El automóvil apenas había recorrido dos calles cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Ethan.
Lo silencié.
Volvió a llamar.
Después apareció el nombre de mi madre.
Luego mi hermano.
Finalmente, mi padre.
Alexander miró la pantalla iluminándose una y otra vez sobre el asiento.
—Parece que tu despedida no salió tan tranquila como esperaban.
—Ellos esperaban que regresara.
—¿Y vas a hacerlo?
Miré por la ventana.
—No.
Alexander sonrió ligeramente.
—Entonces tenemos trabajo.
A la mañana siguiente, Maison Laurent anunció oficialmente que yo sería la directora creativa de su nueva división asiática.
Pero el verdadero golpe llegó dos horas después.
La colección que había desarrollado durante mi año en el extranjero, la misma que mi familia pensaba presentar como creación de Lancaster Fashion, pertenecía legalmente a mis registros personales.
Sin mis licencias, no podían fabricar ni una sola pieza.
A las diez, mi hermano apareció en las oficinas de Maison Laurent.
Entró furioso en la sala de reuniones.
—¿Perdiste la cabeza?
Alexander levantó la vista desde su asiento.
—Está hablando con mi directora creativa.
—Esto es un asunto familiar.
—Entonces quizá debieron resolverlo antes de convertir su talento en propiedad familiar.
Mi hermano me lanzó una carpeta.
—Tenemos pedidos por millones. La producción empieza la próxima semana.
—Lo sé.
—Entonces firma.
Empujó un contrato hacia mí.
Lo leí.
Querían que cediera nuevamente mis diseños.
Sin participación.
Sin reconocimiento.
Exactamente como antes.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—No.
—Victoria, la empresa también es tuya.
—Me expulsaste de ella.
Su rostro se endureció.
—Fue temporal.
—Un año no pareció temporal cuando estaba sola a ocho mil kilómetros de casa.
—Stella casi murió.
—Y por eso decidieron que yo debía desaparecer.
No respondió.
Me puse de pie.
—Regresa y dile a papá que la licencia fue vendida. Si Lancaster quiere utilizar mis diseños, tendrá que negociar con Maison Laurent como cualquier otra empresa.
Mi hermano me observó como si fuera una desconocida.
Quizá finalmente lo era.
Antes de salir, se detuvo.
—Ethan canceló la fiesta.
Mis dedos se tensaron.
Pero mi voz permaneció tranquila.
—Ese es problema de Ethan.
Aquella tarde recibí un mensaje de Stella.
“Hermana, ¿podemos hablar?”
No respondí.
Llegó otro.
“No quiero que la familia se destruya por mi culpa.”
Casi reí.
Durante años, aquella frase había sido su escudo.
Stella nunca pedía directamente que me castigaran.
Lloraba.
Temblaba.
Decía que todo era culpa suya.
Y entonces todos corrían a demostrarle que no.
Yo terminaba siendo la culpable.
Esta vez no participé.
Bloqueé el número.
Tres días después presentamos la colección Laurent-Victoria ante compradores internacionales.
Cuando terminó el desfile, Alexander se acercó.
—Mira la primera fila.
Ethan estaba allí.
Solo.
Cuando nuestras miradas se encontraron, se levantó.

Lo encontré después entre bastidores.
—Necesitamos hablar.
—Habla.
—No estoy comprometido con Stella.
—Todavía.
—Nunca lo estaré.
Lo miré sin emoción.
Ethan apretó la mandíbula.
—¿Realmente no te importa?
—Fuiste tú quien permitió que ella ocupara mi lugar.
—Yo nunca acepté.
—Tampoco te negaste.
Aquello lo silenció.
Me acerqué un paso.
—Cuando regresé y encontré a otra mujer usando mi vestido, sosteniendo mi anillo y pidiendo a mi prometido, tú estabas allí.
—Victoria…
—Podías haber dicho una palabra.
Lo miré fijamente.
—No.
Ethan bajó la mirada.
—Pensé que Stella podía hacerse daño otra vez.
—Exactamente.
Por fin lo había dicho.
—Elegiste protegerla.
—Intentaba evitar otra tragedia.
—Y para hacerlo decidiste que yo podía soportar cualquier cosa.
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Cometí un error.
Negué lentamente.
—Cometiste una elección.
Pasé junto a él.
Ethan me sujetó suavemente la muñeca.
Me detuve.
—Todavía te amo.
Retiré mi mano.
—Entonces tendrás que aprender que amar a alguien no te da derecho a pedirle que espere mientras eliges a otra persona.
Me marché.
Dos semanas después, Lancaster Fashion empezó a hundirse.
No porque yo hubiera hecho nada para destruirla.
Simplemente dejaron de tener mis diseños.
Tres grandes compradores cancelaron pedidos.
Una cadena internacional suspendió negociaciones.
Y entonces apareció un problema todavía peor.
La colección que Stella había presentado como propia meses atrás contenía diseños registrados originalmente por mí.
Maison Laurent inició una reclamación formal.
Mi padre me llamó aquella noche.
—Victoria, vuelve a casa.
—No.
—Necesitamos hablar.
—Podemos hacerlo con abogados presentes.
Hubo un largo silencio.
—¿De verdad vas a tratar a tu familia como enemigos?
Cerré los ojos.
—Papá, ustedes me trataron como enemiga mucho antes.
Colgué.
A la mañana siguiente, mi madre apareció personalmente.
Pero no venía sola.
Stella caminaba detrás de ella.
Llevaba los ojos hinchados.
Mi madre tomó mis manos.
—Victoria, por favor. Stella quiere devolverte todo.
Stella colocó una caja sobre la mesa.
Dentro estaban el anillo y el vestido.
—Ethan nunca me quiso —susurró—. Solo se preocupaba por mí porque se sentía culpable.
No dije nada.
—Puedes recuperarlo.
La miré.
—No quiero recuperarlo.
Stella levantó la cabeza sorprendida.
—Pero lo amas.
—Eso ya no importa.
Mi madre intervino.
—Victoria, todos cometimos errores.
—¿Errores?
Saqué mi teléfono.
Había pasado los últimos días revisando documentos de la antigua empresa.
—Entonces explícame esto.
Mostré una transferencia realizada un año atrás.
El día después del incidente del broche.
Stella había recibido una enorme cantidad de dinero desde una cuenta vinculada a uno de nuestros competidores.
Mi madre palideció.
—¿Qué significa eso?
Stella dejó de llorar.
Por primera vez, vi miedo verdadero en sus ojos.
—No sé nada de eso.
—Curioso.
Abrí otro documento.
—Porque el mismo competidor recibió fotografías de mis bocetos privados tres semanas después de que me enviaran al extranjero.
Mi madre soltó lentamente las manos.
—Stella…
—¡No fui yo!
Pero su voz ya no sonaba frágil.
Sonaba desesperada.
La puerta se abrió.
Mi hermano entró acompañado de mi padre y Ethan.
Detrás de ellos apareció Alexander con nuestro equipo jurídico.
Mi padre parecía devastado.
—Encontramos algo más.
Dejó una vieja tableta sobre la mesa.
—La cuenta de Stella todavía estaba sincronizada con el servidor familiar.
Mi hermano activó la pantalla.
Aparecieron mensajes enviados un año atrás.
Stella retrocedió.
Uno estaba fechado horas antes de aquella noche en la terraza.
Mi hermano comenzó a leerlo.
Su rostro perdió todo el color.
—“Esta noche haré que Victoria desaparezca de la empresa.”
Mi madre se cubrió la boca.
Ethan quedó inmóvil.
Entonces apareció el siguiente mensaje.
“Si todos creen que intenté quitarme la vida por culpa de ella, nadie volverá a ponerse de su lado.”
El silencio fue absoluto.
Miré a Stella.
La joven frágil que todos habían protegido durante años ya no lloraba.
Su rostro estaba blanco.
—Eso está fuera de contexto.
Mi hermano pasó al siguiente archivo.
Entonces se quedó paralizado.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi padre.
Él levantó lentamente la mirada.
—Hay un video.
Stella corrió hacia la tableta.
—¡No lo abras!
Demasiado tarde.
Mi hermano pulsó reproducir.
Y en la pantalla apareció la grabación de la noche que había destruido mi vida.
Pero lo que mostraba ocurrió varios minutos antes de que alguien encontrara a Stella herida.
Y cuando escuchamos las primeras palabras que ella pronunciaba frente a la cámara, mi madre cayó de rodillas.