de mis piernas al ver a Renata.
Sentí cómo sus dedos apretaban mi vestido.
Renata lo notó.
—Ay, no empieces otra vez con el drama.
Mi hija bajó la cabeza.
Me incliné inmediatamente.
—Lucía, mírame.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Aquí nadie puede hacerte daño.
—¿Seguro?
—Te lo prometo.
Diego se acercó.
—Isabela, deja de llenar a la niña de tonterías.
—Aléjate de ella.
Su rostro se endureció.
—También es mi hija.
Lo miré durante varios segundos.
—Esta tarde tuviste la oportunidad de demostrarlo.
No respondió.
Una campana anunció el comienzo de la ceremonia.
Los invitados ocuparon sus lugares.
Entonces apareció mi padre.
Alejandro Beltrán caminó hacia el escenario acompañado por varios miembros del consejo de la fundación.
Diego enderezó inmediatamente la espalda.
—Ahí está —susurró—. Si consigo hablar cinco minutos con Beltrán, solucionaremos los problemas del grupo.
Renata sonrió.
—Seguro le encantará conocerte.
Yo casi sentí lástima.
Casi.
Mi padre tomó el micrófono.
—Gracias por acompañarnos.
El salón quedó completamente en silencio.
Comenzó a hablar sobre las becas infantiles financiadas aquel año.

Pero Lucía ya no escuchaba.
Había visto algo.
A su abuelo.
Mi padre también la vio.
Se quedó inmóvil en medio de una frase.
Hacía años que no veía a su nieta fuera de fotografías privadas.
Lucía me miró.
—Mami…
No tuve tiempo de responder.
Soltó mi mano y corrió.
—¡Lucía!
Atravesó el salón.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Los guardias dieron un paso adelante, pero Alejandro levantó una mano ordenándoles detenerse.
Lucía subió los escalones del escenario.
Mi padre dejó el micrófono.
Se arrodilló.
Y mi pequeña se lanzó directamente a sus brazos.
—¡Abuelo!
El salón entero pareció dejar de respirar.
Vi cómo el rostro de Diego perdía el color.
Graciela abrió la boca.
Renata simplemente negó con la cabeza.
—No puede ser…
Alejandro abrazó a Lucía.
Entonces vio su mejilla.
Su expresión cambió.
—¿Qué te pasó?
Lucía comenzó a llorar.
Señaló hacia el público.
Todos siguieron la dirección de su dedo.
Hasta Renata.
—Abuelo… ella fue quien me pegó.
El silencio fue brutal.
Renata retrocedió.
—Está mintiendo.
Mi padre levantó lentamente la mirada.
Nunca olvidaré aquella expresión.
No gritó.
No necesitaba hacerlo.
—¿Usted golpeó a mi nieta?
Renata palideció.
—Señor Beltrán, fue un accidente.
Lucía negó con fuerza.
—Me pegó muchas veces.
Diego intervino.
—Señor Beltrán, permítame explicarle.
Mi padre lo miró.
—¿Quién es usted?
Aquella pregunta destrozó algo dentro de Diego.
—Diego Santillán. Presidente de Grupo Santillán.
Alejandro entrecerró los ojos.
—No pregunté por su empresa. Pregunté qué relación tiene con mi nieta.
Diego tragó saliva.
—Soy su padre.
Mi padre guardó silencio.
Después miró nuevamente las marcas de Lucía.
—Entonces usted estaba allí.
Diego no respondió.
Lucía sí.
—Papá miró.
El murmullo que recorrió el salón fue inmediato.
Mi padre se puso de pie cargando a su nieta.
—Héctor.
—Señor.
—Cierre las puertas.
Diego levantó la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Héctor respondió por él.
—Significa que nadie involucrado abandonará el salón hasta que seguridad termine de recopilar los testimonios y las grabaciones pertinentes.
Renata comenzó a ponerse nerviosa.
—¡Esto es absurdo! ¡La niña me manchó un vestido!
Alejandro la miró.
—¿Y por eso consideró aceptable golpearla?
Renata comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir delante de cientos de personas.
Y de decenas de cámaras.
Graciela corrió hacia Diego.
—Haz algo.
Él parecía incapaz de respirar.
Entonces me miró.
—Isabela…
Caminé hacia el escenario.
Cada paso hizo que su rostro se volviera más blanco.
Mi padre extendió una mano hacia mí.
La tomé.
Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.
Alejandro me colocó a su lado.
—Para quienes no la conocen —dijo tomando nuevamente el micrófono—, permítanme presentarles a mi única hija.
Miró directamente hacia Diego.
—Isabela Beltrán.
Un estruendo de murmullos recorrió el salón.
Diego se apoyó en una silla.
Renata abrió los ojos.
Graciela parecía haber envejecido diez años.
—No… —susurró Diego—. Tú dijiste que tu padre había muerto.
—Nunca dije eso.
—Entonces durante seis años…
—Durante seis años quise saber cómo tratarías a una mujer sin dinero ni apellido.
Lo miré fijamente.
—Ya tengo mi respuesta.
En ese momento, el teléfono de Diego comenzó a vibrar.
Luego otro.
Y otro.
Sacó el primero.
Su expresión cambió.
—El banco canceló nuestra línea de crédito.
Otro mensaje.
—Los inversionistas suspendieron Emerald Towers.
Otro.
—No…
Miró a Héctor.
—¿Qué hicieron?
Héctor permaneció impasible.
—Nada que no estuviera permitido por sus contratos.
Diego se volvió hacia mí.
—Isabela, por favor.
La misma persona que horas antes había querido dejarme sin nada ahora pronunciaba mi nombre como si fuera su última esperanza.
Pero entonces Héctor se acercó y me susurró:
—Hay otro asunto.
—¿Qué ocurre?
Me entregó una tableta.
En la pantalla aparecían varias transferencias.
Todas procedían de Grupo Santillán.
Todas terminaban en una sociedad desconocida.
—Encontramos esto durante la revisión de emergencia.
Fruncí el ceño.
—¿De quién es la empresa receptora?
Héctor miró hacia Renata.
—De ella.
Diego escuchó.
Se giró lentamente.
—¿Qué?
Renata retrocedió.
—No sé de qué hablan.
Héctor continuó.
—Durante dieciocho meses, alguien desvió fondos de Grupo Santillán hacia cuentas vinculadas a la señorita Renata.
Graciela soltó un grito.
Diego avanzó hacia su amante.
—¿Me estabas robando?
—¡No!
—Tenemos las transferencias —dije.
Renata comenzó a buscar desesperadamente una salida.
Entonces su bolso cayó al suelo.
Un sobre médico se deslizó sobre el mármol.
Diego lo recogió antes que ella.
—¡Dámelo!
Pero ya era tarde.
Leyó el encabezado.
Su rostro se volvió completamente blanco.
—¿Una prueba de embarazo?
Graciela dejó escapar una exclamación.
Renata cerró los ojos.
Diego miró la fecha.
Después leyó algo más.
Algo que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
—Esto dice que tienes doce semanas.
Renata no respondió.
Diego levantó la mirada.
—Pero yo me hice la vasectomía hace ocho meses.
El salón volvió a quedar en silencio.
Renata dio otro paso atrás.
Y entonces una voz masculina habló desde el fondo.
—Porque el bebé no es suyo.
Todos se giraron.
Un hombre acababa de entrar acompañado por dos abogados.
Lo reconocí inmediatamente.
Y por la expresión de Diego, él también.
Era su propio hermano menor.