PARTE 2: LA BODA QUE NUNCA EXISTIÓ

Miré a Isabella.

Después a Adrian.

—¿Qué significa eso?

Mi hermana cruzó los brazos.

—Exactamente lo que escuchaste.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Evelyn, no aquí.

Solté una risa seca.

—Hace tres años te casaste con mi hermana delante de cientos de personas. Creo que ya superamos la etapa de hablar en privado.

Las cámaras seguían disparando flashes.

Adrian hizo una señal.

Los escoltas bloquearon inmediatamente a los periodistas.

—Al cementerio —dije—. Vine por papá.

—Te llevaré.

—Tengo automóvil.

—Evelyn…

Lo miré.

—No conviertas mi regreso en otra decisión que puedas tomar por mí.

Adrian quedó inmóvil.

Subí al vehículo que había reservado.

Pero Isabella abrió la puerta del copiloto.

—Voy contigo.

—No.

—Entonces seguirás creyendo una mentira.

Aquella frase consiguió detenerme.


Durante el trayecto, Isabella permaneció en silencio hasta que salimos del aeropuerto.

—Adrian y yo estamos divorciados.

La miré.

—Felicitaciones.

—El matrimonio terminó hace casi tres años.

Eso sí me sorprendió.

—¿Cuánto duró?

—Cuarenta y siete días.

Mis dedos se cerraron alrededor del bolso.

—¿Y por qué?

Isabella miró por la ventana.

—Porque nunca me amó.

Sentí una amarga satisfacción que desapareció inmediatamente.

—Eso fue asunto de ustedes.

—No. Siempre fue asunto tuyo.

Giré hacia ella.

—Ten cuidado.

—Adrian se casó conmigo por un acuerdo con papá.

El mundo pareció quedarse quieto.

—Papá murió antes de la boda.

—Precisamente.

Isabella sacó un sobre de su bolso.

Dentro había una copia de una carta escrita con la letra de mi padre.

Reconocí inmediatamente su firma.

“No permitas que Evelyn se case con Adrian Keller.”

Levanté la mirada.

—¿Qué es esto?

—Una de las últimas instrucciones que papá dejó.

Seguí leyendo.

Había referencias a acciones, deudas, Keller Industries y una condición relacionada conmigo.

—No entiendo.

—Papá descubrió algo antes de morir.

—¿Qué?

Isabella negó con la cabeza.

—Eso debe explicártelo Adrian.

Rompí a reír.

—Claro. Todo debe explicármelo Adrian. Igual que durante ocho años debía aceptar que “nosotros no podemos” sin saber por qué.

—Evelyn…

—¿Sabías que lo amaba?

Isabella cerró los ojos.

—Sí.

—Y aun así aceptaste casarte con él.

—Sí.

Aquella respuesta dolió más que cualquier excusa.

—Entonces no necesito escuchar nada más.


En el cementerio había una persona esperándonos.

Adrian.

No pregunté cómo había llegado antes.

Caminé directamente hacia la tumba de mi padre.

Tres años.

Tres años sin venir.

Me arrodillé frente a la lápida.

—Lo siento, papá.

Adrian permaneció lejos.

Por una vez tuvo la inteligencia de no acercarse.

Cuando terminé los trámites con el administrador, me volví hacia él.

—Habla.

Isabella se retiró unos metros.

Adrian parecía un hombre enfrentándose a una sentencia.

—Tu padre sabía que me amabas.

—Todo el mundo lo sabía.

—También sabía que yo te amaba.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—No.

—Evelyn…

—No te atrevas.

—Es verdad.

Me rechazaste durante ocho años.

—Porque se lo prometí a tu hermano.

Me quedé inmóvil.

Mi hermano.

Daniel había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Adrian había estado con él aquella noche.

—¿Qué prometiste?

Adrian bajó la mirada.

—Que jamás estaría contigo.

—¿Por qué Daniel te pediría eso?

Silencio.

—Adrian.

—Porque su muerte no fue un accidente.

Sentí que el aire desaparecía.

Oficialmente, Daniel había muerto cuando su automóvil cayó por un barranco durante una tormenta.

—¿Qué estás diciendo?

—Daniel había descubierto movimientos ilegales dentro de Keller Industries. Creía que alguien estaba utilizando empresas vinculadas a tu familia para lavar dinero.

—Eso es absurdo.

—Intentó entregarme pruebas aquella noche.

Mi voz apenas salió.

—¿Estabas con él?

—Sí.

—Siempre dijiste que llegaste después.

Adrian cerró los ojos.

—Mentí.

Retrocedí.

—¿Qué ocurrió?

—Nos siguieron.

—¿Quiénes?

—No lo sabíamos entonces.

—¿Y ahora?

Adrian me miró.

—Sí.

Antes de que pudiera preguntar, Isabella se acercó.

—Díselo todo.

Adrian apretó la mandíbula.

—Tu hermano sabía que tú estabas enamorándote de mí. Antes de morir me hizo prometer que te mantendría lejos de los Keller.

Recordé todos aquellos rechazos.

“No podemos.”

“Basta.”

“Jamás podríamos estar juntos.”

—¿Y casarte con Isabella también era parte de protegerme?

—Tu padre me obligó.

Isabella intervino.

—Cuando papá enfermó descubrió que alguien seguía vigilando a Evelyn.

Sentí frío.

—¿Vigilándome?

—Tus viajes. Tus cuentas. Incluso las personas con las que salías.

Miré a Adrian.

—Entonces ¿por qué la boda?

—Porque necesitábamos convencerlos de que tú no significabas nada para mí.

Mi garganta se cerró.

—Me humillaste públicamente para protegerme.

—Sí.

Le di una bofetada.

El sonido resonó entre las lápidas.

Adrian no se movió.

—Eso es lo que debí hacer hace tres años.

—Lo sé.

—¿Y los noventa y tres mensajes?

Por primera vez perdió el control.

—Porque cuando te vi salir de la recepción comprendí que ya no podía hacerlo.

Su voz se quebró.

—Iba a contártelo todo.

—Pero me fui.

—Sí.

—¿Y después?

Isabella respondió:

—Adrian pidió el divorcio esa misma noche.

La miré.

—Dijiste cuarenta y siete días.

—Legalmente. En realidad, nunca vivimos juntos.

El viento movió las flores de la tumba.

Todo aquello era demasiado.

—Necesito irme.

Adrian me agarró suavemente del brazo.

Me aparté.

—No vuelvas a tocarme sin permiso.

Me soltó inmediatamente.

—Evelyn, hay una razón por la que estaba esperando en el aeropuerto.

—Querías verme.

—No.

Su respuesta me desconcertó.

Adrian miró alrededor del cementerio.

—Sabíamos exactamente qué vuelo tomarías.

—¿Cómo?

—Porque alguien más también lo sabía.

Isabella palideció.

Adrian sacó su teléfono.

En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.

Yo saliendo del avión.

Pero no provenía de ningún periodista.

Estaba hecha desde lejos.

Debajo había un mensaje:

“LA HIJA MENOR VOLVIÓ. TERMINEMOS LO QUE DANIEL INTERRUMPIÓ.”

Se me heló la sangre.

—¿Quién te envió esto?

—El mismo número que me mandó una fotografía de Daniel la noche que murió.

No pude respirar.

Entonces Adrian deslizó el dedo hacia la segunda imagen.

Era una fotografía reciente.

Tomada en Londres.

Yo salía de mi oficina.

Fecha: hacía seis días.

—Me encontraron hace meses —dijo Adrian—. Por eso preparé seguridad para tu regreso.

Miré instintivamente alrededor.

Y entonces escuchamos un motor.

Un automóvil negro se había detenido al otro lado de las rejas del cementerio.

Adrian cambió de expresión.

—Isabella, llévatela.

—¿Qué ocurre?

La puerta del vehículo se abrió.

Un hombre mayor descendió lentamente.

Lo reconocí.

Y sentí que las piernas dejaban de responderme.

Porque había visto aquel rostro durante toda mi infancia.

En fotografías familiares.

En cenas.

En Navidad.

En el funeral de Daniel.

Adrian se colocó delante de mí.

—Evelyn, no te acerques.

El hombre sonrió desde el otro lado de las rejas.

Y levantó una carpeta que llevaba mi nombre.

—Ya es hora de que la pequeña Evelyn descubra por qué murió realmente su hermano.

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