PARTE 2: EL CERTIFICADO DE MI MUERTE EXISTÍA ANTES DE QUE YO DECIDIERA DESAPARECER

Miré aquel certificado durante tanto tiempo que las letras empezaron a perder sentido.

EMMA JIANG.

Mi nombre.

Mi fecha de nacimiento.

Incluso mi número de identificación.

Y debajo, una fecha de muerte situada exactamente tres años después de aquel día.

—Esto es falso.

Olivia no respondió.

—¿Quién hizo esto?

—No lo sé.

—¿Alexander?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

Levanté la mirada.

—Entonces explícame por qué él tenía una fotografía mía saliendo de un hospital antes de conocerlo.

Olivia entrelazó los dedos.

—Porque Alexander te conocía mucho antes de que tú lo conocieras a él.

Sentí un escalofrío.

—Eso no tiene sentido.

—Hace cuatro años sufriste un accidente.

Fruncí el ceño.

—Nunca sufrí ningún accidente.

Olivia palideció.

—Eso es lo que temíamos.

—¿Quiénes?

No respondió.

Cogí la fotografía.

El hospital del fondo era inconfundible.

Y yo llevaba una pulsera médica.

—¿Qué me pasó?

—No deberías preguntármelo a mí.

—Pues Alexander acaba de divorciarse de mí.

Olivia soltó una risa amarga.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

Se inclinó hacia mí.

Él quería que te fueras antes de que llegara esa fecha.

Miré nuevamente el certificado.

—¿Por eso fingiste ser su primer amor?

—Yo sí fui su primer amor.

Aquello dolió más de lo que quería admitir.

—Pero terminó muchos años antes de vuestro matrimonio —continuó—. Cuando regresé, Alexander me pidió que dejara que todos pensaran otra cosa.

—¿Para obligarme a divorciarme?

—Para darte una razón para desaparecer sin que nadie sospechara que él te estaba ayudando.

Me puse de pie.

—Esto es absurdo.

—Emma.

—No. Si quería protegerme, podía hablar conmigo.

—Lo intentó una vez.

Me detuve.

—¿Cuándo?

—La noche antes de vuestra boda.

No recordaba nada extraño aquella noche.

Olivia me observó.

—Te preguntó por un incendio.

Un dolor súbito atravesó mi cabeza.

Una habitación blanca.

Humo.

Alguien gritando mi nombre.

Y después nada.

Me sujeté a la mesa.

—¿Qué ocurre?

—No lo sé.

Mentí.

Guardé el certificado dentro del bolso.

—Mi vuelo sale mañana.

—Entonces vete.

La miré sorprendida.

—¿No vas a detenerme?

—Emma, llevo tres años esperando que hagas exactamente eso.

Al día siguiente abandoné China.

Natalie fue la única persona que conoció mi destino.

O eso creí.

Tres semanas después, un pequeño periódico publicó que una mujer china llamada Emma Jiang había fallecido durante un accidente marítimo en el extranjero.

No había cuerpo recuperado.

Yo no corregí la noticia.

Dejé que el mundo creyera que estaba muerta.

Cambié de apellido.

Me instalé en Zúrich.

Trabajé.

Volví a estudiar.

Y durante tres años intenté no pronunciar el nombre Alexander Lu.

Nunca funcionó.

Lo buscaba algunas noches.

No se había casado con Olivia.

No se había casado con nadie.

Mientras tanto, yo empecé a recuperar recuerdos.

Fragmentos.

El hospital.

Alexander sentado junto a mi cama.

Una mujer diciéndole:

—Si recuerda aquella noche, todos tendremos un problema.

Y una palabra que aparecía una y otra vez.

Jade.

Tres años después recibí una llamada de Natalie.

—Emma, Alexander va a casarse.

Mi corazón reaccionó antes que mi orgullo.

—¿Con Olivia?

—Sí. Mañana registran el matrimonio.

Cerré los ojos.

—Bien por ellos.

Pero al día siguiente ocurrió algo que ninguno esperaba.

Alexander y Olivia llegaron al Registro Civil.

La funcionaria introdujo sus datos.

Después miró la pantalla.

Y palideció.

—Señor Lu, no puedo registrar este matrimonio.

Alexander frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Existe una incidencia relacionada con su matrimonio anterior.

Olivia se tensó.

—Está divorciado.

—Sí.

La funcionaria volvió a leer.

—Pero su exesposa aparece registrada como fallecida.

Alexander quedó inmóvil.

—Lo sé.

—Ese no es el problema.

Giró ligeramente el monitor.

El sistema indica que el certificado de defunción fue generado tres años antes de la fecha oficial de su muerte.

Olivia dejó de respirar.

Alexander no.

—¿Quién lo registró?

La funcionaria consultó otra pantalla.

—Fue emitido mediante una autorización especial vinculada a Lu Holdings.

Por primera vez, Alexander perdió completamente la calma.

—Eso es imposible.

—Aquí aparece el código de autorización.

Olivia miró el número.

Y su rostro se volvió blanco.

—Alexander…

—¿Qué?

—Ese código pertenecía a tu abuela.

Su abuela.

La mujer cuya última voluntad había provocado nuestro matrimonio.

La mujer que yo había cuidado durante sus últimos meses.

La mujer que, antes de morir, me había agarrado la mano y me había dicho:

Cuando llegue el momento, no confíes ni siquiera en nuestros muertos.

Alexander salió del Registro Civil sin registrar ningún matrimonio.

Esa misma tarde abrió la caja fuerte privada de su abuela.

Dentro encontró una carpeta marcada:

PROYECTO JADE.

La primera página contenía mi fotografía del hospital.

La segunda, un informe médico.

La tercera hizo que Alexander llamara inmediatamente a su abogado.

Porque allí estaba mi nombre verdadero.

No Emma Jiang.

Emma Shen.

Y debajo aparecía una frase:

«Única heredera superviviente de Shen Biotech».

Una empresa que había desaparecido tras un incendio doce años atrás.

El mismo incendio que mi memoria se negaba a devolverme.

Pero lo peor estaba en la última página.

Una lista de personas que conocían mi identidad.

La abuela de Alexander.

Olivia.

Un médico.

Y Alexander.

Junto al nombre de mi exmarido había una anotación manuscrita:

«Si Emma recupera la memoria, Alexander debe hacer que lo odie y sacarla del país antes del 17 de octubre».

Alexander miró el calendario.

Era 16 de octubre.

Entonces su teléfono sonó.

Número extranjero.

Contestó.

Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente escuchó una respiración que reconocería aunque pasaran treinta años.

La mía.

—Alexander.

Se quedó completamente inmóvil.

—Emma…

—Necesito cobrar el favor que me debes por el divorcio.

Su voz se quebró.

—¿Estás viva?

Miré desde la habitación de un hotel en Beijing el edificio de Lu Holdings al otro lado de la avenida.

Había regresado esa misma mañana.

—Sí.

Hice una pausa.

Y acabo de recordar quién intentó matarme la noche del incendio.

Al otro lado de la línea, Alexander dejó de respirar.

Porque el nombre que acababa de regresar a mi memoria también estaba escrito dentro de aquella carpeta.

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