Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Tú la conoces.
Matthew no respondió inmediatamente.
El SUV seguía acercándose detrás de ellos.
—Pregunté si conoces a Isabel Vargas.
Matthew bloqueó la pantalla del teléfono.
—Sí.
Elena llevó una mano hacia la puerta.
—¡Déjame salir!
—A esta velocidad, no.
—¡Trabajas con ella!
—No.
—¡Su nombre estaba en tu teléfono!
Matthew sostuvo su mirada.
—Porque lleva cuarenta minutos intentando localizarme.
Aquello no la tranquilizó.
—¿Por qué?
Antes de que respondiera, el SUV se colocó casi junto a ellos.
El conductor de Matthew giró bruscamente hacia una carretera secundaria.
Elena se aferró al asiento.
—Señor Carranza —dijo el conductor—, siguen detrás.
Matthew tomó su teléfono.
—Llama a seguridad. Que nos esperen en la entrada norte.
Elena lo miró.
Carranza.
Conocía ese apellido.
Todo el mundo lo conocía.
Carranza Holdings aparecía en hoteles, hospitales, bancos y proyectos inmobiliarios por toda la ciudad.
Matthew Carranza no era simplemente un hombre rico.
Era uno de aquellos hombres cuya firma podía mantener viva una empresa o enterrarla.
Y entonces recordó algo.
Durante semanas, Isabel había repetido que aquella cena conseguiría finalmente “la aprobación de Carranza”.
Elena palideció.
—La reunión de esta noche…
Matthew la observó.
—¿Qué pasa con ella?
—Mi madrastra dijo que necesitaba convencer a Carranza Holdings para salvar Vargas Development.
La expresión de Matthew cambió apenas.
—Eso explica algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Isabel lleva meses intentando conseguir una reunión privada conmigo.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Y la llamada?
Matthew levantó el teléfono.
—Me dijo que había ocurrido un incidente en su propiedad. Que una joven emocionalmente inestable había escapado después de atacar a un invitado.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Dijo eso?
—También dijo que podías hacerte daño y que, si te encontraba, debía avisarle inmediatamente.
El dolor en el rostro de Elena se transformó lentamente en incredulidad.
Isabel ya estaba construyendo su versión.
Una versión en la que ella no era una víctima.
Era una mujer desequilibrada.
—No estoy loca.
—No he dicho que lo estés.
—Ella hará que todos lo crean.
Matthew miró el moretón de su mejilla.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no pueda hacerlo.
Elena lo miró sorprendida.
En ese momento, el SUV desapareció del espejo.
Cinco minutos después llegaron ante unas enormes puertas de acero.
Dos vehículos de seguridad los esperaban.
Solo cuando las puertas se cerraron detrás de ellos Elena comprendió que estaban entrando en una propiedad privada.
La residencia Carranza.
Matthew salió primero.
Luego extendió una mano hacia ella.
Elena dudó.
—No tienes que confiar en mí —dijo él—. Solo tienes que decidir si prefieres quedarte aquí o volver con ellos.
Ella puso lentamente la mano sobre la suya.
Dentro de la casa, una mujer mayor llamada Teresa apareció con ropa seca y un botiquín.
Matthew permaneció fuera mientras Elena se cambiaba.
Cuando finalmente se miró al espejo, casi no reconoció a la mujer reflejada.
Tenía la mejilla hinchada.
Las manos arañadas.
Los pies heridos.
Pero estaba viva.
Y por primera vez aquella noche, una puerta estaba cerrada para protegerla, no para encerrarla.

Cuando bajó, Matthew estaba hablando por teléfono en su despacho.
—Cancela la reunión de mañana con Vargas Development.
Elena se detuvo.
—No quiero explicaciones. Cancélala.
Colgó.
—No tienes que hacer eso por mí.
—No lo hago por ti.
Ella frunció el ceño.
Matthew abrió una carpeta sobre su escritorio.
—Hace tres meses que revisamos las cuentas de la empresa de tu familia. Hay movimientos que no tienen sentido.
Elena se acercó.
—¿Qué movimientos?
—Dinero retirado de varias sociedades antes de solicitar financiación de emergencia.
—No entiendo.
—Alguien está vaciando Vargas Development mientras intenta convencer a los acreedores de que la compañía solo atraviesa una crisis temporal.
Elena sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Isabel?
—Todavía no puedo demostrarlo.
Matthew deslizó una hoja hacia ella.
Elena reconoció inmediatamente una firma.
La de su padre.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Mi padre murió hace cuatro años.
El silencio se volvió pesado.
Matthew miró otra vez el documento.
La autorización estaba fechada ocho meses atrás.
Ocho meses después de que un hombre muerto supuestamente hubiera firmado una transferencia millonaria.
Elena se sentó lentamente.
—Isabel controla todos los documentos desde que murió.
—¿Tú heredaste acciones?
—Mi padre dejó algo a mi nombre, pero Isabel dijo que eran participaciones sin valor hasta que cumpliera veinticinco.
Matthew entrecerró los ojos.
—¿Qué edad tienes?
—Veintidós.
Él cerró la carpeta.
—Entonces necesitamos encontrar el testamento original.
El teléfono de Elena no estaba con ella.
Pero el de Matthew volvió a sonar.
Isabel Vargas.
Esta vez él respondió y activó el altavoz.
—Matthew, gracias a Dios.
La voz de Isabel parecía angustiada.
Perfectamente angustiada.
—Elena está desaparecida. Ha tenido otro episodio.
Elena apretó los puños.
—¿Otro?
Matthew permaneció impasible.
—¿Qué ocurrió?
—Atacó al señor Ambrose. Después huyó. Estamos aterrados. Elena lleva tiempo teniendo problemas emocionales.
Una lágrima silenciosa descendió por la mejilla de Elena.
—Si aparece, por favor, no creas nada de lo que diga.
Matthew la miró directamente.
—¿Por qué me llamaste a mí?
Hubo una pausa.
—Porque el señor Ambrose dijo que vio un vehículo parecido al tuyo.
Matthew apoyó una mano sobre el escritorio.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Nunca te dije qué coche estaba usando esta noche.
Silencio.
La respiración de Isabel cambió.
—Matthew…
—Buenas noches, Isabel.
Colgó.
Elena lo miró.
—Ahora sabe que estoy aquí.
—Probablemente.
—Entonces vendrá.
—Eso espero.
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Antes de que Matthew pudiera explicarse, el jefe de seguridad apareció en la puerta.
—Señor Carranza.
Su expresión era grave.
—Tiene que ver esto.
Colocó una tableta sobre el escritorio.
Las cámaras exteriores mostraban tres vehículos detenidos frente a la entrada.
Del primero descendió Isabel.
Pero no estaba sola.
Dos policías bajaron del segundo.
Y del tercero salió un hombre que Elena reconoció inmediatamente.
Señor Ambrose.
El mismo hombre de aquella habitación.
Elena retrocedió.
—No…
Matthew observó la pantalla.
—¿Qué están haciendo aquí?
El jefe de seguridad tragó saliva.
—La policía trae una orden para localizar a la señorita Vargas.
Elena sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—¿Una orden?
El hombre asintió.
—La señora Vargas afirma que Elena robó documentos confidenciales, agredió al señor Ambrose y representa un peligro para sí misma.
Isabel levantó entonces la mirada directamente hacia la cámara de seguridad.
Y sonrió.
Había llegado preparada.
Matthew se puso de pie.
—Que nadie abra la puerta.
Pero Elena señaló la pantalla.
—Espera.
Isabel sostenía algo entre las manos.
Una carpeta vieja.
Elena reconoció inmediatamente el sello de cuero.
La había visto una sola vez.
En el despacho de su padre, pocos días antes de su muerte.
—Dios mío…
Matthew giró hacia ella.
—¿Qué es?
Elena sintió que todo su cuerpo se enfriaba.
—El testamento original de mi padre.
En la pantalla, Isabel abrió la carpeta delante de los policías.
Sacó un documento.
Y mientras señalaba una página, uno de los agentes miró hacia la mansión y tomó su radio.
Entonces Elena vio algo todavía peor.
En la última página aparecía su propio nombre.
Debajo había una cláusula que jamás había visto.
Matthew amplió la imagen.
Leyó las primeras palabras.
Y su rostro cambió.
Porque aquella cláusula no hablaba simplemente de acciones.
Decía que, si Elena Vargas moría antes de cumplir veinticinco años, toda su herencia pasaría automáticamente a Isabel.