PARTE 2: La firma escondida detrás del mármol.

La lluvia golpeaba los cristales con una constancia casi hipnótica mientras yo seguía sosteniendo aquella carpeta beige entre las manos. Durante varios minutos fui incapaz de abrir la siguiente página. No era miedo al documento. Era miedo a descubrir que toda mi vida había ignorado una verdad enorme.

Respiré despacio.

—Vamos, Mercedes… ya sobreviviste a cosas peores —me dije en voz baja.

Aflojé por completo la cinta verde y continué leyendo.

El contrato llevaba una fecha de hacía diecisiete años.

Mi esposo, Ricardo Villalobos, aparecía como comprador de un terreno de más de cuatro mil metros cuadrados en Bosques de las Lomas.

Sentí un escalofrío.

Bosques de las Lomas.

El mismo fraccionamiento donde vivían Andrés y Camila.

Volví a revisar la dirección.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Era exactamente la misma calle.

No el mismo número.

Pero apenas tres casas de diferencia.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa todo esto…?

Seguí pasando hojas.

Había planos originales del terreno, permisos de construcción y varios comprobantes bancarios con cantidades que jamás imaginé que Ricardo hubiera manejado.

Nosotros siempre habíamos vivido con sencillez.

Él trabajaba como contador.

Yo vendía comida.

Nunca viajamos al extranjero.

Nunca compramos autos de lujo.

Jamás entendí por qué insistía tanto en ahorrar.

Ahora aquellas cifras parecían pertenecer a otra familia.

Entonces apareció una nota escrita completamente a mano.

Reconocí la letra de inmediato.

Era la de Ricardo.

“Mercedes nunca debe preocuparse por su futuro. Si algún día Andrés olvida de dónde viene, este patrimonio servirá para recordarle quién hizo posible su vida.”

Sentí que las lágrimas comenzaron a nublarme los ojos.

Mi esposo había escrito aquello cuatro años antes de morir.

Nunca me habló de esa propiedad.

Nunca.

¿Por qué?

Debajo de la nota había otro sobre pequeño.

Dentro encontré varias fotografías antiguas.

Ricardo aparecía supervisando la construcción de una enorme residencia.

Al fondo podía verse una fuente circular.

Me quedé inmóvil.

Esa fuente.

La conocía perfectamente.

Era la misma que había visto unas semanas antes cuando Camila me dejó parada frente al portón.

La misma.

Sin posibilidad de equivocarme.

El corazón comenzó a golpearme el pecho.

—No puede ser…

Tomé otra fotografía.

En ella aparecía Andrés.

Mucho más joven.

Sonriendo junto a su padre mientras ambos sostenían los planos de la casa.

Mi hijo siempre había sabido de aquella construcción.

Siempre.

La siguiente imagen terminó de romper cualquier duda.

Los tres estábamos allí.

Yo también.

Solo que no lo recordaba.

La fotografía había sido tomada durante una comida familiar organizada en el terreno antes de comenzar la obra.

Yo aparecía sirviendo café a los albañiles mientras Ricardo reía.

Habían pasado tantos años que aquella escena se había borrado de mi memoria.

Pero allí estaba.

Innegable.

Apoyé las fotografías sobre la cama.

Algo seguía sin encajar.

Si Ricardo había comprado aquella propiedad…

¿Por qué ahora parecía pertenecer únicamente a Andrés?

Busqué más documentos.

Entonces encontré una carpeta notarial distinta.

En la portada podía leerse:

“Transferencia patrimonial condicionada.”

No entendí el término.

Las primeras páginas hablaban de un fideicomiso.

Había demasiados conceptos legales.

Demasiadas cláusulas.

Leí lentamente.

Una.

Luego otra.

Hasta que una frase apareció resaltada con marcador amarillo.

“La propiedad no podrá ser transferida definitivamente al beneficiario mientras la señora Mercedes Villalobos permanezca con vida, salvo autorización expresa de la misma.”

Me quedé completamente inmóvil.

Sentí cómo me faltaba el aire.

Volví a leerla.

Después una tercera vez.

No había error.

Mientras yo viviera, nadie podía convertirse legalmente en dueño absoluto de aquella residencia sin mi consentimiento.

Entonces…

¿Cómo era posible que Camila actuara como propietaria?

¿Cómo era posible que me hubiera dicho que aquella casa no era un hospital?

Una idea incómoda comenzó a abrirse paso.

Tal vez ni siquiera conocían todas las condiciones.

O quizá…

Las conocían demasiado bien.

Mi teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Estuve a punto de ignorarlo.

Contesté.

—¿Señora Mercedes Villalobos?

—Sí.

—Le habla Ernesto Salgado, de la Notaría Cuarenta y Ocho.

Sentí un vuelco.

—Encontramos que hace varios meses intentamos localizarla sin éxito.

Fruncí el ceño.

—¿Localizarme para qué?

Hubo un breve silencio.

—Necesitamos confirmar si usted autorizó algún trámite relacionado con una propiedad ubicada en Bosques de las Lomas.

El mundo pareció detenerse.

—No.

La respuesta salió inmediata.

—Jamás.

Escuché cómo el hombre respiraba profundamente.

—Entonces necesito pedirle que venga personalmente.

—¿Ocurrió algo?

El notario dudó unos segundos.

—Preferiría explicárselo frente a frente.

Mi estómago se cerró.

—¿Es grave?

—Digamos que… existen documentos cuya autenticidad necesitamos verificar.

Colgué sin decir otra palabra.

Durante varios minutos permanecí inmóvil mirando la carpeta.

Documentos cuya autenticidad necesitaban verificar.

La frase no dejaba de repetirse en mi cabeza.

A la mañana siguiente tomé dos autobuses para llegar a la notaría.

El edificio era antiguo.

Elegante.

El licenciado Salgado me recibió con una expresión seria.

No perdió tiempo.

Sacó una carpeta azul mucho más reciente.

—¿Reconoce esta firma?

Empujó una hoja hacia mí.

La observé apenas un segundo.

Era mi nombre.

Mercedes Villalobos.

Pero aquella firma…

No era mía.

Se parecía.

Muchísimo.

Pero no era la mía.

Levanté la mirada lentamente.

—Esta firma es falsa.

El notario asintió con gravedad.

—Eso mismo sospechábamos.

Abrió otra página.

—Hace cinco meses alguien presentó este documento autorizando la cesión total de los derechos sobre la propiedad.

Sentí un nudo en la garganta.

Cinco meses.

Justo antes de mi diagnóstico.

Justo antes de que Andrés comenzara a insistir en “ordenar papeles por prevención”.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Quién entregó esto?

El hombre respiró hondo.

—La solicitud fue presentada por un representante legal.

—¿De quién?

No respondió enseguida.

Se levantó.

Fue hasta un archivador metálico.

Extrajo otro expediente.

Lo abrió frente a mí.

En la última hoja apareció el poder notarial.

Debajo había una fotografía tamaño credencial del solicitante.

Cuando vi aquel rostro, sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

No era Camila.

Tampoco era Andrés.

Era alguien que llevaba años fingiendo ser un simple amigo de la familia… y cuya presencia en el funeral de mi esposo había pasado completamente desapercibida.

En ese instante comprendí que la traición había comenzado mucho antes de que mi nuera me cerrara la puerta de aquella casa.

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