Adrian detuvo el auto junto a la acera.
La mujer del vestido blanco sonrió.
No necesitó acercarse para que yo comprendiera quién era.
Isabella Lin.
El nombre que había permanecido como un fantasma dentro de nuestro matrimonio durante tres años.
La mujer que Adrian había amado antes de conocerme.
La mujer que se había marchado al extranjero sin despedirse de él.
Y la mujer que solo necesitó regresar y pronunciar una frase para conseguir mi divorcio.
Adrian abrió la puerta.
—Espera aquí.
Casi me reí.
—Ya no necesitas decirme dónde esperar.
Su mano permaneció sobre la puerta.
Me miró.
Pero finalmente bajó.
Isabella se acercó inmediatamente.
—Adrian.
Su voz era dulce.
Familiar.
Extendió los brazos como si esperara un abrazo.
Él no correspondió.
—¿Por qué estás aquí?
Su sonrisa se debilitó.
—Te dije que había vuelto.
Entonces me vio dentro del coche.
—¿Ella todavía está contigo?
Aquella pregunta me pareció fascinante.
Ella había pedido mi divorcio sin siquiera saber si ya había ocurrido.
Adrian respondió:
—Terminamos los trámites esta mañana.
Los ojos de Isabella brillaron.
—Entonces por fin…
—Tengo que llevar a Olivia a casa.
Su sonrisa desapareció.
—¿No puede ir sola?
Adrian se quedó callado.
Yo abrí la puerta.
—Sí puedo.
Salí.
—Disfruten el reencuentro.
Caminé apenas tres pasos cuando Adrian me sujetó del brazo.
—Te llevo.
Isabella nos observaba.
—Adrian, acabas de divorciarte de ella.
—Lo sé.
—Entonces déjala ir.
Algo extraño atravesó sus ojos.
Adrian soltó mi brazo.
Pero no porque Isabella se lo hubiera pedido.
Porque había comprendido que ya no tenía derecho a retenerme.
Tomé un taxi.
No miré atrás.
A la mañana siguiente fui al hospital.
Mi obstetra revisó los análisis.
El embarazo evolucionaba con normalidad.
El latido era estable.
Me explicó mis opciones con calma y me preguntó si necesitaba tiempo para tomar una decisión.
—Ya la tomé.
Solicité una cita de seguimiento para hablar del siguiente paso.
Cuando salí, encontré siete llamadas perdidas de Adrian.
No respondí.
La octava llegó mientras esperaba el ascensor.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estás?
—Eso ya no te corresponde.
—Olivia.
—Adrian.
Imité exactamente su tono.
—Estamos divorciados.
Silencio.
—Quiero hablar del bebé.
—Yo no.
—Es mi hijo también.
Cerré los ojos.
—Cuando firmaste el divorcio sabías que estaba embarazada.
—No estaba pensando.
Aquello me hizo sonreír tristemente.
—Ese es precisamente el problema.
Colgué.
Dos días después regresé a la villa para recoger las últimas pertenencias.
Pensé que estaría vacía.
Encontré a Isabella en la cocina.
Llevaba una camisa de Adrian.
O quizá una que se parecía.
Ya no me importaba.
—Olivia.
—Isabella.
Pareció sorprendida por mi tranquilidad.
—Adrian me dijo que vendrías.
—Entonces no debería sorprenderte.
Subí al dormitorio.
Ella me siguió.
—Sé que probablemente me odias.
—No.
—No tienes que fingir.
Me detuve.
—Para odiarte tendría que seguir queriendo lo que tú viniste a buscar.
Aquello borró su sonrisa.
—Adrian y yo tenemos una historia complicada.
—Todos tenemos una.
—Él siempre me esperó.
Me volví.
—Entonces debería darte las gracias.
Parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque regresaste antes de que desperdiciara otros tres años.
Seguí guardando mis cosas.
Isabella permaneció en la puerta.
Entonces vio un informe médico.
—¿Estás embarazada?
No respondí.
Su rostro cambió.
—Adrian no me dijo nada.

—Pregúntale a él.
Recogí el documento.
Ella me sujetó del brazo.
—Espera.
Bajé la mirada hacia su mano.
Me soltó.
—¿Qué harás con el bebé?
—Eso tampoco te corresponde.
Salí.
Aquella noche Adrian apareció en mi nuevo apartamento.
No sé quién le dio la dirección.
Cuando abrí, sostenía el informe médico.
El mismo que yo creía haber guardado.
—¿Isabella te dio esto?
—Sí.
Su rostro estaba pálido.
—¿Qué significa esta cita?
—Exactamente lo que parece.
—Dijiste que abortarías.
—Sí.
—Pensé que lo dijiste para herirme.
Lo miré incrédula.
—No todo lo que hago gira alrededor de ti.
Intentó entrar.
Bloqueé la puerta.
—Olivia, cancélala.
—No.
—Podemos volver a casarnos.
Por primera vez perdí la calma.
—¿Estás escuchándote?
Mi voz tembló.
—Ayer te divorciaste de mí por otra mujer y hoy quieres volver a casarte porque tienes miedo de perder un hijo.
—No fue por Isabella.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Adrian cerró los ojos.
—El divorcio no fue porque quisiera estar con ella.
—Ella llamó. Te pidió que te divorciaras. Horas después tu abogado apareció.
—Lo sé.
—Entonces no me insultes.
—Isabella me amenazó.
Aquello me hizo callar.
—¿Con qué?
Su mandíbula se tensó.
—Con información sobre mi hermano.
El medio hermano desaparecido.
—¿Qué información?
—Dijo que tenía pruebas de que sigue vivo.
Sentí un escalofrío.
—¿Y por eso te divorciaste?
—Quería mantenerte fuera.
—Podrías habérmelo explicado.
—No podía arriesgarme.
Solté una risa amarga.
—Decidiste por mí otra vez.
—Olivia…
—Vete.
—Cancela primero la cita.
—No.
Golpeó la palma contra el marco de la puerta.
Me sobresalté.
Adrian lo vio.
Su furia desapareció inmediatamente.
Retrocedió.
—Lo siento.
—Vete.
Esta vez obedeció.
Tres días después, Isabella me llamó.
—Necesito verte.
—No.
—Es sobre Adrian.
—Menos todavía.
—Entonces es sobre tu hijo.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué sabes de mi embarazo?
Silencio.
—Más de lo que Adrian te ha contado.
Acepté verla únicamente en un café público.
Isabella llegó con un sobre.
—Antes de decir nada, quiero que entiendas algo. Yo no regresé para recuperar a Adrian.
—Entonces ¿por qué exigiste mi divorcio?
—Porque necesitaba que él reaccionara.
—Funcionó.
—Demasiado bien.
Empujó el sobre hacia mí.
Dentro había fotografías de un hombre.
El parecido con Adrian era inquietante.
—¿Su hermano?
—Sí.
—¿Está vivo?
—Lo estaba hace seis meses.
Pasé las imágenes.
Entonces encontré una fotografía diferente.
Era mía.
Saliendo de la clínica de fertilidad donde había realizado mis primeros controles antes del embarazo.
Levanté la mirada.
—¿Por qué tienes esto?
Isabella palideció.
—Porque alguien te vigilaba antes de que yo regresara.
Mi mano se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—El hermano de Adrian.
—¿Por qué?
Isabella tragó saliva.
—No lo sé completamente.
Sacó otro documento.
Era un análisis genético.
No entendí las cifras.
Pero sí reconocí mi nombre.
Y el de Adrian.
—¿Cómo consiguieron esto?
—Eso es lo que él intenta averiguar.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Adrian.
Isabella miró la pantalla.
—Contesta.
Lo hice.
—¿Qué pasa?
Su voz llegó cortada.
—Olivia, ¿estás con Isabella?
Miré hacia ella.
—Sí.
—Sal de ahí ahora.
—Adrian…
—No abras ningún documento que te haya dado.
Demasiado tarde.
Isabella perdió el color.
Entonces vi la última página del informe.
Había una anotación manuscrita:
«EL EMBARAZO NO FUE CASUAL.»
Mi respiración se detuvo.
—Adrian, ¿qué significa esto?
Silencio.
—¿Qué significa que mi embarazo no fue casual?
Al otro lado escuché una puerta cerrarse violentamente.
—Olivia, escúchame. Voy hacia allí.
—Respóndeme.
Isabella se levantó.
—Tengo que irme.
La agarré por la muñeca.
—No.
Ella me miró aterrorizada.
—Isabella, ¿qué hicieron?
Sus labios temblaron.
Y entonces dijo algo que convirtió todos mis problemas anteriores —el divorcio, su regreso, incluso la historia del hermano desaparecido— en asuntos pequeños.
—Adrian nunca te contó por qué te eligió a ti para casarse con él, ¿verdad?
Solté lentamente su muñeca.
—¿Elegirme?
Isabella miró hacia la puerta.
—Tres años antes de vuestra boda, su familia ya tenía un expediente completo sobre ti.
El teléfono casi se me cayó.
—Eso es imposible.
—Pregúntale por el acuerdo que firmó antes de conocerte.
—¿Qué acuerdo?
Isabella abrió la boca.
Pero la puerta del café se abrió.
Adrian apareció.
No miró a Isabella.
Me miró a mí.
Luego vio el documento entre mis manos.
Y la expresión de su rostro me confirmó que Isabella acababa de decir la verdad.