Parte 2: EL HOMBRE QUE ESPERÓ SIETE AÑOS

Miré a Nicolás durante varios segundos.

Antes, aquellas palabras me habrían destrozado.

Siete años atrás, cuando Bianca provocó el incendio, Nicolás había sido el primero en llegar al hospital.

También había sido el primero en preguntarme:

—¿Estás segura de que no fue un accidente?

Aquella pregunta había terminado nuestra relación.

Ahora volvía a mirarme como si cada herida fuera parte de una actuación.

—Para nadie —respondí.

Nicolás soltó mi barbilla.

—Claro.

—Ya no estoy intentando que ninguno de ustedes me crea.

Su expresión cambió apenas.

El sistema habló dentro de mi cabeza.

Tiempo restante antes del próximo intento de retorno: setenta y dos horas.

Cerré los ojos.

Tres días.

Solo debía soportar tres días más.

Nicolás creyó que lo ignoraba.

—Adrián está buscándote.

—No me interesa.

—Mañana iban a casarse.

—Ya no.

Esta vez sí vi sorpresa.

—¿Qué hiciste?

—Lo dejé.

Nicolás rio con incredulidad.

—¿Y esperas que crea que después de perseguir durante siete años a alguien que te eligiera simplemente te rendiste?

Abrí los ojos.

—Sí.

—No te creo.

—Eso también dejó de importarme.


A la mañana siguiente, Adrián llegó al hospital.

Bianca venía detrás de él.

Por supuesto.

Nicolás estaba junto a la ventana cuando entraron.

Adrián vio mi rostro pálido y apretó la mandíbula.

—¿Por qué hiciste esto?

No respondí.

—Valeria, te hice una pregunta.

—Y yo te dije anoche que terminamos.

Bianca se acercó.

—Hermana, no tienes que castigarlo por mi culpa.

La miré.

—No eres tan importante.

Su rostro se endureció.

Adrián puso inmediatamente una mano frente a ella.

Ese pequeño movimiento me hizo sonreír.

Incluso ahora.

Siempre ella.

—El registro sigue reservado —dijo—. Cuando te den el alta, iremos.

—Cancélalo.

—Estás alterada.

—Estoy completamente consciente.

Saqué de la mesa el contrato prenupcial que su abogado había dejado semanas atrás.

Lo rompí por la mitad.

Después otra vez.

—No quiero tu apellido.

Adrián me observó como si hablara otro idioma.

Durante siete años yo había esperado.

Había perdonado.

Había aceptado migajas porque el sistema me decía que necesitaba ser elegida.

Él nunca había imaginado que pudiera marcharme.

—¿Es por Nicolás?

Nicolás soltó una risa fría.

Yo sentí cansancio.

—Eso es lo increíble de ustedes.

Los miré a ambos.

—Siempre creen que si dejo de querer a un hombre tiene que ser porque apareció otro. Nunca consideran que quizá simplemente me cansé.

Bianca bajó los ojos.

Entonces Adrián vio mis cicatrices asomando bajo la bata.

—Cuando nos casemos, conseguiré otra plaza para tu tratamiento.

Me quedé inmóvil.

—¿Otra?

—Sí.

—¿Y la que era mía?

Silencio.

Bianca comenzó a llorar.

—Hermana, yo no sabía…

—Sí sabías.

Sus lágrimas se detuvieron.

La habitación quedó helada.

Me incorporé.

—Hace siete años también sabías que el almacén tenía una salida bloqueada antes del incendio.

Nicolás giró bruscamente.

—¿Qué?

Bianca palideció.

Adrián frunció el ceño.

—Valeria, no empieces otra vez.

Me reí.

Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Tranquilo. No empezaré nada.

Miré al sistema invisible.

Porque me voy.


Adrián abandonó el hospital con Bianca.

Nicolás no.

Permaneció junto a la ventana.

—¿Qué quisiste decir con la salida bloqueada?

—Nada que te importe.

—Valeria.

—Hace siete años intenté explicártelo.

Se quedó callado.

—Tú dijiste que Bianca jamás haría algo así.

Su rostro perdió lentamente la dureza.

—No había pruebas.

—Había una grabación.

Nicolás me miró.

—¿Qué grabación?

Sentí un escalofrío.

—La cámara del pasillo trasero.

—Esa cámara estaba averiada.

—Eso dijeron.

Nicolás sacó el teléfono.

—¿Quién?

Entonces comprendí algo que nunca me había preguntado.

Yo había despertado después del incendio con media espalda quemada.

Bianca llorando.

Cuatro hombres diciéndome que dejara de acusarla.

Nunca investigué quién había declarado inutilizable aquella cámara.

—No lo sé.

Nicolás salió sin despedirse.


Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron extrañamente tranquilas.

Firmé mi alta.

Vendí las joyas que Adrián me había regalado.

Transferí mis ahorros.

Preparé todo para desaparecer.

El sistema anunció:

Veinticuatro horas para el retorno.

Aquella noche recibí una llamada de un número desconocido.

Era Nicolás.

—Encontré la grabación.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué?

—La cámara nunca estuvo averiada.

No respondí.

—Alguien retiró el disco duro después del incendio y falsificó el informe técnico.

—¿Quién?

Silencio.

—Mi antiguo asistente.

Sentí una amarga satisfacción.

—Entonces ya sabes que no mentía.

—Valeria…

Corté.

No necesitaba disculpas siete años tarde.

Pero diez minutos después llegó un video.

Lo abrí.

La imagen era borrosa.

Yo aparecía entrando al almacén.

Minutos después, Bianca salía.

Se detenía.

Miraba hacia ambos lados.

Y colocaba algo contra la puerta exterior.

Después desaparecía.

Cuarenta segundos más tarde comenzaba el incendio.

Mis manos empezaron a temblar.

Por fin.

La prueba que había necesitado durante siete años.

Y ya no la necesitaba.

El sistema anunció:

Doce horas.


A medianoche alguien golpeó mi puerta.

Era Adrián.

Estaba solo.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía descompuesto.

Tenía el video abierto en el teléfono.

—¿Por qué nunca me mostraste esto?

Lo miré incrédula.

—Porque ustedes hicieron desaparecer la grabación.

—Yo no sabía.

—Pero elegiste no creerme.

—Valeria…

Cerré la puerta.

Él la sostuvo.

—Bianca confesó que estuvo allí.

Mi corazón no se movió.

—Felicidades.

—Dice que fue un accidente.

—Entonces créela.

Aquello lo golpeó.

—No seas así.

—¿Así cómo?

—Como si nada te importara.

Lo miré.

—Eso aprendí de ti.

Soltó la puerta.

Yo la cerré.

Seis horas.


Antes del amanecer regresé al hospital privado.

No al de este mundo.

A la habitación que el sistema había señalado como punto de retorno.

Me acosté.

Cerré los ojos.

Pensé en Elías.

En el sol del sur.

En mi verdadero cuerpo esperando al otro lado.

Diez segundos.

Nueve.

Ocho.

Entonces la puerta se abrió.

Nicolás entró corriendo.

—¡Valeria!

No podía detenerlo otra vez.

—No te acerques.

Se quedó inmóvil.

—Sé quién hizo desaparecer la grabación.

—Ya no importa.

—Sí importa.

—Para mí no.

Tres.

Dos.

Nicolás gritó:

—¡Bianca no actuó sola!

Abrí los ojos.

La cuenta regresiva se detuvo.

El sistema emitió una advertencia.

Nicolás dejó una carpeta sobre la cama.

Dentro había transferencias bancarias, fotografías y un informe del incendio.

—Mi asistente recibió dinero para borrar la grabación.

Sentí un frío terrible.

—¿De quién?

Nicolás tragó saliva.

—Del hombre que llevaba años pagando los tratamientos de Bianca.

Miré el nombre.

Y por primera vez desde que decidí abandonar aquel mundo, sentí verdadero miedo.

No era Adrián.

Tampoco Nicolás.

Era Elías Chi.

El hombre que supuestamente estaba en mi mundo original esperando que despertara.

Entonces el sistema habló.

Pero su voz ya no sonó neutral.

Advertencia: se ha detectado una anomalía en la identidad del usuario Elías Chi.

Me incorporé de golpe.

—¿Qué significa eso?

La respuesta hizo que todo mi cuerpo se congelara.

Elías Chi no está esperando su regreso.

Pausa.

Elías Chi entró en este mundo siete años antes que usted.

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