PARTE 2: EL PRECIO DE LA HUMILLACIÓN.

Sebastián se quedó inmóvil.

La palabra deuda pareció golpearlo con más fuerza que la cancelación del compromiso.

—¿De qué estás hablando? —preguntó.

Cerré la carpeta con calma.

—Pensé que el futuro director de Davenport Holdings conocería las condiciones del proyecto que estaba a punto de firmar.

Uno de los mayores de su familia, Richard Davenport, se inclinó hacia delante.

—Valeria, explícate.

Mi padre dejó de golpear la mesa con el dedo.

Ahora todos escuchaban.

—El proyecto conjunto necesitaba una garantía de cuatrocientos millones para comenzar la segunda fase —dije—. Torres Group iba a proporcionar esa garantía después de formalizar el compromiso.

Sebastián palideció.

—El acuerdo ya fue aprobado.

—Condicionalmente.

Clara colocó otro documento delante de mí.

Lo deslicé hacia Richard.

—Lean la cláusula diecisiete.

Richard se puso los lentes.

A medida que avanzaba por las líneas, su rostro cambió.

—Dios mío.

La madre de Sebastián se volvió hacia él.

—¿Qué ocurre?

Richard levantó la mirada.

—Sin la garantía de Torres Group, Davenport Holdings debe cubrir personalmente las obligaciones adquiridas para la expansión.

El silencio fue absoluto.

Sebastián se levantó.

—Eso no tiene sentido. Las líneas de crédito ya están abiertas.

—Exactamente —respondí—. Y mañana comienzan los vencimientos.

Isabella retiró lentamente la mano del brazo de Sebastián.

Fue un movimiento pequeño.

Pero todos lo vimos.

Él también.

—Valeria —dijo Sebastián—, estás mezclando una discusión personal con negocios.

—Tú mezclaste ambas cosas primero.

Señalé mi anillo en el dedo de Isabella.

—Convertiste una alianza empresarial en un espectáculo personal dentro de mi casa.

Isabella intentó quitarse el anillo.

—Entonces se lo devuelvo.

—No.

La miré.

—Dije que podías conservarlo.

—No lo quiero.

—Hace diez minutos parecía encantarte.

Su rostro se puso rojo.

Sebastián dio un golpe sobre la mesa.

—¡Basta!

Mi padre levantó la mirada.

No necesitó decir nada.

Sebastián recordó inmediatamente dónde estaba.

Aquella seguía siendo la casa de los Torres.

—Vamos a hablar en privado —me dijo.

—No tenemos nada privado que discutir.

—Valeria.

—Señor Davenport para mí, desde ahora.

Algo se quebró en su expresión.

Quizá hasta ese instante todavía pensaba que estaba castigándolo.

Que después de unas horas de enojo aceptaría una disculpa cuidadosamente preparada y volveríamos al plan original.

Nunca me había conocido realmente.

—¿Sabes qué? —dijo finalmente—. Hazlo.

Su madre lo miró alarmada.

—Sebastián.

Él ignoró la advertencia.

—Cancela el compromiso. Suspende el proyecto. Mañana nuestros abogados resolverán todo.

Sonreí.

—Tus abogados ya recibieron la notificación.

Clara colocó su teléfono sobre la mesa.

—A las siete y treinta y cuatro —informó—. Confirmaron recepción hace nueve minutos.

Sebastián miró el reloj.

Su rostro cambió.

Comprendió que mientras Isabella jugaba con mi anillo, yo ya había comenzado a cerrar las puertas.

—¿Lo planeaste?

—No.

Me levanté.

—Pero siempre estoy preparada.

Mi padre sonrió apenas.

Era la primera vez que lo hacía aquella noche.

Richard cerró los documentos con brusquedad.

—Sebastián, necesito hablar contigo inmediatamente.

—Mañana.

—Ahora.

—He dicho mañana.

Richard perdió la paciencia.

—¡No entiendes! Davenport Holdings utilizó la futura inversión de Torres Group como respaldo para tres operaciones.

Isabella miró a Sebastián.

—Me dijiste que la empresa estaba creciendo.

—Está creciendo.

Richard soltó una risa amarga.

—Con dinero prestado.

Aquello sí consiguió asustarla.

—¿Dinero prestado?

Sebastián la miró con furia.

—No te metas.

Isabella se puso de pie.

—Me trajiste aquí. Me sentaste en su silla. Me pusiste ese anillo delante de todos.

Se lo arrancó del dedo.

—Así que no me digas ahora que no me meta.

El anillo cayó sobre la mesa.

Giró dos veces antes de detenerse.

Nadie intentó recogerlo.

La madre de Sebastián cerró los ojos, humillada.

—¿Por qué hiciste esto? —preguntó.

Sebastián no respondió.

Ella señaló a Isabella.

—Podías terminar tu relación con Valeria discretamente. Podías rechazar el matrimonio. Pero decidiste traer a esa mujer aquí y provocar a los Torres delante de ambas familias.

—Estoy cansado de que todos decidan mi vida.

—Entonces acabas de comprar tu libertad a un precio extraordinario —intervino mi padre.

Sebastián lo miró.

Arturo Torres se levantó lentamente.

—Mi hija no necesitaba amarte. Tampoco necesitabas amarla. Este acuerdo exigía respeto, discreción y responsabilidad.

Caminó hasta quedar frente a él.

—Esta noche demostraste que no posees ninguna de las tres.

Sebastián apretó los puños.

—Davenport Holdings sobrevivirá sin ustedes.

—Eso espero —respondí.

Tomé la carpeta.

—Por las personas que trabajan allí.

Empecé a caminar hacia la puerta.

Entonces Richard pronunció mi nombre.

—Valeria.

Me detuve.

—Hay algo que deberías saber.

Sebastián giró bruscamente.

—Tío.

Richard lo ignoró.

—La situación financiera es peor de lo que él cree.

Por primera vez, Sebastián pareció realmente desconcertado.

—¿Qué significa eso?

Richard miró a los demás miembros de su familia.

Nadie quiso responder.

Finalmente abrió su maletín.

—Hace seis meses descubrimos irregularidades en varias cuentas.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué irregularidades?

—Transferencias. Empresas intermediarias. Facturas por servicios que nunca recibimos.

Isabella dejó de respirar por un instante.

Lo noté.

Y Clara también.

Richard continuó.

—Pensábamos que podríamos resolverlo internamente antes de la alianza con Torres Group.

—¿Cuánto? —pregunté.

Richard tardó demasiado en contestar.

—Cincuenta y ocho millones.

Sebastián se dejó caer en la silla.

—Eso es imposible.

Entonces escuchamos un sonido.

El pequeño bolso de Isabella había caído al suelo.

Ella se agachó rápidamente para recogerlo.

Demasiado rápidamente.

Clara me miró.

Sus ojos me dijeron que también había visto algo.

Un segundo teléfono había salido parcialmente del bolso.

Isabella lo escondió enseguida.

—Tengo que irme —dijo.

Sebastián la sujetó del brazo.

—No vas a ninguna parte.

—Suéltame.

—¿Por qué estás nerviosa?

—Porque tu familia está perdiendo la cabeza.

Richard se quedó observándola.

Después abrió otra carpeta.

—Señorita Reed.

Isabella se congeló.

—¿Sí?

—Es curioso.

Sacó una hoja.

—Una de las empresas que recibió parte del dinero se llama IR Consulting.

El rostro de Isabella perdió todo el color.

Sebastián la miró.

—¿Qué tiene que ver eso contigo?

Ella retrocedió.

—Nada.

Richard dejó otra página sobre la mesa.

—La cuenta fue abierta utilizando una dirección registrada a nombre de Isabella Marie Reed.

Sebastián se puso de pie lentamente.

Esta vez no había arrogancia en sus ojos.

Solo incredulidad.

—Isabella.

Ella tomó su bolso.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explica por qué una empresa vinculada contigo recibió doce millones de dólares de Davenport Holdings.

Isabella miró hacia la salida.

Pero Clara ya estaba delante de la puerta.

Mi padre tomó su teléfono.

Yo observé el anillo abandonado sobre la mesa y comprendí que aquella cena nunca había tratado realmente de una amante.

Habíamos descubierto algo mucho más grande.

Entonces el teléfono de Sebastián vibró.

Leyó el mensaje.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Qué ocurre? —preguntó su madre.

Sebastián levantó lentamente la mirada.

—El banco acaba de congelar todas las cuentas de Davenport Holdings.

Nadie habló.

Pero Isabella sí se movió.

Corrió hacia la segunda puerta del comedor.

Y antes de que pudiera alcanzarla, Richard gritó algo que hizo que Sebastián se quedara completamente paralizado.

—¡Deténganla! ¡Los cincuenta y ocho millones fueron transferidos con la autorización digital de Sebastián!

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