Mia abrazó a Gerald contra su pecho.
—Porque mamá llora cuando cree que estoy dormida.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Mia…
Pero ella continuó.
—Y dice que está cansada de hacerlo todo sola.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Adrian ya no sonreía.
—Cariño, eso no significa que necesite un papá para ti —dije rápidamente.
Mia frunció el ceño.
—Pero tú dijiste que mi papá no quiso quedarse.
Adrian levantó los ojos hacia mí.
Aquello era demasiado.
—Nos vamos.
Tomé la mano de Mia.
—Señor Kane, lamento muchísimo esto. Presentaré mi renuncia si considera que…
—No.
Me detuve.
Adrian habló con la misma voz que utilizaba en las reuniones.
—Nadie va a despedirte porque tu niñera tuvo una emergencia.
Parpadeé.
—Pero la política de la empresa…
—La conozco. Yo la aprobé.
Miró a Mia.
—Y aparentemente necesita mejoras.
Mia sonrió.
—Entonces, ¿vas a ser mi papá?
—¡Mia!
Adrian volvió a reír.
Esta vez incluso algunos empleados sonrieron.
Me llevé a mi hija antes de que pudiera organizar también nuestra boda.
Creí que aquella sería simplemente la anécdota más vergonzosa de mi carrera.
Me equivocaba.
Esa tarde presenté mi campaña ante la junta.
Cuando terminé, uno de los vicepresidentes, Richard Coleman, cerró la carpeta.
—Es demasiado arriesgada.
Otro añadió:
—Necesitamos algo más convencional.
Conocía aquella escena.
Había pasado meses construyendo esa estrategia.
Pero cuando estaba a punto de defenderla, Adrian habló.
—Explíqueles por qué están equivocados.
Lo miré.
Nunca antes me había dado espacio de aquella manera.
Así que lo hice.
Veinte minutos después, la junta aprobó el proyecto.
Cuando salimos, Adrian me alcanzó.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas criando sola a una niña?
—Porque trabajo para usted. Mi vida privada no forma parte de mis informes.
Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
—Justo.
Después miró hacia mi oficina, donde Mia coloreaba tranquilamente.
—¿Su padre está presente?
Mi cuerpo se tensó.
—No.
—No tienes que responder.
—Se fue cuando supo del embarazo.
Adrian permaneció callado.
—Dijo que un bebé destruiría sus planes. Me pidió que eligiera.
—¿Y elegiste a Mia?
Miré a mi hija.
—Siempre.
Adrian asintió.
No hizo comentarios.
Y agradecí que no sintiera lástima por mí.
Durante las semanas siguientes ocurrió algo extraño.
Blackwell & Reed anunció un programa piloto de cuidado infantil de emergencia.
Recursos Humanos dijo que llevaba meses estudiándose.
No me lo creí ni por un segundo.
Mia, naturalmente, asumió que era obra suya.
—Estoy mejorando tu empresa —le informó a Adrian cuando volvió a verlo.
—Eso parece.
—¿Me van a pagar?
—Mia.
Adrian se agachó.
—Negocia siempre antes de empezar a trabajar.
Ella lo miró fascinada.
Yo puse los ojos en blanco.
Pero algo había cambiado.
No entre Adrian y yo.
Todavía éramos jefe y empleada.
Había límites que ninguno cruzaba.
Lo que cambió fue la imagen que tenía de él.
Descubrí que el hombre frío de Park Avenue visitaba personalmente las oficinas cuando despedían empleados para asegurarse de que recibieran indemnizaciones justas.
Que había financiado becas sin poner su apellido.
Que recordaba los nombres de los hijos de sus asistentes.
Adrian Kane no carecía de sentimientos.
Simplemente los escondía.
Hasta que apareció Mia.
Tres meses después, todo explotó.
El padre biológico de Mia reapareció.
Nathan Blake había visto una fotografía publicada durante un evento corporativo.
Me llamó después de casi cuatro años.
—Quiero conocer a mi hija.
Sentí náuseas.
—Tuviste oportunidades.
—He cambiado.
—Eso tendrá que decidirse correctamente, no apareciendo de repente en mi oficina.
Nathan no aceptó bien la respuesta.
Dos días después apareció en recepción.
Mia estaba conmigo.
—¿Ese es mi papá? —preguntó.
No supe qué decir.
Nathan abrió los brazos.
—Hola, princesa.
Mia retrocedió.
Y entonces apareció Adrian.
No amenazó a Nathan.
No necesitó hacerlo.
Simplemente pidió a seguridad que aplicara el protocolo correspondiente y después se colocó a nuestro lado.
Nathan soltó una carcajada amarga.
—Ahora entiendo. ¿El multimillonario está jugando a la familia feliz?
Adrian no reaccionó.
Yo sí.
—No. Estoy protegiendo a mi hija de un desconocido que cree que compartir ADN le permite entrar en su vida sin previo aviso.
Nathan palideció.
Aquella tarde contacté con mi abogada.
Todo se haría formalmente.
Sin secretos.
Sin venganzas.
Pensando únicamente en Mia.

Meses después, Mia y yo estábamos desayunando cuando Adrian pasó junto a nuestra mesa durante un evento de la empresa.
Mia levantó inmediatamente una mano.
—¡Adrian!
Él se acercó.
—Buenos días, señorita negociadora.
Mia señaló la silla vacía.
—Puedes sentarte.
Adrian me miró primero.
Esperó.
Era un detalle diminuto.
Pero importante.
Yo asentí.
Se sentó.
Mia mordió una fresa y preguntó:
—¿Recuerdas cuando te pedí que fueras mi papá?
Casi me atraganté con el café.
Adrian sonrió.
—Difícil olvidarlo.
—Ya no tienes que hacerlo.
Su sonrisa vaciló.
Mia añadió:
—Mamá dice que una familia no necesita verse como las demás para estar completa.
Adrian me miró.
Yo había tardado años en comprenderlo.
Mia, cuatro.
Entonces ella empujó hacia Adrian un dibujo.
Éramos tres personas tomadas de la mano.
Debajo había escrito nuestros nombres con letras torcidas.
No decía “papá”.
Solo decía:
MAMÁ. MIA. ADRIAN.
Adrian observó el papel durante varios segundos.
—¿Puedo quedármelo?
Mia asintió.
—Pero no gratis.
Él soltó una carcajada.
—¿Cuánto?
Mia señaló mi plato.
—Una tortita.
Adrian entregó inmediatamente una.
Y mientras mi hija celebraba su negociación, comprendí algo.
Aquella mañana en que intenté hacerla invisible, Mia no había destruido mi carrera.
Había obligado al hombre más frío de Manhattan a mirar fuera de su oficina.
Y también me había recordado algo que yo había olvidado:
no necesitábamos que nadie viniera a completarnos.
Quien quisiera formar parte de nuestras vidas tendría que demostrar, con tiempo y respeto, que merecía un lugar en ellas.