Me quedé mirando la puerta que Damian acababa de cerrar.
Después lo miré a él.
Luego volví a mirar la puerta.
—Ábrela.
Damian cruzó los brazos.
—¿Para que escapes de tu propio dormitorio?
—Para escapar de un hombre al que conocí esta tarde en un gimnasio.
—Soy tu esposo.
—Eso empeora muchísimo la situación.
Por primera vez, Damian soltó una carcajada.
Aquello me irritó todavía más.
—No tiene ninguna gracia.
—Desde mi perspectiva, bastante.
Señalé su ropa.
—Vístete.
—Esta también es mi habitación.
—Durante tres años no lo fue.
Su expresión cambió.
La sonrisa desapareció.
Damian tomó la ropa que había dejado preparada y regresó al baño. Minutos después salió vestido con pantalones oscuros y una camisa.
Mucho mejor.
Aunque seguía existiendo un problema.
Mi esposo había regresado después de tres años como si hubiera salido esa misma mañana a comprar café.
—Explícate —exigí.
Damian se sentó frente a mí.
—El acuerdo terminaba hoy.
Parpadeé.
—¿Qué acuerdo?
—Los tres años.
—¿Me estás diciendo que realmente obedeciste aquella absurda recomendación?
—Mi abuelo estaba gravemente enfermo cuando nos casamos. Para él esas tradiciones eran importantes. Le prometí respetarlas.
—¿Y también prometiste ignorar a tu esposa durante tres años?
Damian guardó silencio.
—Eso fue decisión mía.
Aquella respuesta me dolió más de lo esperado.
—Perfecto.
Me levanté.
—Entonces ya hemos terminado de hablar.
—Siéntate, Sophia.
Me detuve.
—¿Sophia?
Él frunció ligeramente el ceño.
—Ese es tu nombre.
—Después de tres años me sorprende que lo recuerdes.
Intenté marcharme.
—Sé bastante sobre ti.
Giré lentamente.
—¿Perdón?
Damian comenzó a enumerar con los dedos.
—Abriste una cafetería hace dos años. Después invertiste en una galería. Tomaste clases de pintura durante seis meses y abandonaste porque discutiste con el profesor. Aprendiste conducción deportiva. Te certificaste en buceo. Y compraste un Ferrari rojo porque dijiste que el negro era demasiado aburrido.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Me vigilabas?
—Me informaban.
—Eso se llama vigilar.
—Quería saber que estabas bien.
Me reí sin humor.
—Podrías haber llamado.
Aquello lo dejó sin respuesta.
Por primera vez, Damian Cross parecía no tener preparada una solución.
—Tienes razón —dijo finalmente.
No esperaba escucharlo.
—¿Qué?
—Dije que tienes razón.
—Repítelo. Quiero grabarlo.
Casi sonrió.
No se lo permití.
—¿Por qué regresaste realmente?
—Porque los tres años terminaron.
—Eso explica cuándo. No explica por qué.
Damian se levantó.
—Porque quiero intentar tener un matrimonio verdadero.
Lo miré incrédula.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Damian, somos prácticamente desconocidos.
—Esta tarde intentaste conseguir el número de un desconocido.

Sentí que mis mejillas ardían.
—¡No vuelvas a mencionar eso!
—Me parece información relevante.
—Tú me diste el número.
—Quería descubrir hasta dónde llegarías.
—Pues descubriste que sé iniciar conversaciones.
—Y que anuncias públicamente mi fallecimiento.
Me tapé el rostro durante un segundo.
—Voy a mudarme.
—Esta casa también es tuya.
—Entonces múdate tú.
—Acabo de regresar.
Nos quedamos mirándonos.
Era absurdo.
Llevábamos casados tres años y aquella era probablemente nuestra primera discusión matrimonial auténtica.
Entonces mi teléfono vibró sobre la mesa.
Damian miró la pantalla.
Yo también.
Era Chloe.
El mensaje apareció completo.
“¿EL HOMBRE DEL GIMNASIO YA TE RESPONDIÓ? POR FAVOR DIME QUE SÍ.”
Cerré los ojos.
Damian tomó mi teléfono.
—Devuélvemelo.
—¿Chloe es la amiga que te animó a acercarte?
—No involucres a una inocente.
Otra notificación apareció.
“Si su esposa no lo aprecia, es problema de ella.”
Damian levantó lentamente una ceja.
—Interesante amiga.
Le arrebaté el teléfono.
—No sabía que la esposa era yo.
—Eso parece ser un problema recurrente.
Antes de poder responder, sonó el timbre de la entrada.
Uno de los empleados llamó discretamente a la puerta.
—Señora Cross, ha llegado el señor Harrison.
Damian cambió de expresión inmediatamente.
—Que suba.
—¿Quién es Harrison?
—Mi abogado.
—¿Trajiste un abogado la primera noche de tu regreso?
—Necesitamos revisar algunas cosas.
Aquello no sonaba bien.
Cinco minutos después, un hombre de unos cincuenta años entró llevando un maletín.
Me saludó respetuosamente.
—Señora Cross.
Sacó varios documentos.
—El señor Cross me pidió preparar esto.
Miré a Damian.
—¿El divorcio?
—No.
Harrison colocó el primer documento frente a mí.
Era una relación de propiedades.
La mansión.
Dos apartamentos.
Acciones.
Fondos.
Varias cuentas.
Y una cifra final que tuve que leer tres veces.
—¿Qué significa esto?
—Una modificación del acuerdo matrimonial —explicó Harrison—. El señor Cross desea transferirle directamente una parte considerable de sus activos.
Levanté la vista.
—¿Por qué?
Damian respondió sin vacilar.
—Porque si vamos a continuar casados, no quiero que pienses que tu única seguridad es una tarjeta que puedo cancelar.
Me quedé callada.
Eso era inesperado.
—No necesito tu dinero.
—Lo sé.
—Entonces no firmaré.
—También lo esperaba.
Harrison pareció contener una sonrisa.
Damian señaló otra carpeta.
—Por eso existe una segunda opción.
La abrí.
Esta vez no eran transferencias.
Era documentación relacionada con mis negocios.
Mi cafetería.
Mi galería.
Las inversiones que había realizado durante aquellos tres años.
Todo estaba perfectamente organizado.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Pasé las páginas rápidamente.
Entonces comprendí.
Los negocios estaban registrados únicamente a mi nombre.
Damian nunca había reclamado participación alguna.
Ni siquiera en las inversiones financiadas inicialmente con su tarjeta.
—Legalmente son tuyos —dijo—. Siempre lo fueron.
Lo miré.
Durante tres años había pensado que él simplemente no prestaba atención.
Quizá estaba equivocada.
—¿Por qué hiciste todo esto?
Harrison cerró su maletín.
—Creo que esa conversación deben tenerla ustedes solos.
Se marchó.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Damian caminó hasta la ventana.
—Cuando nos casamos, pensé que nuestro matrimonio sería únicamente un acuerdo entre familias.
—Lo fue.
—Sí.
Se giró hacia mí.
—Hasta que empecé a recibir informes sobre ti.
—Eso sigue sonando aterrador.
—Al principio solo verificaba que estuvieras segura. Después empecé a esperar esos informes.
Mi expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque mientras yo trabajaba, tú estabas construyendo una vida sin mí.
No había arrogancia en su voz.
Solo una extraña sinceridad.
—Y descubrí algo desagradable.
—¿Qué?
Damian sostuvo mi mirada.
—Que mi esposa parecía mucho más feliz cuando yo no estaba.
No supe qué responder.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Miró el nombre.
Su rostro se endureció.
Contestó.
—Habla.
Escuchó durante unos segundos.
—¿Cuándo?
Otra pausa.
—No hagas nada hasta que llegue.
Colgó.
—¿Qué ocurre?
Damian tomó su chaqueta.
—Tengo que salir.
Solté una risa incrédula.
—Claro.
—Sophia.
—Regresas después de tres años, dices que quieres arreglar nuestro matrimonio y diez minutos después vuelves a marcharte.
—No es eso.
—Entonces explícame qué pasa.
Damian dudó.
Y esa duda me alarmó.
Finalmente sacó del bolsillo una fotografía doblada.
La dejó sobre la mesa.
Era una fotografía mía.
Había sido tomada esa misma tarde, cuando salía del gimnasio.
Al dorso había una frase escrita.
“TU ESPOSA NO ESTUVO SOLA ESTOS TRES AÑOS.”
Sentí un escalofrío.
—¿Quién te envió esto?
—No lo sé.
—¿Desde cuándo recibes cosas así?
Damian permaneció en silencio.
—¿Damian?
Su mandíbula se tensó.
—Desde antes de nuestra boda.
Lo miré sin comprender.
Entonces añadió:
—Y ahora entiendes por qué realmente me mantuve lejos.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—Dijiste que fue por tu abuelo.
—Solo era parte de la verdad.
Se acercó a la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Durante tres años alguien ha intentado convencerme de que tú eres peligrosa para mí.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Quién?
Damian abrió la puerta.
—Eso es exactamente lo que pienso descubrir esta noche.
En ese instante mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Damian y yo discutiendo dentro del dormitorio hacía menos de diez minutos.
Debajo había una frase.
“TRES AÑOS SEPARADOS NO FUERON SUFICIENTES. ESTA VEZ UNO DE LOS DOS TENDRÁ QUE IRSE PARA SIEMPRE.”