El hombre no apartó los ojos de Liam.
Yo tampoco podía dejar de mirarlo.
Durante cinco años había hecho todo lo posible por mantener a mis hijos lejos de la familia Blake. Sin embargo, el destino acababa de poner frente a nosotros a alguien cuyo rostro parecía llevar escrito aquel apellido.
Liam se acomodó los lentes con dignidad.
—Señor, mirar fijamente a un niño es de mala educación.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Cómo te llamas?
—Liam Hayes.
—¿Cuántos años tienes?
Mi corazón dio un vuelco.
Intervine inmediatamente.
—Disculpe otra vez por el choque. Tenemos prisa.
Tomé a Liam de la mano.
Pero Noah apareció a mi lado.
Y entonces el desconocido lo vio.
Su expresión cambió por completo.
Uno podía ser una coincidencia.
Dos niños con rasgos de la familia Blake ya no lo parecían.
Emma llegó corriendo.
—¡Mami! Noah dijo que podemos comprar dos helados si tú no estás mirando.
El hombre observó ahora a los tres.
Después me miró directamente.
—Sophia Hayes.
Sentí un escalofrío.
—¿Nos conocemos?
Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.
—Alexander Blake.
Todo encajó.
Alexander.
El hermano mayor de Ethan.
Había vivido durante años en Europa administrando los negocios internacionales de la familia. Durante mi matrimonio apenas lo había visto en fotografías.
Y ahora estaba frente a mis hijos.
—Tenemos que irnos.
Alexander no intentó detenerme.
Eso me preocupó todavía más.
Solo miró a Liam y preguntó:
—¿Quién es su padre?
Me puse delante de los niños.
—Eso no le importa.
—Quizá sí.
—No.
Tomé las tres pequeñas manos y me alejé.
No miré atrás.
Pero Noah sí.
—Mami.
—¿Qué?
—Ese señor nos está fotografiando.
Me detuve.
Giré bruscamente.
Alexander ya había guardado el teléfono.
Demasiado tarde.
Veinte minutos después, Alexander estaba sentado dentro de su automóvil mirando una fotografía.
Tres niños.
Dos varones y una niña.
Cinco años.
Apellido Hayes.
Sacó el teléfono.
—Investiga a Sophia Hayes.
La voz al otro lado preguntó algo.
Alexander respondió:
—Especialmente dónde vivió durante los últimos cinco años y las fechas de nacimiento de sus hijos.
Hizo una pausa.
—Y no le digas nada a Ethan todavía.
Yo creí que tendría tiempo.
Me equivoqué.
Aquella misma tarde, mientras los niños descansaban en el hotel, recibí una llamada de mi asistente.
—Señora Hayes, tenemos un problema con la negociación de Harbor Technologies.
—¿Qué ocurrió?
—El Grupo Blake acaba de entrar en la licitación.
Me quedé en silencio.
Había regresado a Harbor City precisamente para adquirir aquella empresa.
Durante cinco años había construido mi propia compañía desde cero. Los cien millones del divorcio habían sido una base cómoda, pero mi fortuna actual superaba ampliamente aquella cantidad.
Y ahora Ethan aparecía nuevamente en mi camino.
—¿Quién representa al Grupo Blake?
Mi asistente dudó.
—Ethan Blake personalmente.
Cerré los ojos.
Perfecto.
El universo tenía sentido del humor.
A las diez de la mañana siguiente entré en la sala de negociaciones.
Ethan estaba sentado al otro extremo de la mesa.
Cinco años no habían suavizado sus facciones.
Seguía siendo igual de frío.
Igual de arrogante.
Pero cuando me vio, dejó de escribir.
—Sophia.
Sonreí profesionalmente.
—Señor Blake.
Sus ojos recorrieron mi traje, el equipo de ejecutivos detrás de mí y los documentos que llevaba.
Probablemente esperaba encontrar a la mujer que había abandonado.
En cambio, encontró a la presidenta de Hayes Capital.
—Así que eras tú —murmuró.
—¿Esperabas a alguien más?
—Escuché que Hayes Capital estaba dirigida por una mujer.
—Ahora ya sabes cuál.
Comenzó la reunión.
Durante dos horas discutimos cifras, patentes y derechos de adquisición.
No hubo espacio para recuerdos.
Hasta que Ethan dijo:
—Necesito hablar contigo en privado.
—No.
—Sophia.

—Nuestro matrimonio terminó hace cinco años. Si quieres hablar conmigo, será de negocios.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Te casaste otra vez?
Mi bolígrafo se detuvo.
—Eso tampoco es asunto tuyo.
Entonces comprendí por qué preguntaba.
Alexander.
Ya había hablado.
—Mi hermano te vio ayer en el aeropuerto.
Silencio.
—Dice que estabas con tres niños.
Levanté tranquilamente la taza de café.
—Tengo hijos. Felicidades por resolver el misterio.
—¿Qué edad tienen?
Lo miré.
—Cinco años.
Por primera vez, Ethan perdió completamente la compostura.
Sus dedos se tensaron sobre la mesa.
—¿Quién es el padre?
Sonreí.
—¿Por qué? ¿Clara no te dio suficientes hijos para mantenerte ocupado?
Algo extraño atravesó su mirada.
—Clara y yo nunca nos casamos.
Aquello sí me sorprendió.
—No me interesa.
Me levanté.
—La reunión terminó.
Ethan también se puso de pie.
—Sophia, espera.
Salí sin responder.
Pero cuando las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, vi a Alexander acercarse a su hermano.
Llevaba una carpeta.
Y comprendí inmediatamente lo que contenía.
Ethan abrió el informe en su oficina.
Fotografías del aeropuerto.
Registros de entrada al país.
Fechas.
Tres certificados de nacimiento.
Noah Hayes.
Liam Hayes.
Emma Hayes.
Los tres nacidos siete meses después de nuestro divorcio.
Alexander dejó otra fotografía sobre el escritorio.
Era Liam.
Ethan permaneció mirándola durante mucho tiempo.
—No puede ser.
—Haz las cuentas —respondió Alexander.
—Sophia habría dicho algo.
—¿Estás seguro?
Aquella pregunta lo dejó en silencio.
Entonces recordó.
La mañana del divorcio.
La mesa de mármol.
El acuerdo.
Y un documento blanco junto a la mano de Sophia.
Un informe médico que él ni siquiera se había molestado en leer.
Su rostro perdió el color.
—Había un ultrasonido.
Alexander lo miró fijamente.
Ethan se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
Esa noche estaba cenando con mis hijos cuando alguien llamó a la puerta de la suite.
—Yo abro —dijo Noah.
—No.
Me levanté.
Miré la pantalla de seguridad.
Mi sangre se congeló.
Ethan.
Abrí apenas unos centímetros.
—¿Qué quieres?
Sus ojos estaban rojos.
—Necesito saber la verdad.
—No tenemos nada que hablar.
Sacó una fotografía de Liam.
—¿Son míos?
No respondí.
Ese silencio fue suficiente.
Ethan cerró los ojos.
—Dios mío…
—Baja la voz.
—¡Tuve tres hijos durante cinco años y nunca me lo dijiste!
Mi expresión se endureció.
—Me entregaste cien millones para desaparecer porque Clara había regresado.
—¡No sabía que estabas embarazada!
—El informe estaba delante de ti.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Sobre la mesa. Junto al acuerdo que tenías tanta prisa por hacerme firmar.
El rostro de Ethan se volvió ceniza.
Detrás de mí apareció Liam.
—Mami, ¿quién es?
Ethan lo vio.
Después aparecieron Noah y Emma.
Los tres observaron al desconocido.
Emma inclinó la cabeza.
—Mami, ese señor se parece a Liam.
Nadie habló.
Entonces Ethan se agachó lentamente.
—Yo…
Su voz se quebró.
Pero Noah dio un paso delante de sus hermanos.
—No sabemos quién es usted.
Ethan me miró.
—Sophia, quiero conocerlos.
—Ellos decidirán eso cuando sean capaces de comprenderlo.
—Soy su padre.
—Biológicamente.
La palabra lo golpeó.
Cerré la puerta.
Pero antes de hacerlo, Ethan habló.
—No voy a renunciar a ellos.
Lo miré fijamente.
—Entonces nos veremos con abogados.
Cerré.
A la mañana siguiente, mi abogado llegó antes del desayuno.
Traía una carpeta urgente.
—Sophia, Ethan solicitó formalmente una mediación para establecer la paternidad.
Suspiré.
—Era previsible.
—Eso no es lo preocupante.
Sacó otro documento.
—Anoche alguien pidió acceso a los registros médicos de tu embarazo de hace cinco años.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Ethan?
—No.
Giró el documento hacia mí.
El nombre de la solicitante aparecía en la parte inferior.
Clara Monroe.
Pero había algo todavía peor.
Mi abogado colocó una fotografía sobre la mesa.
Clara salía de una clínica privada acompañada por una mujer mayor.
Reconocí inmediatamente a aquella mujer.
Era la madre de Ethan.
—¿Qué están haciendo juntas?
Mi abogado respiró hondo.
—Creemos que buscan el expediente original de tu embarazo.
—¿Para qué?
Me miró con gravedad.
—Porque alguien modificó ese expediente cinco años atrás, Sophia. Y según el registro del hospital, Ethan nunca recibió el informe donde decía que esperabas trillizos.
Me quedé inmóvil.
Si Ethan jamás había recibido aquel informe, entonces alguien había querido que se divorciara de mí sin conocer la verdad.
Y solo había una persona que había regresado exactamente en ese momento.
Clara.