Leo obedeció.
Minutos después, el agua empezó a enfriarse.
Eleanor temblaba contra mí.
—Mamá, míreme.
Intenté mantener su rostro fuera del agua.
—Respire despacio.
Ella apretó mi muñeca.
—Clara… mi bolso.
Miré hacia las tumbonas.
Su bolso estaba allí.
Dentro llevaba su medicación.
—¡Necesita sus pastillas! —grité—. ¡Déjenme salir!
Mina cruzó los brazos.
—Cuando llegue Adrian.
Algo cambió dentro de mí.
Ya no era dolor por la infidelidad.
Era miedo real de perder a Eleanor.
—Si le ocurre algo, irán a prisión.
Mina sonrió.
—¿Y quién va a creerte?
Entonces Eleanor levantó débilmente la cabeza.
—Tú… todavía no entiendes quién soy.
—Claro que sí —se burló Mina—. Una vieja arrogante.
Eleanor cerró los ojos.
—Soy Eleanor Quinn.
Leo se quedó inmóvil.
Mina soltó una carcajada.
—¿Y se supone que debería conocer ese nombre?
Leo sí lo conocía.
Vi cómo desaparecía el color de su rostro.
—Señorita Mina…
—¿Qué?
—Eleanor Quinn es…
No terminó.
Las puertas de cristal se abrieron.
—¡Mina!
Reconocí aquella voz inmediatamente.
Adrian.
Mi esposo entró acompañado por el gerente del hotel y dos miembros de seguridad.
Mina corrió hacia él.
—¡Cariño!
Lo abrazó.
Adrian la sostuvo instintivamente.
Yo estaba todavía dentro del agua, sujetando a su madre.
Y lo vi todo.
Mina besó su mejilla.
—Esas dos mujeres me insultaron. Incluso dijeron que yo era tu amante.
Adrian levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
Su rostro se volvió blanco.
Después vio a Eleanor.
—Mamá…
Mina se quedó rígida.
—¿Qué dijiste?
Adrian la apartó.
—¡Mamá!
Corrió hacia la piscina.
—¡No me toques! —grité.
Mi voz hizo que todos se detuvieran.
—Primero sácala a ella.
Adrian saltó al agua.
Cuando sostuvo a Eleanor, notó inmediatamente lo fría que estaba.
—¿Qué demonios pasó?
—Tu amante ordenó que apagaran la calefacción —respondí—. Y tu empleado nos impidió salir.

El gerente palideció.
—¿Empleado?
Se volvió hacia Leo.
—¿Qué hiciste?
Leo retrocedió.
—Yo… pensé que la señorita Mina…
—¡Llama a emergencias! —rugió Adrian.
Fue la primera vez que lo escuché gritar.
Sacamos a Eleanor.
Los paramédicos llegaron pocos minutos después.
Mientras atendían a mi suegra, Mina intentó acercarse a Adrian.
—Cariño, yo no sabía que era tu madre.
Eleanor abrió los ojos.
—¿Eso significa que habría estado bien hacerlo si hubiera sido otra mujer?
Mina enmudeció.
Adrian la miró.
—¿Mandaste a Leo a hundirlas?
—Solo quería asustarlas.
—¿Y después impediste que salieran?
—Ellas me provocaron.
El gerente intervino:
—Señor Hawthorne, hay cámaras.
Mina giró bruscamente.
—¿Qué?
—Toda la zona está grabada.
Su rostro cambió.
Por primera vez dejó de parecer la dueña del hotel y empezó a parecer alguien que comprendía que había cometido un delito frente a varias cámaras.
Adrian se pasó una mano por el rostro.
Entonces me miró.
—Clara, déjame explicarte.
Me reí.
—¿Qué parte?
Señalé a Mina.
—¿La parte en la que ella te llama esposo?
Silencio.
—¿La parte en la que sabe que administras más de cien hoteles?
Mina intentó hablar.
—Clara…
—¿O quieres explicarme los tatuajes?
Adrian bajó instintivamente la mirada hacia su abdomen.
Ese pequeño gesto bastó.
Eleanor también lo vio.
—¿Tatuajes?
Miró la rosa junto a la clavícula de Mina.
Después a su hijo.
Su expresión se volvió glacial.
—Adrian.
—Mamá…
—Dime que no hiciste esto.
Adrian no respondió.
Eleanor cerró los ojos.
Aquello parecía haberle dolido más que el agua helada.
—Te crié para que fueras diferente de tu padre.
—Lo soy.
—No.
Ella lo miró con desprecio.
—Eres exactamente igual.
Mina, desesperada, cometió entonces su último error.
—¡No puedes hablarle así! Adrian prácticamente dirige esta empresa. Estos hoteles también son suyos.
Eleanor la miró.
Y sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa que sus ejecutivos conocían justo antes de que alguien perdiera un contrato.
—¿Eso te dijo?
Mina parpadeó.
—¿Qué?
Eleanor se incorporó lentamente.
—Clara, dame mi teléfono.
Lo saqué de su bolso.
Eleanor marcó un número.
—Marcus. Activa el protocolo de suspensión para Adrian Hawthorne.
Adrian levantó la cabeza.
—Mamá.
Ella continuó:
—Revoca desde este momento sus autorizaciones ejecutivas, tarjetas corporativas y acceso a las propiedades del grupo.
—¡Mamá, espera!
—Y quiero una auditoría completa de todos los gastos autorizados por él durante los últimos veinticuatro meses.
Mina dejó de respirar.
Eleanor colgó.
—Ahora podemos aclarar una cosa.
Miró directamente a Mina.
—Adrian administra mis hoteles. No los posee.
El silencio fue absoluto.
—Quinn Hospitality sigue siendo mío.
Mina miró a Adrian.
—Me dijiste…
Él apretó la mandíbula.
—Nunca dije que fueran míos.
—¡Me dejaste creerlo!
Eleanor soltó una risa seca.
—Y tú utilizaste esa mentira para intentar ahogar a la propietaria.
El teléfono de Adrian vibró.
Después otra vez.
Y otra.
Sus accesos corporativos estaban desapareciendo uno detrás de otro.
Mina dio un paso atrás.
—Adrian, arregla esto.
Él ni siquiera la miró.
—¿Arreglar qué?
—¡Habla con tu madre!
—Acabas de mandar a un hombre a mantenerla bajo el agua.
—¡Porque no sabía quién era!
Entonces fui yo quien respondió:
—Sigues sin entenderlo.
Me acerqué a ella.
—No importa quiénes éramos.
No tenías derecho a hacerlo con nadie.
La policía llegó poco después.
El gerente entregó las grabaciones.
Leo empezó a culpar a Mina.
Mina empezó a culpar a Leo.
Y Adrian permaneció en medio de ambos, viendo cómo el mundo secreto que había construido se derrumbaba.
Antes de subir a la ambulancia, Eleanor pidió hablar conmigo.
—Clara.
—Estoy aquí.
Me tomó la mano.
—No tomes ninguna decisión por mí.
Entendí inmediatamente.
—Mamá…
—Si quieres dejarlo, hazlo porque tú lo decidiste.
Miró a su hijo.
—No porque yo te lo ordene.
Adrian bajó la cabeza.
Eleanor fue trasladada al hospital.
Yo estaba a punto de acompañarla cuando Adrian me sujetó suavemente del brazo.
Me aparté.
—No vuelvas a tocarme.
Me soltó inmediatamente.
—Clara, por favor.
—¿Cuánto tiempo?
Cerró los ojos.
—Once meses.
Aquella respuesta dolió más de lo que esperaba.
—Once meses…
—Fue un error.
—Un error ocurre una vez.
Lo miré directamente.
—Once meses son una vida paralela.
No supo qué responder.
Subí a la ambulancia.
Eleanor se recuperó.
Leo fue despedido y quedó bajo investigación junto con Mina.
La auditoría interna, sin embargo, reveló algo que ninguno esperábamos.
Adrian había utilizado dinero corporativo para pagar habitaciones, viajes, restaurantes y regalos para Mina.
Más de doscientos mil dólares.
Pero había algo todavía peor.
Entre los documentos apareció una transferencia relacionada con un apartamento de lujo.
El beneficiario no era Mina.
Era una empresa desconocida.
Cuando Eleanor vio el nombre, su expresión cambió.
—Clara, ¿conoces esta compañía?
Negué.
Entonces el abogado deslizó otro documento hacia nosotras.
—La empresa pertenece a alguien que ustedes sí conocen.
Leí el nombre.
Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Porque aquella persona no era Mina.
Ni Adrian.
Era alguien de mi propia familia.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió.
Adrian entró pálido.
Miró el documento en mis manos.
Y por su expresión comprendí inmediatamente algo aterrador.
Él ya sabía quién estaba detrás de aquella empresa.
—Clara —susurró—, antes de que leas la siguiente página, necesito contarte lo que realmente empezó hace once meses.
Eleanor se incorporó.
—¿Qué hiciste?
Adrian me miró fijamente.
—Mina nunca fue el secreto más peligroso que te oculté.
Y entonces el abogado pasó la página.
El nombre que apareció allí hizo que incluso Eleanor Quinn dejara de respirar.