PARTE 2: CUANDO MI FALSA SUEGRA Y SU HIJA VINIERON A EXIGIRME OTROS VEINTE MIL YUANES, TODAVÍA NO SABÍAN QUE EL MATRIMONIO ERA FALSO, QUE YO ACABABA DE HEREDAR UN BILLÓN Y QUE ESA NOCHE IBA A COBRARLES SEIS AÑOS DE DEUDAS.

Los golpes contra la puerta se hicieron más fuertes.

—¡Hua Niem! ¡Sé que estás dentro!

La voz de Luu Ngoc Mai atravesó el pasillo.

—¡Abre inmediatamente!

Detrás de ella, Chu Dinh Dinh también gritaba:

—¡Cuñada! ¡Necesito ese dinero esta semana!

Me quedé en medio del salón observando aquel apartamento de cincuenta metros cuadrados.

El sofá desgastado.

La mesa barata.

El refrigerador que había comprado a plazos.

Seis años viviendo como una mujer que apenas llegaba a fin de mes mientras mi supuesto marido administraba casi todo mi salario.

De pronto, cada objeto parecía una prueba de mi estupidez.

Abrí la puerta.

Luu Ngoc Mai entró sin permiso.

Dinh Dinh la siguió con un bolso de diseñador que reconocí inmediatamente.

Yo había pagado la mitad.

—¿Qué tontería dijiste por teléfono? —preguntó Ngoc Mai—. ¿Que no estás casada con Van Ban?

Me crucé de brazos.

—Exactamente.

Dinh Dinh soltó una carcajada.

—¿Te peleaste con mi hermano y ahora quieres hacerte la loca?

Saqué mi teléfono.

—No.

Abrí la fotografía que había tomado en el despacho del abogado.

Era el resultado de la consulta oficial.

No existía ningún registro matrimonial entre Chu Van Ban y yo.

Puse la pantalla delante de ellas.

La sonrisa de Dinh Dinh desapareció.

Su madre leyó dos veces.

—Esto… esto debe ser un error.

—No lo es.

—¡Claro que lo es! Yo estuve en vuestra boda.

—Celebramos un banquete.

La miré.

—Nunca tuvimos un matrimonio legal.

Su rostro cambió.

Y aquella reacción me hizo sentir algo extraño.

No parecía sorprendida.

Parecía asustada.

Lo noté inmediatamente.

—¿Ya lo sabías?

Ngoc Mai apartó la mirada.

—¿Qué tontería dices?

—Te he preguntado si sabías que el certificado era falso.

—¡Tu marido se ocupará de explicártelo!

Sonreí.

—No tengo marido.

Dinh Dinh intervino:

—Aunque el certificado tenga algún problema, lleváis seis años juntos. Eso ya cuenta como matrimonio.

—Legalmente, no.

La palabra legalmente hizo que ambas callaran.

Quizá por fin comprendieron que ya no estaban discutiendo con la mujer que entregaba su tarjeta bancaria cuando se lo pedían.

Ngoc Mai recuperó rápidamente su arrogancia.

—No importa. Tú has vivido con Van Ban seis años. Has comido comida de nuestra familia. Él desperdició su juventud contigo.

Casi pensé que había escuchado mal.

—¿Yo comí vuestra comida?

La miré incrédula.

—Durante seis años pagué vuestro alquiler, vuestros gastos médicos, el seguro de Van Ban, la matrícula de Dinh Dinh y hasta vuestro viaje a Hainan.

Dinh Dinh frunció el ceño.

—Eso era voluntario.

—Perfecto.

Entré en el dormitorio y regresé con una carpeta.

La había preparado mientras esperaba el taxi.

La arrojé sobre la mesa.

—Entonces revisemos exactamente cuánto fui de “voluntaria”.

Ngoc Mai no quiso tocarla.

Yo empecé a leer.

—Transferencias mensuales durante seis años: ciento cuarenta y cuatro mil yuanes.

Pasé otra página.

—Matrícula universitaria de Dinh Dinh: ochenta y seis mil.

Otra.

—Boda, electrodomésticos y viaje: ciento treinta y siete mil.

Dinh Dinh palideció.

—No puedes pedirlo de vuelta.

—Todavía no he terminado.

Saqué el documento que más me dolía.

Hipoteca sobre el apartamento que mis padres me dejaron: trescientos veinte mil yuanes entregados para el pago inicial de tu casa.

El salón quedó en silencio.

Ngoc Mai golpeó la mesa.

—¡Somos familia!

—No.

La miré directamente.

—Eso es precisamente lo que acabo de descubrir.

En ese momento se abrió la puerta.

Chu Van Ban apareció jadeando.

Debía de haber subido corriendo.

—Niem Niem.

Sus ojos fueron primero hacia mí.

Después hacia su madre.

—¿Qué hacéis aquí?

Ngoc Mai se levantó.

—¡Explícale esta tontería del certificado!

Van Ban cerró los ojos.

Solo durante un instante.

Pero fue suficiente.

—Mamá, llévate a Dinh Dinh.

Mi corazón se enfrió.

Él sabía que ella sabía.

—No —dije.

Los tres me miraron.

—Nadie se va todavía.

Van Ban se acercó.

—Niem Niem, te juro que puedo explicarlo.

—Empieza.

—En aquel momento acabábamos de graduarnos. Yo no tenía dinero, mi familia estaba endeudada…

—¿Y eso te impedía registrar un matrimonio?

—Tenía mis razones.

—¿Cuáles?

Guardó silencio.

—Seis años, Van Ban.

Mi voz comenzó a temblar por primera vez.

—Dormiste a mi lado seis años. Tomaste mi salario seis años. Me llamaste esposa seis años.

Di un paso hacia él.

—¿Por qué falsificaste el certificado?

Dinh Dinh soltó nerviosamente:

—Hermano, no se lo digas.

Todos nos volvimos hacia ella.

Van Ban palideció.

—Cállate.

Yo sentí que algo dentro de mí se tensaba.

—¿Decirme qué?

—Nada —respondió inmediatamente.

—Entonces no tendrás problema en que llamemos a la policía para comprobar quién fabricó el documento.

El rostro de Ngoc Mai cambió.

—¡No hace falta involucrar a la policía!

Aquello confirmó todo.

Saqué el teléfono.

Van Ban me agarró la muñeca.

—Niem Niem.

Lo miré.

—Suéltame.

—Escúchame primero.

—Suéltame.

Esta vez obedeció.

Respiró profundamente.

—Cuando nos graduamos… yo ya tenía otro registro.

Pensé que no había entendido.

—¿Qué registro?

Sus labios se movieron.

No salió sonido.

Dinh Dinh comenzó a llorar.

Ngoc Mai se dejó caer en el sofá.

Finalmente Van Ban dijo:

Ya estaba casado.

El mundo pareció detenerse.

No lloré.

Ni siquiera respiré durante unos segundos.

—Repítelo.

—Fue un matrimonio arreglado por mi familia.

—¿Con quién?

—Nos separamos hace años.

—Eso no fue lo que pregunté.

Apretó los puños.

—Con una mujer llamada Su Man.

Me eché a reír.

Esta vez la risa salió rota.

—Así que no falsificaste el certificado porque no querías casarte conmigo.

Lo miré.

—Lo falsificaste porque no podías.

Van Ban intentó tocarme.

Retrocedí.

—No me toques.

—Nunca viví con ella después de conocerte.

—No me importa.

—Yo te amaba.

—Me robaste seis años.

—¡No!

Su voz subió.

—Todo lo que hice fue porque necesitaba tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Van Ban abrió la boca.

Entonces sonó mi teléfono.

Abogado Truong.

Contesté.

—¿Sí?

Su voz era mucho más seria que por la tarde.

—Señora Hua, necesitamos que regrese mañana a primera hora.

Miré a Van Ban.

—¿Hay algún problema con la herencia?

—No con la herencia.

Hizo una pausa.

—Con su supuesto esposo.

Mi espalda se tensó.

—¿Qué descubrió?

—Después de detectar el certificado falso, realizamos una revisión adicional debido al tamaño del patrimonio.

Escuché papeles al otro lado.

—El señor Chu no aparece únicamente vinculado a un matrimonio anterior.

Miré directamente a Van Ban.

Él estaba intentando escuchar.

—¿Qué más?

—Su nombre aparece conectado con varias sociedades comerciales.

—Me dijo que era director de proyectos.

El abogado guardó silencio unos segundos.

—Señora Hua…

Su tono hizo que mi corazón comenzara a latir más deprisa.

El señor Chu Van Ban no es un trabajador con ingresos inestables.

Mis dedos se cerraron alrededor del teléfono.

—Entonces ¿quién es?

—Según los registros que acabamos de recibir, posee participaciones empresariales valoradas en cientos de millones de yuanes.

No pude hablar.

Miré la camisa sencilla de Van Ban.

Los zapatos baratos que siempre afirmaba no poder reemplazar.

Los seis años durante los que yo había contado monedas para comprar comida.

—¿Cientos de millones?

Ngoc Mai se puso de pie de golpe.

—¡Cuelga!

Todo quedó claro.

Demasiado claro.

El abogado continuó:

—Y hay algo todavía más preocupante.

—¿Qué?

—Una de esas sociedades realizó varias consultas sobre la estructura patrimonial de su abuelo durante los últimos cinco años.

Sentí que se me helaba la sangre.

Miré a Van Ban.

Esta vez él ya no intentó fingir.

Su rostro estaba completamente rígido.

—Abogado Truong —susurré—, ¿está diciendo que él sabía de mi herencia?

—Todavía no puedo afirmarlo.

Otra pausa.

—Pero tenemos pruebas de que alguien relacionado directamente con el señor Chu investigó su fondo fiduciario mucho antes de que su abuelo falleciera.

Mi mirada pasó lentamente de Van Ban a su madre.

Luego a Dinh Dinh.

Seis años.

El certificado falso.

Mi salario.

La hipoteca.

La familia entera viviendo de mí mientras escondían cientos de millones.

De pronto comprendí que quizá nunca había sido una mujer pobre casada con un hombre pobre.

Tal vez había sido una heredera rodeada durante seis años por personas que sabían exactamente quién era antes de que yo misma lo supiera.

—Van Ban.

Bajé el teléfono.

—¿Te acercaste a mí por mi abuelo?

Su rostro se volvió mortalmente pálido.

Y antes de que pudiera responder, alguien llamó tres veces a la puerta.

Una voz femenina habló desde el pasillo:

—Chu Van Ban, abre.

Él dejó de respirar.

La mujer añadió:

—Soy Su Man. Tu esposa legal. Y creo que ya es hora de que Hua Niem conozca toda la verdad.

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