—¿Cuántos meses tienes?
Dominic hizo la pregunta sin apartar los ojos de mi vientre.
—Cinco.
Su rostro perdió color.
Hizo un cálculo mental.
Yo podía verlo.
—Entonces te casaste con él casi inmediatamente después de irte.
—No.
—Pero…
—Conocí a Adrian varios meses después.
Dominic apretó los dientes.
—¿Y decidiste tener un hijo con un extraño?
Adrian dio un paso hacia él, pero levanté la mano.
No necesitaba que me defendiera de aquello.
—No es un extraño.
Miré a Dominic.
—El extraño para mí eres tú.
Vanessa dejó escapar una risa forzada.
—Qué conmovedor. ¿Ahora vas a fingir que esos dos años de matrimonio nunca existieron?
—No necesito fingir.
Saqué mi teléfono.
—Conservo noventa y nueve recordatorios.
El rostro de Dominic cambió.
Vanessa dejó de sonreír.
Las fotografías.
Aquel regalo cruel que habían preparado para humillarme había terminado convirtiéndose en un archivo perfecto de fechas, lugares y encuentros.
Yo no las había destruido.
Las había guardado.
No por nostalgia.
Por precaución.
Adrian señaló a los dos abogados que esperaban junto a la puerta.
—Claire no regresó solamente por el collar.
Dominic frunció el ceño.
—¿Entonces para qué?
Uno de los abogados colocó una carpeta sobre la mesa.
—Para resolver una serie de activos cuya titularidad nunca fue correctamente transferida durante el divorcio.
Dominic soltó una carcajada.
—No hay nada que resolver.
—Eso pensábamos —respondió el abogado— hasta revisar las noventa y nueve fotografías.
Vanessa miró a Dominic.
—¿Qué tienen que ver las fotos?
Abrí una imagen.
Dominic y Vanessa estaban juntos en una habitación de hotel.
Sobre una mesa, detrás de ellos, aparecía una carpeta azul.
Amplié la fotografía.
Se distinguía parcialmente el logotipo de Hale Biomedical.
La empresa que Dominic había heredado de su padre.
—¿Recuerdas esa noche? —pregunté.
Dominic no respondió.
—Yo sí. Dijiste que estabas en una reunión de accionistas.
Pasé a otra fotografía.
Misma carpeta.
Otro hotel.
Otra fecha.
Después una tercera.
—Claire, ¿qué estás insinuando?
—Nada.
Deslicé la carpeta física hacia él.
—Prefiero los hechos.
Adrian habló.
—Durante el matrimonio, Claire poseía indirectamente acciones de Hale Biomedical adquiridas con fondos pertenecientes a su patrimonio familiar.
Dominic se puso rígido.
—Eso se liquidó.
—No completamente.
El abogado abrió el expediente.
—Parte de aquellas acciones fueron transferidas a una sociedad instrumental pocos días antes de que usted solicitara el divorcio.
Mi exmarido dejó de respirar.
Yo había descubierto aquella transferencia seis meses después de marcharme.
Al principio creí que se trataba de un error contable.
Luego encontré una de las noventa y nueve fotografías.
En ella, Vanessa sostenía una copa mientras, sobre la mesa, se veía una hoja con números de cuenta.
Había ampliado la imagen.
Y encontrado una referencia.
La misma sociedad.
—¿Quién controla esa compañía, Dominic? —pregunté.
Vanessa lo miró.
Él evitó sus ojos.
Aquello fue suficiente.
—Dominic.
La voz de Vanessa cambió.

—¿Qué hiciste?
—No es asunto tuyo.
—¿No es asunto mío?
Ella señaló el expediente.
—¡Me dijiste que todo estaba limpio!
Dominic se levantó.
—Cállate.
Adrian me miró brevemente.
Yo comprendí lo mismo que él.
Vanessa sabía algo.
Quizá no todo.
Pero algo.
El abogado continuó:
—Tenemos motivos para creer que se utilizaron documentos firmados digitalmente en nombre de Claire después de que ella abandonara el país.
Dominic golpeó la mesa.
—¡Eso es falso!
—Entonces será sencillo demostrarlo.
—¿Me estás amenazando?
—No —respondí—. Estoy recuperando lo mío.
Durante dos años Dominic había imaginado que yo estaba esperando.
Que aquella absurda apuesta controlaba todavía mi vida.
La realidad era muy distinta.
Había pasado esos dos años reconstruyéndome.
Había terminado una especialización que había abandonado por él.
Había creado una consultora.
Había conocido a Adrian durante una auditoría internacional.
Y, cuando finalmente aprendí que el amor no debía sentirse como una competición constante por merecer respeto, me había casado otra vez.
Dominic observó mi alianza.
—¿Lo amas?
No esperaba aquella pregunta.
—Sí.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Más de lo que me amaste a mí?
La tristeza me atravesó.
No por él.
Por la mujer que fui.
—Contigo confundí aguantar con amar.
Dominic retrocedió como si lo hubiera golpeado.
Vanessa intervino.
—Qué conveniente. Ahora eres feliz, estás embarazada y vienes a quitarnos dinero.
La miré.
—No quiero vuestro dinero.
—Entonces ¿qué quieres?
—Lo que me pertenece.
—¿Incluido Dominic?
Me reí.
No pude evitarlo.
—Especialmente no Dominic.
Adrian bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
La humillación encendió el rostro de mi exmarido.
—Basta.
Se volvió hacia Vanessa.
—Devuélvele el collar.
Vanessa parpadeó.
—Lo tiré.
—No.
Todos la miramos.
Dominic habló lentamente.
—Te vi guardarlo después.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
Vanessa palideció.
—Estás loco.
—Cuando Claire salió hacia la ventana, tú cambiaste el collar por una copia.
Me levanté tan rápido que Adrian sostuvo mi brazo.
—¿Tienes el collar de mi madre?
Vanessa agarró su bolso.
—No.
—Vanessa.
Dominic extendió la mano.
—Dáselo.
—¡No!
Intentó caminar hacia la puerta.
Uno de los abogados se apartó, pero Adrian habló con calma.
—Nadie va a tocarte. Pero si sales con una propiedad cuya titularidad acaba de ser reclamada formalmente, complicarás tu situación.
Vanessa se quedó quieta.
Finalmente abrió el bolso.
Sacó una pequeña caja.
Mis manos empezaron a temblar.
La abrió.
Allí estaba.
El jade verde que mi madre había elegido desde su cama del hospital.
Durante dos años había creído que se había perdido para siempre.
Tomé el collar.
No pude contener las lágrimas.
Adrian me abrazó por los hombros sin decir nada.
Dominic observó la escena.
—Claire…
—No.
Guardé la joya.
—No arruines esto hablando.
Vanessa empujó su silla.
—Perfecto. Ya tiene su collar. Que se vaya.
Pero el segundo abogado permaneció inmóvil.
—Aún falta un asunto.
Sacó otra carpeta.
Dominic cerró los ojos.
Vanessa lo vio.
—¿Qué más has hecho?
El abogado dejó sobre la mesa varios registros.
—Mientras revisábamos la sociedad donde aparecieron las acciones de Claire, encontramos pagos recurrentes.
—¿A quién? —pregunté.
—A Vanessa Cole.
Ella palideció.
Dominic golpeó la mesa.
—Eso no demuestra nada.
—Hay más.
El abogado deslizó otro documento.
—Hace dieciocho meses, la sociedad compró un apartamento.
Vanessa miró a Dominic.
—Me dijiste que estaba a mi nombre.
Silencio.
—Dominic.
Él no contestó.
El abogado continuó.
—No está a nombre de la señora Cole.
—¿Entonces de quién?
Miré el registro.
Había un nombre femenino.
No era el mío.
Tampoco el de Vanessa.
Sophia Lane.
Vanessa tomó el documento.
—¿Quién demonios es Sophia Lane?
Dominic se quedó completamente inmóvil.
Entonces recordé una de las fotografías.
La número noventa y nueve.
La única que me había resultado extraña incluso dos años atrás.
Dominic aparecía entrando en un edificio mientras Vanessa esperaba dentro del coche.
Había otra mujer reflejada en la puerta de cristal.
Nunca pude verle bien el rostro.
Abrí la foto.
Adrian la amplió.
Vanessa se acercó.
—No…
Su voz desapareció.
Reconoció a la mujer.
—Dominic, dime que no es ella.
Él seguía callado.
—¡Dímelo!
Vanessa levantó la vista hacia mí.
Por primera vez ya no había arrogancia en su rostro.
Solo miedo.
—Claire…
—¿Qué?
Sus labios temblaron.
—Sophia es mi hermana menor.
El silencio cayó sobre el reservado.
Volví a mirar la fotografía número noventa y nueve.
Y entonces vi algo que nunca había notado.
Sophia no estaba simplemente junto a Dominic.
En su mano llevaba una alianza idéntica a la que él me había regalado durante nuestro matrimonio.