Parte 2: LA FAMILIA LANCASTER VINO A CONOCER AL BEBÉ Y CALEB EMPEZÓ A SOSPECHAR QUE ERA SUYO

A las nueve de la mañana siguiente sonó el timbre.

Yo todavía estaba en pijama.

—¿Ya están aquí?

Caleb miró tranquilamente su reloj.

—Mi madre considera llegar diez minutos antes una demostración de puntualidad.

—¿Y consideraría esperar mientras huyo por la ventana una demostración de prudencia?

Me miró el vientre.

—Estamos en el piso veintisiete.

—Entonces moriré casada.

Por primera vez, vi claramente una sonrisa en su rostro.

Duró medio segundo.

Luego abrió la puerta.

Entraron tres personas.

Una mujer elegantísima de unos cincuenta años.

Un hombre mayor de cabello plateado.

Y una joven que me observó como si yo fuera una ecuación que acababa de arruinarle la mañana.

La mujer fue directamente hacia Caleb.

—¿Te volviste loco?

—Buenos días, madre.

Entonces me miró.

Sus ojos bajaron hasta mi barriga.

—Gianna Hayes.

—Señora Lancaster.

—Eleanor.

El hombre mayor pasó junto a ella.

—Yo soy Theodore, abuelo de este idiota.

Me estrechó la mano.

—Bienvenida.

Eleanor lo fulminó.

—Papá.

—¿Qué? Por fin Caleb hizo algo interesante.

La joven soltó una risa.

—Yo soy Olivia, su prima.

Después señaló mi vientre.

—¿Cuándo nace?

—En unos tres meses.

—¿Niño o niña?

—Todavía no—

—Niño —dijo Caleb.

Todos lo miramos.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

Caleb frunció el ceño.

—Compraste zapatos azules.

—¡Porque estaban rebajados!

Theodore comenzó a reír.

Eleanor no.

—Necesito hablar contigo a solas —le dijo a Caleb.

—Puedes hablar delante de Gianna.

—Esto concierne a Evelyn.

Sentí que el ambiente cambiaba.

La mujer que debía casarse con él.

Me levanté.

—Puedo ir al dormitorio.

Caleb me sujetó suavemente por la muñeca.

—No.

Después miró a su madre.

—Evelyn decidió no presentarse. Yo decidí casarme con otra persona. Fin de la historia.

—¡Llevábamos un año preparando esa unión!

—Vosotros la preparabais.

Eleanor respiró profundamente.

—¿Y ahora pretendes criar al hijo de otro hombre?

Mi espalda se tensó.

Caleb también.

—Ese tema no vuelve a utilizarse para insultarla.

—Solo digo la verdad.

—Entonces dilo con respeto.

Nadie había hablado por mí de aquella manera en mucho tiempo.

Quizá por eso la culpa dolió todavía más.

Porque el hombre que estaba defendiendo a mi hijo era precisamente el hombre al que yo estaba ocultándole que probablemente era suyo.

Theodore, entretanto, me observaba con demasiada atención.

—Gianna —preguntó—, ¿de cuánto exactamente estás?

Se me secó la boca.

—Veintisiete semanas.

El anciano miró a Caleb.

Después otra vez a mí.

—Curioso.

—¿Qué tiene de curioso? —pregunté demasiado rápido.

—Nada.

Pero su sonrisa decía lo contrario.

La conversación terminó cuando el bebé me dio una patada particularmente fuerte.

Hice una mueca.

Caleb se acercó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada. Se está moviendo.

—¿Puedo?

Su mano quedó suspendida a centímetros de mi vientre.

Esperando permiso.

Asentí.

Caleb apoyó la palma.

El bebé pateó.

Su expresión cambió por completo.

Aquella frialdad habitual desapareció.

—Otra vez —murmuró.

Como si el niño pudiera obedecerlo, llegó otra patada.

Theodore dejó lentamente su taza.

—Exactamente igual.

Eleanor lo miró.

—Papá.

—¿Igual a qué? —pregunté.

El anciano sonrió.

—Caleb hacía eso. Siempre pateaba dos veces cuando alguien apoyaba una mano.

Casi me atraganté.

—Todos los bebés patean.

—Claro —dijo Theodore.

Demasiado divertido.

Después del almuerzo se marcharon.

Todos excepto Eleanor.

Antes de salir, se acercó a mí.

—No sé qué ocurrió entre tú y Caleb años atrás.

Me quedé inmóvil.

—Pero sí sé que mi hijo no ha mirado a ninguna mujer como te mira a ti.

Bajó la voz.

—No le mientas sobre algo que pueda destruirlo.

Sentí que aquellas palabras atravesaban exactamente el lugar donde guardaba mi secreto.

Esa tarde tenía revisión prenatal.

Pensaba ir sola.

Caleb apareció junto a la puerta con las llaves.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Gianna.

—Caleb.

Nos miramos.

Cinco minutos después estaba en su coche.

En la clínica, la enfermera nos hizo pasar juntos.

—¿El padre también quiere ver la ecografía?

Abrí la boca.

Caleb respondió primero.

—Soy su marido.

La enfermera sonrió.

—Entonces venga.

Quise corregirla.

No pude.

La pantalla se iluminó.

Apareció el perfil del bebé.

Caleb se quedó absolutamente quieto.

Yo también.

—Todo parece perfecto —dijo la doctora—. Crecimiento adecuado. Corazón fuerte.

Entonces amplió la imagen.

—Y ahora sí puedo confirmarlo. Es niño.

Caleb me miró.

—Los zapatos tenían razón.

Me reí nerviosamente.

La doctora continuó revisando mi expediente.

—Por cierto, veo que todavía falta completar el historial médico paterno.

Mi corazón se detuvo.

—No conocemos al padre —dije.

Caleb bajó lentamente la mirada hacia mí.

La doctora asintió.

—Entiendo. Solo preguntaba porque encontramos un marcador hereditario poco común en la prueba prenatal. No es peligroso, pero sería útil compararlo.

Sentí frío.

—¿Qué marcador?

La doctora mencionó un término que no comprendí.

Caleb sí.

Su rostro cambió.

—Repítalo.

Ella lo hizo.

Caleb dejó de respirar durante un segundo.

—Yo tengo esa variante.

La habitación quedó en silencio.

La doctora levantó la cabeza.

—¿Usted?

—Sí. Está documentada desde mi infancia.

Me incorporé demasiado rápido.

—Puede ser coincidencia.

La doctora vaciló.

—Es posible.

Aquella pausa me condenó.

—¿Qué tan posible? —preguntó Caleb.

—Es una variante bastante rara.

No quise mirarlo.

La doctora terminó la consulta y salió para solicitar unos documentos.

Entonces quedamos solos.

Caleb cerró la puerta.

—Gianna.

—No empieces.

—Mírame.

—Estoy cansada.

—¿Cuándo concebiste a este bebé?

—Ya te dije—

—No.

Su voz había cambiado.

Ya no era el hombre divertido que discutía por zapatitos azules.

Era Caleb Lancaster.

El hombre que siempre encontraba la respuesta correcta.

—Me dijiste que era de tu exmarido.

Guardé silencio.

—También dijiste que venías al Registro Civil a divorciarte.

—Caleb…

—Pero ayer pedí a mi abogado que preparara nuestro acuerdo matrimonial.

Mi sangre se heló.

Él sacó el teléfono.

—Necesitaba confirmar tu estado civil anterior.

No podía respirar.

—Y encontró algo bastante interesante.

Levantó la pantalla.

Nunca había existido ningún matrimonio anterior a nuestro nombre.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—No aquí.

—Entonces dime solamente una cosa.

Se acercó.

—¿Quién es el padre?

Mis ojos ardieron.

En ese momento regresó la doctora con una carpeta.

—Señor Lancaster, encontré su expediente infantil.

Caleb no apartó los ojos de mí.

—Doctora, quiero hacerme una prueba de paternidad.

Mi corazón golpeó violentamente.

—Caleb…

—Si no soy el padre, nunca volveré a preguntarlo.

Después miró mi vientre.

—Pero si lo soy, quiero saber por qué llevas seis meses escondiéndome a mi propio hijo.

La doctora permaneció incómodamente callada.

Y yo comprendí que ya no tenía salida.

Porque Caleb todavía creía que mi mayor mentira era haber inventado un exmarido.

No sabía que existía otra.

Una mucho peor.

La mañana posterior a nuestra noche juntos, yo no había sido quien desapareció primero.

Había encontrado una nota de Caleb diciéndome que no lo buscara.

Una nota que él acababa de jurarme, mirándome directamente a los ojos, que jamás había escrito.
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