Parte 2: VIVIAN HABÍA OCUPADO MI CASA, PERO EL EXPEDIENTE QUE ME ENTERRÓ DURANTE TRES AÑOS EMPEZÓ A DESMORONARSE

Vivian Hart seguía siendo hermosa.

Tres años no parecían haber pasado por ella.

Abrigo color crema, cabello perfectamente recogido, pendientes que reconocí inmediatamente porque habían pertenecido a mi madre.

Mis pendientes.

Los miré.

Después miré a Adrian.

Él también se dio cuenta.

—Vivian, quítatelos.

Ella parpadeó.

—¿Perdón?

—Los pendientes. Quítatelos.

—Adrian, llevamos media hora conduciendo para encontrarla y ¿eso es lo primero que vas a decirme?

Continué subiendo.

—Claire, espera —pidió Adrian.

No lo hice.

Escalón sesenta y cuatro.

Sesenta y cinco.

Sesenta y seis.

Mi pierna derecha volvió a tensarse, pero seguí.

Vivian me alcanzó primero.

—Claire, tenemos que hablar.

Me giré.

Durante años había imaginado aquel encuentro.

Pensaba que gritaría.

Que le preguntaría cómo pudo declarar que me vio sujetar un cuchillo sobre Adrian aquella noche.

Pero solo pregunté:

—¿Mi habitación sigue igual?

Vivian palideció.

—¿Qué?

—Adrian dijo que podía volver a casa. Quería saber si mi habitación sigue siendo mía.

Ella miró hacia él.

Fue una mirada diminuta.

Casi imperceptible.

Pero la vi.

Miedo.

Adrian también.

—Vivian vive en la casa de invitados —dijo.

Sonreí débilmente.

—Entonces alguien me mintió.

Saqué del bolsillo un papel doblado.

La noche anterior, al regresar al edificio abandonado, lo había encontrado bajo la puerta.

No tenía remitente.

Solo una frase:

“Si quieres saber quién vive realmente tu vida, pregunta por la habitación azul.”

Se lo entregué a Adrian.

Su rostro cambió.

Vivian intentó arrebatárselo.

—Esto es absurdo.

Adrian apartó la mano.

—¿Quién sabe lo de la habitación azul?

Ella no respondió.

Yo sí.

—Mi padre.

La habitación azul había sido su despacho privado.

Después de su muerte permaneció cerrada.

Allí guardaba documentos familiares, acciones y correspondencia.

Adrian me había prometido que nadie entraría jamás.

—La cerradura fue cambiada hace dos años —dijo él lentamente.

Lo miré.

—Mientras yo estaba internada.

Silencio.

Vivian se cruzó de brazos.

—Claire estaba enferma. Había que administrar sus propiedades.

—¿Mis propiedades?

Adrian giró hacia ella.

—Me dijiste que únicamente organizaste los documentos fiscales.

Vivian perdió la sonrisa.

Yo seguí subiendo.

Noventa y siete.

Noventa y ocho.

En el escalón noventa y nueve, me detuve.

El monasterio apareció frente a mí.

Cerré los ojos.

—Feliz cumpleaños, papá —susurré.

—Feliz cumpleaños, señorita Bennett.

Abrí los ojos.

Un anciano sacerdote estaba junto a la entrada.

Padre Michael.

Había sido amigo de mi padre.

Creí que no me reconocería.

Pero descendió lentamente y tomó mis manos.

—Te hemos esperado mucho tiempo.

Adrian frunció el ceño.

—¿Esperado?

El sacerdote miró a Vivian.

—No a ustedes.

Después me entregó una llave.

—Tu padre dejó algo aquí.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Cuándo?

—Seis meses antes de morir.

—Yo ya estaba internada.

—Precisamente.

Vivian dio un paso.

—Claire no está en condiciones de recibir documentos legales.

El padre Michael la miró con una frialdad inesperada.

—Según la resolución judicial emitida hace cuarenta y ocho horas, la señora Bennett ya no está sometida a ninguna tutela médica ni patrimonial.

Adrian se volvió hacia mí.

—¿Qué resolución?

Yo tampoco lo sabía.

El sacerdote explicó:

—Un abogado llamado Samuel Price solicitó revisar su internamiento después de recibir unos documentos anónimos.

Adrian palideció.

—Price era el abogado de Robert Bennett.

Mi padre.

Entramos.

En una pequeña oficina esperaba un hombre de cabello canoso.

Se levantó al verme.

—Claire.

—Señor Price.

Había envejecido.

Pero recordaba aquellos ojos.

—Le fallé a tu padre —dijo—. Y también a ti.

Colocó una caja sobre la mesa.

Dentro había expedientes médicos.

Órdenes judiciales.

Estados bancarios.

Y una grabadora.

—Tu internamiento se autorizó basándose en tres elementos —explicó—: el testimonio de Vivian, la declaración de Adrian y una evaluación psiquiátrica.

Miré a Adrian.

—Yo nunca dije que estuvieras loca —respondió inmediatamente—. Declaré que te encontré desorientada y que temía por nuestra seguridad.

—Fue suficiente.

Price levantó un documento.

—Pero hay un problema mucho mayor.

La evaluación que recomendó mi internamiento estaba firmada por el doctor Henry Lawson.

—Mi psiquiatra.

—No.

Price colocó dos documentos juntos.

—El doctor Lawson que aparece aquí había muerto once meses antes de firmar esta evaluación.

Nadie habló.

Adrian tomó el papel.

—Eso es imposible.

—Alguien utilizó sus credenciales.

Vivian comenzó a retroceder.

—Tengo que irme.

Adrian bloqueó la puerta.

—No.

—No puedes retenerme.

—Entonces quédate voluntariamente y explícame por qué llevas puestos los pendientes de Claire y por qué entraste en el despacho de su padre.

Price abrió otra carpeta.

—Quizá esto ayude.

Eran movimientos bancarios.

Durante mis tres años internada, habían desaparecido millones del fideicomiso que mi padre me dejó.

El dinero había terminado repartido entre varias sociedades.

Una pertenecía a Vivian.

Pero otra hizo que Adrian se sentara.

Cole Strategic Holdings.

Su propia empresa.

—Yo nunca autoricé esto.

Price lo miró.

—Su firma aparece en diecisiete transferencias.

—Falsificaron mi firma.

Vivian soltó una carcajada nerviosa.

—Qué conveniente.

Adrian levantó la cabeza.

Y entonces comprendí algo.

Tal vez Adrian me había abandonado. Pero alguien también lo había utilizado a él.

Price pulsó la grabadora.

La voz de mi padre llenó la habitación.

“Claire, si estás escuchando esto, significa que no pude sacarte de St. Catherine.”

Mis piernas cedieron.

Me senté.

Mi padre sabía dónde estaba.

“Descubrí quién falsificó los documentos. También descubrí por qué necesitaban declararte incapaz.”

Vivian estaba completamente blanca.

La grabación continuó.

“No quieren únicamente tu fideicomiso.”

Una pausa.

“Quieren algo que tu madre dejó a tu nombre y que ni siquiera Adrian conoce.”

Adrian me miró.

Yo tampoco entendía.

Entonces se escucharon golpes en la grabación.

Mi padre respiró agitadamente.

“Si me ocurre algo, Samuel debe abrir la caja negra el día que Claire vuelva al monasterio.”

La grabación terminó.

Price miró la llave que yo todavía sostenía.

—Esa llave abre la caja.

Fuimos hasta una pequeña bóveda detrás de la sacristía.

Introduje la llave.

Dentro había una carpeta negra y una fotografía.

La fotografía cayó al suelo.

Adrian la recogió.

Su expresión se transformó.

—Claire…

Me la entregó.

Aparecía mi madre sosteniendo a un bebé.

Yo.

Junto a ella había otro hombre.

En la parte posterior, mi padre había escrito:

“El hombre que aparece aquí es la razón por la que Claire nunca debe ser declarada legalmente incapaz.”

Debajo había un nombre.

Lo leí.

Y sentí que todo el monasterio se inclinaba.

Porque aquel hombre no era un desconocido.

Era el padre de Adrian.

Antes de que pudiera preguntar nada, sonaron sirenas fuera.

Price miró por la ventana.

Dos vehículos policiales acababan de detenerse.

Vivian sonrió por primera vez.

—Llegaron.

Adrian la miró.

—¿Quiénes?

Ella clavó los ojos en mí.

—La policía.

—¿Por qué?

Vivian inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque mientras ustedes subían esos noventa y nueve escalones, alguien encontró al antiguo director de St. Catherine muerto en su apartamento.

Sentí un frío profundo.

Entonces añadió:

—Y la última persona registrada entrando en su edificio esta mañana…

Hizo una pausa.

—Fue Claire Bennett.

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