PARTE 2: VOLVIÓ DE SU LUNA DE MIEL Y DESCUBRIÓ QUE HABÍA HIPOTECADO LA CASA EQUIVOCADA

Alejandro regresó de su luna de miel seis días después.

Yo todavía necesitaba ayuda para levantarme de la cama.

Pero para entonces, ocho camiones ya habían salido de la casa de Las Lomas.

No me llevé nada suyo.

Ese detalle era importante.

Mis abogados habían preparado un inventario con fotografías, facturas y documentos de propiedad. Los muebles heredados de mis padres, las obras de arte, mi biblioteca, mis objetos personales y todo aquello adquirido exclusivamente con mi patrimonio fueron retirados y almacenados.

Cuando terminamos, aquella enorme residencia parecía otra.

No vacía.

Despojada de mí.

Alejandro descubrió la diferencia a las 8:17 de la noche.

Sofía estaba conmigo cuando recibió su primera llamada.

—Señora Mendoza —dijo mirando la pantalla—. Su esposo.

—Ex futuro esposo —corregí.

Dejamos sonar el teléfono.

Volvió a llamar.

Después llegó el mensaje:

“¿DÓNDE ESTÁ TODO?”

Sonreí.

Cinco minutos más tarde llamó el abogado de Alejandro.

El licenciado Robles contestó por mí.

—Señor Salazar, antes de hablar de los muebles debería revisar su correo. Tiene asuntos bastante más urgentes.

Alejandro lo hizo.

Y entonces empezó el verdadero pánico.

Porque el crédito de ciento ochenta millones había sido solicitado utilizando mi casa como garantía.

Había un problema.

Yo jamás había autorizado esa operación.

La firma atribuida a mí no coincidía con los originales notariales.

Y había algo todavía peor.

La fecha de la supuesta firma correspondía a un día en que yo estaba en Guadalajara.

Había boletos de avión.

Registros del hotel.

Cámaras.

Testigos.

Alejandro no podía alegar que simplemente había olvidado pedirme permiso.

—¿Quién presentó los documentos? —pregunté.

Robles abrió la carpeta.

—El director financiero de Grupo Salazar, siguiendo instrucciones escritas de Alejandro.

—¿Y los ciento ochenta millones?

—Transferidos a RC Atelier Holdings.

Renata Cruz.

Sentí una calma extraña.

—Auditen todo.


A la mañana siguiente apareció la segunda bomba.

RC Atelier no había utilizado el dinero únicamente para su empresa.

Había comprado un departamento.

Dos automóviles.

Joyas.

Y había pagado parte de la boda que Alejandro acababa de celebrar.

Mi esposo había financiado su nueva vida utilizando como garantía la herencia de mi padre.

Pero todavía creía que podía arreglarlo hablando conmigo.

Llegó al hospital aquella tarde.

Yo ya había solicitado que seguridad no permitiera su entrada.

Así que se quedó frente a la recepción exigiendo verme.

—¡Soy su esposo!

Sofía salió a recibirlo.

Alejandro estaba bronceado por la luna de miel.

Todavía llevaba el anillo de aquella boda absurda.

—¿Dónde está Valeria?

Sofía sostuvo su mirada.

—La señora ya no está.

Alejandro palideció.

—¿Cómo que no está?

—Fue trasladada.

—¿Adónde?

—No estoy autorizada a decírselo.

—¡Soy su marido!

Sofía miró su nuevo anillo.

—Parece que usted mismo tiene dificultades para recordar eso.


Tres días después recibí el alta.

No regresé a Las Lomas.

Me instalé temporalmente en una propiedad de mi madre mientras continuaba recuperándome.

Alejandro empezó a llamarme desde números desconocidos.

Finalmente contesté.

—Valeria, tenemos que arreglar esto.

—Mis abogados están arreglándolo.

—¡Bloquearon cuentas de la empresa!

—Se preservaron fondos vinculados a operaciones cuestionadas.

Guardó silencio.

Después cambió de estrategia.

—Renata no sabía de dónde venía el dinero.

Casi me hizo reír.

—¿Eso es lo primero que quieres aclararme?

—Estoy intentando protegerte.

Miré la cicatriz reciente sobre mi pecho.

—Alejandro, mientras intentaban mantenerme con vida, tú apagaste el teléfono para casarte con tu amante.

No respondió.

—Y mientras yo firmaba sola una operación que podía no sobrevivir, tú utilizabas una firma que yo nunca puse para arriesgar la casa que me dejó mi padre.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo ante los abogados.

Colgué.


La auditoría terminó de destruir la versión que Alejandro intentaba construir.

El préstamo no era una operación aislada.

Durante casi dos años habían salido fondos hacia sociedades relacionadas con Renata.

Consultorías inexistentes.

Contratos inflados.

Pagos personales disfrazados como gastos corporativos.

Y entonces apareció un correo.

De Alejandro.

Para su director financiero.

Robles lo imprimió y lo colocó frente a mí.

No necesitaba leer más de unas líneas.

Alejandro sabía perfectamente que yo nunca había autorizado utilizar aquella propiedad.

Había dado instrucciones para que “resolvieran la documentación” sin molestarme.

Cerré la carpeta.

—Procedan.

No quería venganza improvisada.

Quería que cada movimiento fuera revisado legalmente y que cada persona respondiera por aquello que pudiera demostrarse.


Semanas después vi a Alejandro durante una reunión entre abogados.

Había perdido aquella seguridad arrogante que siempre lo acompañaba.

—Renata se fue —dijo de repente.

No respondí.

—Dice que yo le oculté la situación financiera.

—Eso parece un problema de vuestro matrimonio.

Apretó la mandíbula.

—Nuestro matrimonio no es válido.

—Qué curioso.

Lo miré directamente.

—Cuando estabas frente a las cámaras diciendo que ella era la mujer de tu vida, no parecía preocuparte demasiado.

Bajó la voz.

—Cometí errores.

—No.

Empujé hacia él una copia del documento cuestionado.

—Una aventura puede ser un error. Apagar el teléfono puede ser cobardía. Pero mover ciento ochenta millones utilizando una autorización que tu esposa niega haber firmado requiere muchas decisiones.

Alejandro miró el papel.

Después me miró a mí.

—¿Qué quieres de mí?

Por primera vez, la respuesta fue sencilla.

—Nada.

Me levanté lentamente.

Todavía me dolía el pecho.

Todavía tenía meses de recuperación por delante.

Pero estaba viva.

Y aquella vez nadie decidiría por mí qué debía soportar para conservar un matrimonio.

Antes de salir, Alejandro pronunció mi nombre.

No me giré.

El día de mi operación había aprendido algo mientras sostenía una pluma con una mano temblorosa:

si pude firmar sola para salvar mi propia vida, también podía firmar sola para recuperarla.

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