Giovanni golpeó nuevamente el brazo de la silla.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después señaló hacia arriba.
Lorenzo siguió la dirección de su dedo.
—¿La habitación de mi padre?
La señora Gable reaccionó demasiado rápido.
—Señor Moretti, Giovanni está confundido. Después del derrame, a veces—
El anciano golpeó la silla con tanta fuerza que su mano tembló.
Lorenzo volvió lentamente la cabeza.
—¿Confundido?
—Los médicos dijeron que su capacidad cognitiva—
—¿Qué médicos?
La señora Gable se quedó callada.
Yo también.
Pero Giovanni no.
Con un esfuerzo que parecía costarle cada músculo de su cuerpo, señaló a la señora Gable.
Después señaló mis brazos.
Luego se señaló a sí mismo.
La acusación era imposible de malinterpretar.
La sonrisa desapareció definitivamente del rostro de aquella mujer.
—Subamos —ordenó Lorenzo.
—No es necesario.
—No te pregunté.
Uno de sus hombres empujó la silla de Giovanni.
Yo permanecí junto a la escalera.
Lorenzo se detuvo.
—Tú también.
—Señor, yo—
—Por favor.
Aquella palabra me sorprendió más que una orden.
Subí.
Cuando llegamos al dormitorio de Giovanni, Lorenzo abrió la puerta.
El aire frío salió al pasillo.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Por qué demonios hace tanto frío aquí?
Nadie respondió.
Entró.
Vio la cama.
La manta delgada.
El radiador desconectado.
La bandeja del desayuno todavía estaba sobre una mesa.
Avena endurecida.
Una taza de agua.
Lorenzo tocó el plato.
—Está helado.
La señora Gable tragó saliva.
—Su padre tiene problemas para comer alimentos calientes.
Giovanni emitió un sonido áspero.
Después miró hacia mí.
Supe lo que quería.
—Eso no es verdad.
Todos se giraron.
Mis manos comenzaron a temblar.
La señora Gable me fulminó con la mirada.
—Cállate.
Lorenzo se volvió hacia ella.
—No vuelvas a hablarle así.
La habitación quedó inmóvil.
Respiré profundamente.
—Cuando empecé a trabajar aquí, le daban comida fría casi todos los días. La calefacción permanecía apagada muchas horas.
—Mentira —dijo Gable.
—Yo empecé a traerle comida de la cocina.
—¡La robaba!
—La pagaba con mis propinas cuando era necesario.
Lorenzo miró la manta térmica.
—¿También compraste eso?
Asentí.
Giovanni levantó trabajosamente dos dedos.
Después señaló el pequeño armario.
Uno de los hombres de Lorenzo lo abrió.
Dentro había medicamentos.
Docenas de cajas.
El hombre revisó las etiquetas.
—Jefe.
—¿Qué?
—Varias están prácticamente llenas.
Lorenzo tomó una.
Miró la fecha.
Después otra.
—¿Quién administraba la medicación?
La señora Gable palideció.
—Yo supervisaba al personal.
—Eso no responde.
Giovanni golpeó una vez.
Y la señaló.
Lorenzo dejó lentamente la caja sobre la mesa.
—Quiero al médico de mi padre aquí hoy.
—La tormenta—
—Entonces traeremos uno nosotros.
Sacó el teléfono.
Veinte minutos después, un médico privado venía escoltado hacia la propiedad.
La revisión duró casi una hora.
Yo esperaba en el pasillo cuando Lorenzo salió.
Tenía la mandíbula rígida.
—Mi padre no debería haber estado en esas condiciones.
Nadie habló.
—Está deshidratado. Tiene lesiones por presión. Y existen indicios de que no recibió correctamente parte de su medicación durante meses.
La señora Gable retrocedió.
—Yo seguía instrucciones.
—¿De quién?
Silencio.
Giovanni volvió a golpear la silla.
Esta vez señaló el escritorio.
Me acerqué.
—¿Quiere algo de ahí?
Parpadeó una vez.
Abrí el primer cajón.
Vacío.
El segundo también.
En el tercero encontré un cuaderno viejo.
Giovanni comenzó a respirar más deprisa.
Se lo entregué.
No podía escribir bien.
Pero logró abrirlo.

Las páginas estaban llenas de líneas torcidas.
Fechas.
Iniciales.
Cantidades.
Lorenzo tomó el cuaderno.
—¿Qué es esto?
Giovanni señaló una página.
G. 14 FEB. MEDICINA.
Otra.
G. 3 MAR. BANCO.
Otra.
R.M. 21 MAR. FIRMA.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—¿Quién es R.M.?
La señora Gable bajó los ojos.
Giovanni golpeó tres veces.
Uno de los hombres de Lorenzo habló:
—Jefe… esas son las iniciales de Rafael Moretti.
El tío de Lorenzo.
El hombre que había administrado gran parte de los negocios familiares desde el derrame de Giovanni.
Lorenzo cerró el cuaderno.
—Encuéntrenlo.
Entonces Giovanni me señaló.
Después señaló mi vientre.
Y luego hizo algo extraño.
Llevó lentamente la mano hacia su propio pecho.
—¿Qué intenta decir? —preguntó Lorenzo.
No lo sabía.
Giovanni insistió.
Yo.
Mi bebé.
Él.
Después señaló el pequeño armario otra vez.
Busqué dentro.
Detrás de las medicinas encontré un sobre.
Tenía mi nombre.
EMILY CARTER.
Se me helaron las manos.
—Yo nunca había visto esto.
Lorenzo lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Brody.
Mi novio desaparecido.
Estaba sentado en un restaurante frente a Rafael Moretti.
La fecha era de siete meses atrás.
Antes de que Brody desapareciera.
—No entiendo —susurré.
Lorenzo encontró otro documento.
Era una transferencia bancaria.
Cincuenta mil dólares.
De una sociedad vinculada a Rafael.
A Brody.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Brody me dijo que debía dinero por apuestas.
—Quizá te mintió —dijo Lorenzo.
Giovanni empezó a agitarse.
Me acerqué inmediatamente.
—Tranquilo.
Entonces hizo un esfuerzo desesperado.
Sus labios se movieron.
Al principio solo salió aire.
Lorenzo se arrodilló delante de él.
—Papá.
Giovanni volvió a intentarlo.
Cinco años sin hablar.
Cinco años atrapado dentro de su propio cuerpo.
Finalmente salió una palabra quebrada.
—Ni…ña.
Me quedé inmóvil.
Su dedo apuntaba a mi vientre.
—Sí —susurré—. Es una niña. Lily.
Giovanni negó violentamente.
—¿Qué ocurre?
Volvió a hablar.
Esta vez fueron dos palabras.
—No… Brody.
El mundo pareció detenerse.
Instintivamente protegí mi vientre.
—¿Qué está diciendo?
Giovanni comenzó a llorar.
Lorenzo tomó la fotografía de Brody y Rafael.
—Papá, ¿sabes algo sobre el padre del bebé?
Giovanni parpadeó.
Una vez.
Sí.
Entonces uno de los hombres de Lorenzo entró apresuradamente.
—Jefe, encontramos a Rafael.
—Tráiganlo.
—Hay otro problema.
Le entregó una tableta.
—Revisamos las cuentas mencionadas en el cuaderno. Rafael llevaba años retirando dinero de las propiedades de Giovanni.
—¿Cuánto?
—Más de treinta millones.
Lorenzo no apartó los ojos de la pantalla.
—¿Y Brody?
El hombre tragó saliva.
—La transferencia de cincuenta mil no fue la única.
Apareció otra operación.
Doscientos cincuenta mil dólares.
Fecha: dos días después de que Brody me abandonara.
Concepto:
CARTER — EMBARAZO CONFIRMADO.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué alguien pagaría por confirmar mi embarazo?
Nadie respondió.
Entonces Giovanni extendió la mano hacia Lorenzo y, con los dedos temblando, agarró la manga de su hijo.
Lo miró directamente.
Después me señaló.
Luego señaló mi vientre.
Y finalmente señaló a Lorenzo.
El rostro de Lorenzo perdió todo color.
—No —susurró.
Giovanni parpadeó una vez.
Sí.
Y por primera vez desde que había llegado a aquella mansión, comprendí que yo nunca había conseguido aquel trabajo por casualidad.
Alguien había querido mantenerme cerca de Giovanni.
Cerca de los Moretti.
Y fuera quien fuera el verdadero padre de Lily, Giovanni llevaba meses intentando encontrar la forma de decírnoslo.