PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE CREER EN TODOS.

Abrí lentamente los ojos.

He Qi estaba de pie junto a mi cama, todavía con la misma chaqueta que llevaba cuando lo vi salir de obstetricia junto a aquella mujer.

Su expresión no mostraba preocupación.

Solo fastidio.

—Te estoy preguntando algo —insistió—. ¿Por qué estás aquí?

Lo observé en silencio.

Durante años había imaginado que, si algún día descubría su traición, gritaría, lloraría o exigiría explicaciones.

Pero después de escuchar a mi madre mentirme.

Después de escuchar a Meng Xiao defenderlo.

Después de despedirme sola de nuestro hijo.

Ya no quedaba nada dentro de mí que quisiera discutir.

—Vine al médico.

He Qi frunció el ceño.

—¿Qué médico?

Antes de que pudiera responder, una enfermera se acercó con varios documentos.

—Señora Tan, aquí tiene las indicaciones posteriores al procedimiento. Recuerde descansar y regresar si presenta alguna complicación.

He Qi bajó la mirada hacia los papeles.

Su rostro cambió.

—¿Procedimiento?

Intentó tomar la hoja.

La aparté antes de que pudiera tocarla.

—No es asunto tuyo.

—Soy tu marido.

Solté una risa débil.

—¿Ahora sí lo recuerdas?

Su expresión se endureció.

—Tan Yan, no empieces otra vez.

Otra vez.

Aquellas dos palabras me hicieron sentir algo parecido a la ironía.

Como si yo fuera el problema.

Como si las noventa y nueve veces que me dejó esperando fueran simplemente escenas inventadas por una esposa demasiado desconfiada.

—¿Dónde estabas hace una hora? —pregunté.

Él respondió sin titubear.

—En casa de tu madre.

Lo miré directamente.

—Qué extraño.

He Qi guardó silencio.

—Porque también hablé con Meng Xiao.

Su mandíbula se tensó.

—Ella dijo que estabas en su casa.

Por primera vez apareció una grieta en su tranquilidad.

—Debió confundirse.

—Claro.

Asentí.

—Mi madre también debió confundirse.

He Qi desvió la mirada.

Entonces comprendí algo.

No pensaba confesar.

Incluso después de haber sido descubierto, seguía creyendo que podía darme cualquier explicación y yo terminaría aceptándola.

Como siempre.

Me incorporé con esfuerzo.

Un dolor profundo atravesó mi abdomen.

La enfermera intentó ayudarme.

He Qi dio un paso hacia mí.

—¿Qué te hicieron?

—Nada que tenga relación contigo.

—Tan Yan.

Su tono se volvió más fuerte.

—Deja de comportarte como una niña.

Lo miré.

—Estaba embarazada.

Se quedó inmóvil.

Todo el ruido del pasillo pareció desaparecer.

—¿Qué?

—Ocho semanas.

He Qi abrió lentamente los ojos.

—¿Por qué no me dijiste?

Aquella pregunta terminó de romper lo poco que quedaba entre nosotros.

—Quería decírtelo hoy.

Mi voz permaneció tranquila.

—Por eso te pedí que vinieras conmigo.

Recordó inmediatamente nuestra cita.

La cita a la que nunca llegó.

—Tan Yan…

—Te esperé cuarenta minutos.

Hice una pausa.

—Entonces te vi.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué viste?

—A ti.

Y a ella.

No necesité decir ningún nombre.

He Qi entendió.

—No es lo que piensas.

Sonreí.

La frase más predecible del mundo.

—Entonces explícame qué estaba haciendo tu mano alrededor de su cintura mientras salían juntos de obstetricia.

No respondió.

—¿Y sabes qué fue lo mejor?

Sentí que las lágrimas querían regresar, pero no se lo permití.

—Mientras tú estabas con ella, mi madre me llamó para decirme que estabas reparando su tubería.

He Qi cerró los ojos.

—Tan Yan…

—Y dos minutos después, Meng Xiao dijo que estabas arreglando su cerradura.

Esta vez su expresión no fue de sorpresa.

Fue de culpa.

Aquello confirmó todo.

—Todos lo sabían.

Mi voz finalmente tembló.

—Menos yo.

He Qi se acercó.

—Escúchame.

—No.

—Hay cosas que no entiendes.

—Entonces hazme entender.

Él miró alrededor.

—Aquí no.

—Perfecto.

Me levanté lentamente.

—Porque ya no quiero escucharlo.

Intentó sujetarme del brazo.

Me aparté.

—No me toques.

La enfermera nos observaba con incomodidad.

He Qi bajó la voz.

—¿Qué pasó con el embarazo?

Lo miré durante varios segundos.

Después respondí.

—Ya terminó.

Su rostro quedó completamente vacío.

—¿Qué quieres decir?

No dije nada.

Miró la puerta del área quirúrgica.

Luego los documentos que sostenía en mi mano.

Finalmente comprendió.

—Tú…

Su voz se quebró.

—¿Abortaste?

Asentí.

He Qi retrocedió un paso.

Durante unos segundos pareció incapaz de reaccionar.

Después la tristeza desapareció.

En su lugar apareció rabia.

—¿Cómo pudiste tomar una decisión así sin consultarme?

Lo miré con incredulidad.

—¿Consultarte?

—¡También era mi hijo!

Aquella frase me hizo reír.

No porque tuviera gracia.

Sino porque era demasiado cruel.

—Hoy tenías que conocerlo.

Su rostro se congeló.

—La cita a la que me dejaste plantada era para decirte que estaba embarazada.

Cada palabra cayó entre nosotros como una piedra.

—Pero elegiste acompañar a otra mujer a su revisión prenatal.

He Qi bajó la mirada.

—Ella necesitaba ayuda.

—Siempre necesitan ayuda.

Mi madre.

Meng Xiao.

Aquella mujer.

Todos parecían necesitarlo más que su propia esposa.

Tomé mi bolso.

—¿Adónde vas?

—A casa.

—Voy contigo.

—No.

—Tan Yan, tenemos que hablar.

—Después.

Quería marcharme.

Entonces una voz femenina llegó desde el otro extremo del pasillo.

—He Qi.

Mi cuerpo se detuvo.

La mujer embarazada estaba allí.

Tenía una mano sobre el vientre y la otra sujetando su expediente médico.

Al verme, su expresión cambió.

No parecía sorprendida.

Parecía asustada.

He Qi caminó inmediatamente hacia ella.

—¿Por qué saliste sola?

La sujetó del brazo con la misma delicadeza que había usado antes.

Delante de mí.

Sin siquiera pensarlo.

La mujer me observó.

—¿Ella es Tan Yan?

He Qi no respondió.

Eso fue suficiente.

Me acerqué lentamente.

—Entonces tú sabes quién soy.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

—No me pidas perdón.

Miré su vientre.

—Solo dime una cosa.

He Qi se interpuso.

—Ya basta.

—¿Cuántos meses tienes?

La mujer apretó los labios.

Después respondió.

—Siete.

Sentí que algo frío recorría mi espalda.

Siete meses.

Eso significaba que mientras He Qi y yo hablábamos de intentar tener un hijo…

él ya esperaba uno con otra mujer.

Pero entonces ocurrió algo todavía peor.

Ella levantó la mirada hacia mí y dijo en voz baja.

—Tan Yan…

—Hay algo que He Qi nunca te contó.

He Qi palideció.

—Cállate.

La mujer lo ignoró.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tu madre sabe de este bebé desde el principio.

Mi respiración se detuvo.

Ella continuó.

—Porque fue ella quien me pidió que no te dijera nada.

He Qi la sujetó con fuerza.

—¡He dicho que te calles!

Me quedé completamente inmóvil.

Y entonces la mujer dijo una última frase.

—Porque este niño no solo tiene relación con He Qi. También tiene relación con un secreto sobre tu nacimiento que tu madre lleva escondiéndote toda la vida.

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