PARTE 2: LA PERSONA QUE TODOS PROTEGÍAN.

Co Tu Nien tenía un rostro capaz de engañar a cualquiera.

Sereno. Elegante. Impecable.

Pero después de ver la espalda de Dien Chi, ya no podía mirarlo de la misma manera.

Me quedé unos segundos frente a la puerta.

Entonces él terminó la llamada y se volvió.

—¿Por qué estás aquí?

Su mirada descendió hasta la camisa manchada que yo llevaba entre las manos.

Por primera vez desde que lo conocía, su expresión cambió.

—¿Dónde está Dien Chi?

—En el baño.

Co Tu Nien caminó inmediatamente hacia mí.

—¿Qué ocurrió?

Lo observé con atención.

No parecía culpable.

Parecía alarmado.

Aquello me hizo dudar.

—Eso mismo quiero preguntarte.

Le mostré la sangre seca.

—¿Sabes cómo tiene la espalda tu hijo?

Su mandíbula se tensó.

—¿Lo viste?

—Sí.

Esperé una explicación.

Pero Co Tu Nien guardó silencio.

Ese silencio hizo crecer mi rabia.

—Tiene diez años.

—Lo sé.

—Entonces también deberías saber que está cubierto de heridas.

—Baja la voz.

Solté una risa incrédula.

—¿Eso es lo que te preocupa?

Intenté pasar junto a él.

Co Tu Nien me sujetó de la muñeca.

—¿Adónde vas?

—A llamar a un médico.

—No.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que no.

Toda duda desapareció.

Aparté violentamente mi brazo.

—Entonces llamaré a la policía.

Esta vez sus ojos se endurecieron.

—No sabes lo que está pasando en esta casa.

—Sé suficiente.

Saqué el teléfono.

Pero antes de marcar, escuchamos un ruido detrás de nosotros.

Dien Chi estaba en el pasillo.

Se había puesto la camisa de nuevo.

Su rostro estaba completamente blanco.

—Tía…

Me miró.

Después miró a su padre.

Y ocurrió algo que me heló la sangre.

El niño retrocedió.

Co Tu Nien también lo vio.

—Dien Chi.

El pequeño bajó inmediatamente la cabeza.

—Papá.

—Ven aquí.

No se movió.

Co Tu Nien dio un paso.

Dien Chi retrocedió otro.

Me interpuse entre ambos.

—No lo toques.

El silencio fue absoluto.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—¿Qué está pasando?

Era la anciana señora Co.

La abuela de Dien Chi.

Durante la boda había permanecido sentada en el asiento principal, vestida con un cheongsam oscuro, recibiendo las felicitaciones de todos como la verdadera autoridad de aquella familia.

Ahora nos observaba con una expresión fría.

Sus ojos se detuvieron en Dien Chi.

Después en mí.

—Acabas de entrar en esta familia y ya estás causando problemas.

—Su nieto necesita un médico.

Su expresión no cambió.

—Los niños se lastiman.

Sentí náuseas.

Eso no son heridas de un niño jugando.

Entonces ocurrió algo extraño.

El mayordomo apareció al final del corredor.

Dos empleadas domésticas también se detuvieron.

Nadie parecía sorprendido.

Nadie preguntó qué heridas.

Simplemente bajaron la mirada.

Comprendí entonces que todos lo sabían.

—Perfecto —dije—. Si nadie quiere explicármelo, que lo explique la policía.

Marqué el primer número.

—¡No!

El grito vino de Dien Chi.

Corrió hacia mí y agarró mi brazo.

—No llames.

—Dien Chi…

—Por favor.

Sus dedos temblaban.

—Si llamas, será peor.

Aquella frase hizo que incluso Co Tu Nien palideciera.

Se agachó frente a su hijo.

—¿Quién te dijo eso?

El niño cerró la boca.

—Mírame.

Nada.

—Dien Chi, ¿quién te dijo que sería peor?

Entonces la anciana señora Co golpeó el suelo con su bastón.

—¡Basta!

El niño dio un respingo.

Y yo lo sentí.

Su mano apretó la mía con tanta fuerza que me clavó las uñas.

Giré lentamente la cabeza hacia la anciana.

Ella sonreía.

—Es tu primera noche aquí. No deberías involucrarte en asuntos que no comprendes.

Por primera vez entendí que quizá había estado mirando en la dirección equivocada.

Co Tu Nien se levantó.

—Abuela.

Su voz había cambiado.

—¿Qué significa eso?

—Significa exactamente lo que he dicho.

—¿Sabías lo de sus heridas?

Ella no respondió.

Pero Dien Chi comenzó a temblar todavía más.

Entonces miré al niño.

—Dien Chi.

Me arrodillé frente a él.

—No voy a obligarte a decir quién fue.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero necesito preguntarte otra cosa. ¿Tu padre te hizo esas heridas?

El pasillo entero quedó en silencio.

Dien Chi miró a Co Tu Nien.

Después negó lentamente.

—Papá nunca me ha pegado.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Co Tu Nien cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, había una furia terrible en ellos.

—Entonces, ¿quién?

Dien Chi no respondió.

La anciana señora Co se dio media vuelta.

—Ya es suficiente espectáculo.

—Nadie se mueve —ordenó Co Tu Nien.

Ella se detuvo.

—¿Me estás dando órdenes?

—Estoy preguntando quién golpeó a mi hijo.

—Quizá deberías preguntarte por qué un niño necesita disciplina.

Dien Chi se escondió detrás de mí.

Y eso bastó.

Co Tu Nien caminó hacia su abuela.

—¿Fuiste tú?

Ella lo miró sin pestañear.

—Yo nunca ensuciaría mis manos de esa manera.

Aquella respuesta no era una negación.

Yo también lo comprendí.

—Entonces ordenaste que alguien lo hiciera.

La anciana me lanzó una mirada afilada.

—Muchacha, deberías recordar quién te permitió entrar en esta casa.

Me puse de pie.

—Y usted debería recordar que ahora hay una persona en esta casa que no piensa mirar hacia otro lado.

Co Tu Nien sacó el teléfono.

—Quiero las grabaciones de seguridad de los últimos tres meses.

El mayordomo palideció.

—Señor…

Co Tu Nien giró la cabeza.

—Ahora.

El hombre no se movió.

Ese segundo de vacilación lo dijo todo.

—¿Qué ocurre con las cámaras?

—Las grabaciones del tercer piso… se eliminan cada siete días.

—¿Quién dio esa orden?

El mayordomo miró involuntariamente a la anciana.

Ella golpeó nuevamente el suelo con el bastón.

—Esta conversación ha terminado.

Pero esta vez nadie obedeció.

Co Tu Nien caminó hacia el mayordomo.

—Recupera las grabaciones.

—Puede que sea imposible.

—Entonces encuentra a alguien que pueda hacerlo.

Su voz seguía siendo tranquila.

Pero ya no era indiferente.

Era peligrosa.

Una hora después llegó un médico privado.

Cuando abrió la camisa de Dien Chi, su rostro se endureció.

—Estas lesiones no ocurrieron una sola vez.

Co Tu Nien estaba junto a la ventana.

—¿Cuánto tiempo?

El médico examinó cuidadosamente las marcas sin entrar en detalles.

—Hay lesiones de distintas etapas. Algunas son antiguas.

—¿Meses?

El médico dudó.

—Posiblemente más.

Co Tu Nien cerró los puños.

Dien Chi permanecía acostado boca abajo, agarrando mi mano.

Yo no la solté.

Cuando el médico terminó, el niño se quedó dormido.

Salimos de la habitación.

Co Tu Nien permaneció frente a la puerta.

—Gracias.

—No lo hice por ti.

—Lo sé.

Lo miré.

—¿De verdad no sabías nada?

Tardó demasiado en responder.

—Sabía que Dien Chi había cambiado después de la muerte de su madre. Pensé que todavía estaba sufriendo.

—¿Y nunca preguntaste?

Su rostro se tensó.

No respondió.

Eso era suficiente.

Quizá no había golpeado a su hijo.

Pero tampoco había visto lo que ocurría delante de él.

Entonces apareció el mayordomo corriendo.

—Señor.

Traía una tableta.

—Encontramos algo.

Co Tu Nien tomó el dispositivo.

Habían conseguido recuperar fragmentos de una grabación borrada.

La imagen mostraba el pasillo del tercer piso.

Una fecha aparecía en una esquina.

Tres semanas atrás.

Dien Chi salía de su habitación.

Después aparecía alguien detrás de él.

El niño intentaba alejarse.

La persona lo agarraba del brazo y lo llevaba hacia una habitación situada al final del corredor.

Co Tu Nien amplió la imagen.

Yo también miré.

Y sentí que se me congelaba la sangre.

Porque reconocí inmediatamente aquel rostro.

Lo había visto durante la boda.

Había sido una de las personas que más afectuosamente había abrazado a Dien Chi.

Pero antes de que pudiera decir su nombre, el niño apareció detrás de nosotros.

Estaba descalzo.

Temblando.

Miraba fijamente la pantalla.

—No…

Co Tu Nien se volvió.

—Dien Chi.

El niño empezó a llorar.

—Papá, apágalo.

—¿Por qué?

—Porque si descubre que lo sabes…

Su voz se quebró.

—¿Quién?

Dien Chi miró hacia la escalera.

Y en ese preciso instante, la puerta principal de la mansión se abrió abajo.

Se escucharon pasos.

Después, una voz familiar llamó desde el vestíbulo:

—¿Dien Chi? Te he traído tu regalo.

El niño se aferró a mi cintura.

Su cuerpo entero comenzó a temblar.

Y finalmente susurró:

—Es él.

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