La comisaría estaba demasiado tranquila.
Eso fue lo primero que inquietó a Elena.
Miguel permanecía sentado frente a una mesa mientras uno de los agentes redactaba una supuesta denuncia por resistencia.
—Yo no me resistí —dijo el taxista.
—Entonces firme y podrá marcharse antes.
Elena observó al agente.
—¿Está sugiriendo que firme una declaración que contradice lo ocurrido?
Soria apareció detrás.
—Señora Valdés, todavía no ha entendido dónde está.
—Creo que empiezo a entenderlo bastante bien.
El sargento sonrió.
—Métanla en la sala dos.
Elena permitió que le quitaran el bolso.
Pero antes había conseguido activar discretamente desde su teléfono el protocolo de emergencia de Asuntos Internos.
Una señal silenciosa.
Su identificación.
Su ubicación.
Y una instrucción:
NO INTERVENIR HASTA NUEVO AVISO.
Si Soria simplemente aceptaba sobornos de taxistas, podían detenerlo aquella misma noche.
Pero Elena ya sospechaba que aquello era más grande.
La dejaron sola en una pequeña sala.
Pasaron veinte minutos.
Después treinta.
Elena miró el reloj.
La cena de su hermano ya habría comenzado.
Imaginó a Álvaro mirando una silla vacía.
A su madre intentando ocultar la decepción.
Otra promesa rota.
Entonces escuchó voces al otro lado de la pared.
—Soria, tienes llamada.
Una puerta se cerró.
Después llegó la voz del sargento.
—Sí.
Silencio.
—No. La chica no parece importante.
Elena levantó la cabeza.
—El taxista pagará cuando lo asustemos un poco.
Otra pausa.
Entonces Soria bajó la voz.
—Los doscientos euros me dan igual. Lo importante es que mañana pase el vehículo.
Elena se acercó lentamente a la pared.
—Sí. Mismo procedimiento. Lo paramos, retenemos al conductor y vosotros sacáis el paquete.
Su expresión cambió.
Aquello ya no era extorsión.
—¿Cuánto tiempo necesitan?
Pausa.
—Quince minutos puedo justificar. Veinte empieza a resultar complicado.
Elena contuvo la respiración.
Entonces escuchó una frase todavía peor.
—El inspector Romero ya está avisado. Si alguien pregunta, el coche fue llevado al depósito.
Romero.
Elena conocía ese apellido.
Javier Romero.
Inspector jefe.
Veintisiete años de servicio.
Y, hasta aquella noche, uno de los hombres considerados más fiables de la zona.
Soria continuó:
—Después del traslado del martes cerramos todo.
Silencio.
—No vuelvas a mencionar al magistrado Valdés por teléfono.
Elena dejó de respirar.
Valdés.
Su apellido.
El apellido de su padre.
Se acercó todavía más.
—Eso ocurrió hace siete años —dijo Soria—. El viejo está muerto. Nadie va a abrir aquello otra vez.
La llamada terminó.
Elena permaneció inmóvil.
Su padre había muerto siete años atrás.
Oficialmente, de un accidente mientras investigaba una red de corrupción relacionada con contratos públicos.
La familia siempre creyó que aquella investigación había quedado inconclusa.
Ahora un sargento corrupto acababa de mencionarlo.
La puerta se abrió.
Soria entró.
—¿Cómoda?
Elena volvió a sentarse.
—He estado en lugares peores.
—¿Profesión?
—Funcionaria.
Él soltó una carcajada.
—Eso explica la actitud.
Dejó unos documentos sobre la mesa.
—Firme.
—¿Qué es?
—Reconoce que interfirió en una actuación policial.
Elena leyó.
También decía que Miguel había intentado agredir al sargento.
—No firmaré.
Soria apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Escúcheme bien. Su amigo taxista tiene dos hijos. Si cooperan, esta noche duerme en casa. Si siguen jugando, puedo conseguir que mañana no tenga licencia.
Elena levantó la mirada.
—¿Y si alguien investiga lo que hace aquí?
Soria sonrió.
—¿Quién?
Se inclinó hacia ella.
—¿Asuntos Internos?
El corazón de Elena dio un golpe.
Soria se incorporó.
—Conozco gente allí también.
Salió.
Elena esperó hasta escuchar cerrarse la puerta.
Después miró directamente hacia la pequeña cámara de seguridad instalada en la esquina.
Si su protocolo seguía activo, el equipo ya estaba trabajando.
Pero ahora había un problema.
No sabía hasta dónde llegaba la red.
Cinco minutos después se escucharon gritos.
—¡Quiero ver a mi hermana!
Elena cerró los ojos.
Álvaro.
Perfecto.
La puerta se abrió violentamente.
Su hermano apareció con traje oscuro y la corbata torcida.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?
—Feliz boda.
—La boda es mañana.
—Entonces todavía llego.
Álvaro la miró incrédulo.
Después vio a Soria.
—¿Por qué está detenida?
—Interferencia policial.
—Mi hermana trabaja en…
—Álvaro.
El tono de Elena lo detuvo.

No reveles nada.
Su hermano la conocía suficientemente bien para entenderlo.
—Quiero un abogado —dijo él.
Soria sonrió.
—Puede conseguir diez si quiere.
Entonces sonó el teléfono del sargento.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Disculpen.
Salió.
Elena se acercó a Álvaro.
—Escúchame. Vete.
—Ni hablar.
—Ve a la boda.
—Elena…
—Encontré algo relacionado con papá.
Álvaro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Todavía no lo sé.
Antes de poder explicar más, se apagaron las luces.
Un segundo después regresaron.
Soria apareció en la puerta acompañado por el inspector Romero.
—Señora Valdés —dijo Romero—, puede marcharse.
Elena lo observó.
—¿Y Miguel?
—También.
Demasiado fácil.
—¿Por qué?
Romero sonrió.
—Ha sido un malentendido.
Miguel recuperó las llaves.
Álvaro insistió en llevarlos.
Pero Elena se negó.
—Tengo que terminar el trayecto.
Subió nuevamente al taxi.
Miguel la miró por el retrovisor.
—Señora, después de esto yo me iría a casa.
—Yo también.
—¿Entonces?
Elena observó la comisaría alejándose.
—Necesito saber qué lleva realmente este coche.
Miguel frenó.
—¿Qué?
—Soria dijo que mañana iban a detenerlo otra vez para sacar un paquete.
El rostro del taxista se volvió blanco.
—Pero yo no llevo nada.
Elena revisó el interior.
Nada.
Abrió el maletero.
Maletas.
Herramientas.
Entonces vio algo.
El revestimiento lateral estaba ligeramente levantado.
Lo retiró.
Detrás había un compartimento.
Miguel juró que jamás lo había visto.
Dentro encontraron una caja metálica.
Elena la abrió.
Había dinero.
Documentos.
Fotografías.
Y un viejo teléfono.
Pero fue la carpeta inferior la que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
En la portada podía leerse:
OPERACIÓN VALDÉS.
La abrió.
La primera fotografía mostraba a su padre.
La segunda, al inspector Romero.
La tercera había sido tomada el día anterior a la muerte del magistrado.
Y junto a ellos aparecía alguien que Elena reconoció inmediatamente.
—No puede ser.
Miguel miró la fotografía.
—¿Quién es?
Elena no respondió.
Su teléfono personal comenzó a sonar.
Era Álvaro.
Contestó.
—¿Qué pasa?
Su hermano no dijo nada durante varios segundos.
Después susurró:
—Elena, mamá acaba de contarme la verdad sobre papá.
Elena apretó la fotografía.
—¿Qué verdad?
Álvaro respiró con dificultad.
—Papá no murió investigando a esa red. Papá formaba parte de ella.