—Yann.
La pequeña serpiente levantó la cabeza.
—¿Eres tú?
Se quedó inmóvil.
Mi teléfono vibró casi inmediatamente.
Yann:
«No digas tonterías.»
Miré la pantalla.
Luego miré aquellos dos ojos dorados.
—Qué coincidencia.
La serpiente empezó a retroceder.
Sonreí.
—Entonces hagamos una prueba.
Extendí un dedo y le acaricié suavemente la cabeza.
Mi teléfono vibró.
«Tao.»
Le acaricié otra vez.
Nuevo mensaje.
«Déjala.»
Mis ojos se abrieron.
—¿Por qué? Parece gustarle.
La serpiente negó frenéticamente con la cabeza.
El teléfono volvió a vibrar.
«NO LE GUSTA.»
Casi dejé caer el móvil.
Aquello ya no podía ser una coincidencia.
Los comentarios flotantes aparecieron frente a mí.
“Finalmente empieza a entenderlo.”
“Yann está acabado.”
“¡Que no vuelva a besarla!”
“¿Por qué? ¡QUE LA BESE!”
Me quedé mirando aquella última frase.
La serpiente también parecía estar mirando los comentarios.
—¿Tú puedes verlos?
Se congeló.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Yann.
La serpiente retrocedió.
—Si realmente eres tú…
La levanté cuidadosamente.
—…voy a besarte otra vez.
El animal empezó a retorcerse desesperadamente.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Yann me estaba llamando.
Contesté.
—Tao.
Su voz estaba extrañamente tensa.
—Bájala.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Eso no es una explicación.
—Tao.
Acerqué lentamente la serpiente a mi rostro.
—Voy a hacerlo.
—¡No!
Le di un pequeño beso en la cabeza.
Silencio.
La serpiente quedó completamente rígida.
Al otro lado de la llamada tampoco se escuchó nada.
—¿Yann?
Nada.
—¿Yann?
Entonces escuché algo parecido a un golpe.
—¿Te caíste?
—No.
Su voz sonó ahogada.
Miré la serpiente.
Estaba intentando enterrarse debajo de una manta diminuta.
Y de repente lo entendí.
—Lo sentiste.
Silencio.
—Yann, sentiste el beso.
—No.
—Mentiroso.
—Tao…
—Te besaré otra vez.
—¡No hace falta demostrarlo!
Me quedé petrificada.
Él también.
Los comentarios explotaron.
“¡SE DELATÓ!”
“JAJAJAJA.”
“Cinco años escondiéndolo y cayó por un beso.”
Me tapé la boca.
—Dios mío.
—Tao, escucha…
—¡¿ME MANDASTE UNA PARTE DE TI EN UNA CAJA?!
—No exactamente.
—¡¿ENTONCES QUÉ ES?!
Yann suspiró.
—Un avatar.
Miré la serpiente.
—¿Un qué?
—Una extensión física vinculada a mí.
—¿Y sientes lo que ella siente?
Otra pausa.
—Parte.
Mis mejillas comenzaron a arder.
Recordé todo.
Las caricias.
Las veces que la había sostenido contra mi pecho.
Y aquella mañana en que desperté abrazándola debajo de la barbilla.
—Yann.
—Sí.
—Cuando dijiste «no la aprietes así»…
—Olvídalo.
—¡Lo sentiste!
—He dicho que lo olvides.
Su voz estaba tan avergonzada que, contra toda lógica, empecé a reír.
—¡Eres tú!
—Tao.
—¡Llevo tres días durmiendo contigo!
—¡POR ESO TE DIJE QUE LA DEJARAS EN SU CAJA!
Me quedé callada.
Después me reí todavía más.
La pequeña serpiente desapareció completamente bajo la manta.
Pero entonces recordé algo.
Mi sonrisa se apagó.
—¿Por qué?

Yann guardó silencio.
—¿Por qué me enviaste esto?
—Quería asegurarme de que estabas bien.
—Podías llamarme.
—No siempre contestas.
Aquello dolió.
—¿Y por qué una serpiente?
Esta vez tardó demasiado en responder.
—Porque es lo que soy.
Dejé de respirar.
—¿Qué?
—Tao, hay cosas sobre mí que nunca te conté.
Los comentarios aparecieron.
“La secundaria está a punto de descubrirlo.”
“Ahora entenderá por qué nunca pudieron encontrarse.”
“Ella cree que era la única que escondía algo.”
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Yann habló lentamente.
—Me preguntaste muchas veces por qué nunca encendía mi cámara cuando tú tampoco lo hacías.
—Sí.
—Y siempre te decía que era porque quería respetar tus límites.
—Sí.
—No era toda la verdad.
La serpiente salió lentamente de debajo de la manta.
—Mi familia no es humana.
Me reí nerviosamente.
—Muy gracioso.
—No estoy bromeando.
Mi sonrisa desapareció.
Yann continuó:
—Podemos mantener apariencia humana durante largos periodos, pero nuestra forma original es diferente.
Miré los ojos dorados frente a mí.
—¿Serpientes?
—Algo parecido.
Mi cerebro dejó de funcionar durante varios segundos.
—Entonces…
Recordé la novela que había leído la noche anterior.
Sentí que me ardían las orejas.
—No importa.
—¿Qué ibas a preguntar?
—Nada.
—Tao.
—¡Nada!
Los comentarios comenzaron a reírse de mí.
Los ignoré.
Había algo mucho más importante.
—Entonces ¿por qué terminaste conmigo?
La serpiente bajó la cabeza.
Al otro lado de la llamada, Yann permaneció en silencio.
—¿Porque eres… diferente?
—No.
—¿Porque yo no quería conocerte?
—No.
—Entonces dime la verdad.
Su respiración cambió.
—Porque el día de tu cumpleaños sentí algo a través del vínculo.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué cosa?
—Dolor.
Se me helaron las manos.
—Mucho.
No respondí.
—Te llamé treinta y siete veces, Tao.
Cerré los ojos.
—Lo sé.
—Y después desapareciste durante veinticuatro horas.
—Ya te dije que estaba enferma.
—Mentiste.
Aquella palabra fue suave.
Pero dio exactamente donde dolía.
—Y cuando regresaste —continuó— actuaste como si nada hubiera ocurrido.
Apreté el teléfono.
—No podía decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque entonces habrías querido venir.
—Claro que habría ido.
—Precisamente por eso.
Silencio.
Ahora era él quien parecía confundido.
—Tao… ¿qué estás escondiendo?
Los comentarios dejaron de moverse.
Eso me asustó más que cualquier cosa.
Durante cinco años había ocultado mi rostro.
Durante cinco años había rechazado cada encuentro.
No porque no confiara en Yann.
Sino porque existía algo que no podía permitir que viera.
Me levanté.
Fui hasta el espejo.
Mis dedos tocaron lentamente el borde del pañuelo que siempre llevaba alrededor del cuello.
—Dijiste que querías conocerme en persona.
—Sí.
—¿Todavía quieres?
Yann respondió sin vacilar.
—Sí.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
—Entonces ven mañana.
Silencio absoluto.
Incluso la pequeña serpiente levantó la cabeza de golpe.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—Tao, si hago el viaje, no voy a aceptar otra excusa.
Tragué saliva.
—No habrá ninguna.
Colgamos una hora después.
Aquella noche apenas dormí.
A la mañana siguiente, Yann me envió un mensaje.
«Estoy aquí.»
Mis manos empezaron a temblar.
La serpiente dorada estaba inquieta desde hacía minutos.
Entonces sonó el timbre.
Me acerqué lentamente a la puerta.
Los comentarios reaparecieron.
“Finalmente.”
“Cinco años.”
“Cuando él vea lo que ella es…”
La frase desapareció.
Abrí.
Un hombre alto esperaba al otro lado.
Cabello oscuro.
Piel pálida.
Y unos ojos dorados que reconocí inmediatamente.
Yann.
Ninguno habló.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
Por primera vez me estaba viendo completamente.
Pero no pareció decepcionado.
Parecía emocionado.
—Tao.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Hola.
Yann dio un paso hacia mí.
Entonces se detuvo.
Su mirada descendió.
Hasta mi cuello.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Qué tienes ahí?
Instintivamente cubrí el pañuelo con la mano.
—Nada.
—Tao.
Retrocedí.
—No.
Pero él ya había visto una pequeña marca asomando debajo de la tela.
Y algo cambió en sus ojos.
No fue rechazo.
Fue reconocimiento.
—¿Quién te hizo esa marca?
Mi corazón se detuvo.
—¿La conoces?
Yann palideció.
La pequeña serpiente comenzó a agitarse dentro de su caja.
Entonces aparecieron nuevos comentarios.
Esta vez no se burlaban de mí.
“Ya es demasiado tarde.”
“Él finalmente la encontró.”
“Pero Tao todavía no sabe por qué Yann pudo sentir su dolor aquella noche.”
Y apareció una última frase.
“Porque ese vínculo nunca comenzó cuando él le envió la serpiente.”
Miré a Yann.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió.
Solo miraba la marca oculta bajo mi pañuelo.
Finalmente levantó los ojos hacia mí.
Y dijo algo que hizo que todo mi cuerpo se enfriara.
—Tao… esa marca pertenece a mi familia.