A la mañana siguiente, el anuncio apareció publicado a las nueve.
A las once ya había tres interesados.
A las dos de la tarde, uno de ellos pidió visitar el apartamento.
Mi exsuegra me llamó quince veces.
No contesté hasta la decimosexta.
—¿Qué estás haciendo? —gritó apenas respondí—. ¡Hay un hombre aquí diciendo que viene a ver mi casa!
—No es tu casa.
Silencio.
—¿Cómo te atreves?
—La escritura está a mi nombre.
—¡Roberto me la compró!
—No.
Miré el estado de cuenta.
—La compré yo. Con mi crédito. Con mis ahorros. Y llevo pagando cada mensualidad desde entonces.
—Pero soy la madre de tu esposo.
—Exesposo.
Aquella palabra pareció herirla más que cualquier otra.
—¿Y dónde voy a vivir?
—Pregúntaselo a Roberto.
—¡Él está de viaje!
—Precisamente.
Colgué.
Cinco minutos después llamó Roberto.
Contesté.
Su voz llegó acompañada por ruido de mar y música.
—Elena, cancela la venta.
—No.
—Mamá está histérica.
—Ese ya no es mi problema.
—Es una mujer mayor.
—Y tiene dos hijos adultos.
—No puedes dejarla en la calle.
—Tú tampoco.
Silencio.
—Regresa de Sanya y resuélvelo.
Roberto bajó la voz.
—Natalia y yo estamos aquí por unos días. Ya estaba pagado.
Casi me reí.
—Entonces disfrútalo.
—Elena.
—¿Sí?
—Estás actuando por despecho.
—No.
Miré el certificado de divorcio.
—Estoy aplicando exactamente lo que tú querías.
—¿Qué cosa?
—Separar nuestras vidas.
Colgué.
El comprador hizo una oferta esa misma tarde.
Era menor que el valor máximo de mercado, pero suficiente para liquidar el préstamo, recuperar gran parte de lo invertido y cerrar aquella etapa sin meses de discusiones.
Acepté.
Cuando Roberto descubrió que ya existía una oferta formal, entró en pánico.
Esta vez llamó por videollamada.
Contesté.
Estaba en la habitación del hotel.
Natalia apareció reflejada en un espejo detrás de él, envuelta en una bata blanca.
Roberto ni siquiera se dio cuenta.
—No puedes venderla sin consultarme.
—Sí puedo.
—¡Esa casa es parte de nuestra familia!
—No aparece en el acuerdo como propiedad tuya.
—Porque confié en ti.
Aquello me dejó en silencio dos segundos.
Después pregunté:
—¿Tú confiaste en mí?
Roberto cerró la boca.
—No cambies el tema.
—Durante un año mantuviste una relación con Natalia mientras yo pagaba la hipoteca de tu madre y sostenía a tu hermano.
Miré directamente a la cámara.
—No vuelvas a utilizar la palabra confianza conmigo.
Natalia apareció entonces detrás de él.
—Roberto, ¿vas a tardar mucho? Tenemos reservación.
Él apagó la cámara inmediatamente.
Yo me quedé mirando la pantalla negra.
Y sentí algo inesperado.
Nada.
Ni rabia.
Ni tristeza.
Solo alivio.
Javier llegó a mi casa dos días después.
—Necesito hablar contigo.
—No.
—Solo diez minutos.
Lucía estaba en su habitación.
Le permití entrar.
Javier parecía más nervioso que molesto.
—Mi hermano no puede pagarme ahora.
—Entonces consigue trabajo.
—No es tan fácil.
—Llevas nueve años diciendo lo mismo.
—Estoy desarrollando un negocio.
—¿Con qué dinero?
No respondió.
—Se acabaron los seis mil.
—Pero yo contaba con ellos.
—Ese fue el error.
Se pasó las manos por el cabello.
—¿Y si te los devuelvo cuando el proyecto funcione?
—No quiero que me devuelvas nada.
Su rostro se iluminó.
—Entonces…
—Quiero que dejes de pedirme.
La esperanza desapareció.
—Has cambiado mucho.
—Sí.
Sonreí ligeramente.
—Ese es el objetivo.
Roberto regresó de Sanya tres días antes de firmarse la venta.
Fue directamente al apartamento de su madre.
Después apareció en mi casa.
No traía flores.
No pidió perdón.
Traía documentos.
—Suspende la venta.
—No.
—Puedo asumir la hipoteca.
—Perfecto.
—Entonces transfiereme la propiedad.
—¿Puedes pagarme lo que he invertido?
Se quedó callado.
—¿Puedes liquidar el préstamo?
Nada.

—¿Puedes demostrar ingresos suficientes para que el banco te acepte como deudor?
Su expresión se volvió oscura.
—Sabes que mi dinero está comprometido.
—¿En qué?
No respondió.
—¿En Natalia?
—No metas a Natalia.
—Yo no la metí en nuestro matrimonio.
Roberto golpeó los documentos contra la mesa.
—¡Es mi madre!
—Entonces compórtate como su hijo.
Mi voz salió tranquila.
—Yo lo hice durante quince años.
Él me miró como si acabara de conocerme.
Quizá era cierto.
Durante mucho tiempo confundió mi paciencia con una obligación permanente.
—Si vendes esa casa —dijo—, no habrá vuelta atrás.
—Roberto.
Le mostré el certificado rojo.
—La vuelta atrás desapareció el día que firmaste esto.
La operación se cerró una semana después.
Mi exsuegra tuvo que mudarse temporalmente con Javier.
Roberto prometió buscarle otra vivienda.
Por primera vez, los gastos familiares saldrían de su bolsillo.
Y entonces comenzaron los verdaderos problemas.
Dos semanas después recibí una llamada de mi abogado.
—Elena, encontramos algo al revisar las cuentas del divorcio.
—¿Qué?
—Una de las transferencias relacionadas con los viajes del señor Vargas no coincide con los gastos declarados.
—¿Cuánto?
—Cuatrocientos ochenta mil yuanes.
Me senté.
—¿A Natalia?
—No directamente.
Abrió un expediente frente a mí cuando llegué a su oficina.
La transferencia había ido a una empresa llamada NS Consulting.
—¿Quién es el propietario?
—Natalia Song.
No me sorprendió.
Pero mi abogado continuó.
—Hay algo más.
Sacó varias hojas.
—La empresa recibió pagos regulares desde hace tres años.
—¿Tres?
—Sí.
La relación que yo conocía llevaba aproximadamente uno.
—¿Por qué?
—Concepto: consultoría comercial.
—¿Existían servicios reales?
—Eso estamos verificando.
Entonces señaló otra columna.
—Pero parte del dinero no salió de las cuentas personales de Roberto.
Sentí un frío familiar.
—¿De dónde salió?
Mi abogado levantó la vista.
—De una cuenta que usted alimentaba.
—¿Cuál?
—La destinada a la educación de Lucía.
Durante unos segundos no pude entender las palabras.
Después recordé.
La cuenta donde había intentado reconstruir aquellos ciento veinte mil que usé años atrás para salvar a mi suegro.
—Eso es imposible. Roberto no tenía autorización.
—Ahora no.
—¿Ahora?
—Hace seis años sí.
Habíamos creado una autorización temporal cuando yo estuve hospitalizada.
Nunca recordé revocarla.
—¿Cuánto tomó?
Mi abogado deslizó la hoja.
La cifra me dejó inmóvil.
Roberto no solo había permitido que yo mantuviera a su madre.
No solo había dejado que financiara a Javier.
También había estado retirando dinero del futuro de nuestra hija mientras me decía que él trabajaba demasiado para rendirme cuentas.
—Quiero recuperar cada yuan demostrable —dije.
—Podría implicar nuevas acciones legales.
—Hágalas.
Esa noche Roberto llamó.
No contesté.
Luego llegó un mensaje.
“¿Por qué estás investigando cuentas antiguas?”
Sonreí.
Ya lo sabía.
Respondí:
“Porque encontré el dinero de Lucía.”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente escribió:
“Puedo explicarlo.”
Miré a mi hija dormida en el sofá con un libro abierto sobre el pecho.
Contesté:
“No hace falta.”
Después llegó otro mensaje.
“Si haces esto público, vas a destruirme.”
Lo leí dos veces.
Y entendí finalmente la diferencia entre la Elena de antes y la de ahora.
La mujer que fui habría pensado en su reputación.
En su madre.
En Javier.
En Natalia.
En la empresa.
En todos menos en sí misma.
La mujer que era ahora llamó a su abogado.
—Proceda.
Roberto había publicado desde Sanya que por fin vivía “sin cargas”.
Tenía razón.
Solo que la carga había sido yo quien finalmente decidió soltar.