Adrián llegó primero a la habitación.
Mariana entró detrás de él mientras dos médicos estabilizaban a Ernesto.
El anciano respiraba con dificultad.
—Papá —dijo Adrián—. ¿Qué niña?
Ernesto abrió los ojos.
Su mirada pasó por su hijo y se detuvo en Mariana.
Algo parecido al reconocimiento apareció en su rostro.
—Mariana…
Ella se quedó inmóvil.
No veía a Ernesto desde hacía ocho años.
—Don Ernesto.
El anciano levantó una mano temblorosa.
—Perdóname.
Adrián miró a ambos.
—¿Por qué le estás pidiendo perdón?
Ernesto intentó hablar, pero el monitor volvió a acelerarse.
El médico intervino.
—Tiene que descansar.
Antes de que los sacaran, Ernesto sujetó la muñeca de Adrián.
—Caja 314. Banco Nacional. La llave está en mi estudio. No confíes en Rebeca.
Después cerró los ojos.
En el pasillo, Adrián se volvió hacia Mariana.
—Mi padre sabía algo.
—Eso parece.
—¿Conocía a Ximena?
Mariana sintió un escalofrío.
—No debería.
Pero recordó algo.
Durante el embarazo había enviado una carta.
No a Adrián.
A Ernesto.
Nunca recibió respuesta.
Había terminado convencida de que la carta se perdió o que el anciano decidió proteger a su hijo.
—Hay algo que no te conté.
Adrián palideció.
—¿Qué?
—Cuando estaba embarazada de cinco meses escribí a tu padre.
—¿Le dijiste que esperaba una hija mía?
—Sí.
Adrián se quedó completamente quieto.
—Entonces él sabía.
—No sé si recibió la carta.
Una voz surgió detrás de ellos.
—¿Qué carta?
Rebeca Salgado avanzaba por el pasillo con un abrigo color crema y el teléfono todavía en la mano.
Mariana apenas la reconoció.
Rebeca había sido elegante incluso a los treinta. A los cuarenta y tantos irradiaba la autoridad fría de alguien acostumbrado a controlar una habitación.
Besó a Adrián.
Después miró a Mariana.
—Qué sorpresa.
No sonaba sorprendida.
—Papá despertó —dijo Adrián.
—Me avisaron.
—Mencionó unos documentos.
Por primera vez, Rebeca perdió la sonrisa.
Solo durante un segundo.
—Está medicado. No sabe lo que dice.
Mariana y Adrián intercambiaron una mirada.
Era exactamente la respuesta equivocada.
Aquella tarde, Adrián fue a la antigua casa familiar.
Regresó al hospital dos horas después con una llave pequeña.
—La encontré.
—¿Rebeca sabe que fuiste?
—No.
Mariana negó con la cabeza.
—Esto es asunto de tu familia.
—Dejó de serlo cuando mi padre habló de una niña inmediatamente después de verte.
Adrián respiró profundamente.
—Y si esto tiene alguna relación con Ximena, tienes derecho a saberlo.
Fueron juntos al banco.
La caja 314 contenía una carpeta gruesa, fotografías antiguas y varios sobres.
El primero llevaba el nombre de Mariana.
Reconoció inmediatamente su propia letra.
Era la carta que había enviado ocho años atrás.
Estaba abierta.
Adrián leyó en silencio.
Cuando terminó, tenía los ojos húmedos.
—Le dijiste todo.
—Sí.
—La fecha probable de nacimiento. Tu dirección. Tu teléfono.
Mariana señaló una anotación en el margen.
No era letra de Ernesto.
«NO ENTREGAR A ADRIÁN.»
Debajo había una inicial.
R.
Adrián apretó la mandíbula.
Abrieron el segundo sobre.
Dentro había copias de transferencias.
Durante casi siete años, Ernesto había depositado dinero mensualmente en una cuenta creada a nombre de Ximena.
Mariana nunca había visto un peso.
—¿Dónde está ese dinero? —preguntó.
Adrián revisó los documentos.
La cuenta había acumulado más de dos millones de pesos.
Después había sido cerrada.
El saldo completo se transfirió hacía once meses.
La autorización llevaba una firma:
Rebeca Salgado.
Adrián se puso de pie tan rápido que la silla golpeó la pared.
—Voy a llamarla.
Mariana le quitó el teléfono.
—No.
—Robó dinero de mi hija.
—Precisamente. Si la confrontas ahora, podrá destruir lo que quede.
Adrián la miró.
Aquella vez obedeció.
Continuaron.
La tercera carpeta era peor.
Había informes privados sobre Mariana.
Su primer apartamento.
El hospital donde trabajaba.
Fotografías de Ximena entrando al preescolar.

Copias de matrículas escolares.
Incluso una fotografía tomada durante su quinto cumpleaños.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
—Nos estaban vigilando.
Adrián parecía enfermo.
—Mi familia sabía dónde estabas.
—Alguien de tu familia.
En el fondo encontraron una carta de Ernesto.
Estaba dirigida a Adrián.
«Si estás leyendo esto, significa que no conseguí reparar mi cobardía a tiempo.»
Adrián tuvo que detenerse.
Mariana continuó leyendo.
Ernesto confesaba que había recibido su carta.
Había querido localizar inmediatamente a Adrián.
Pero Rebeca lo convenció de esperar.
En aquel momento, la empresa familiar estaba negociando una inversión decisiva con la familia de la mujer con quien Adrián había comenzado una relación en Monterrey.
Un hijo fuera de aquella relación podía destruir el acuerdo.
Rebeca prometió encargarse de Mariana discretamente.
Ernesto aceptó.
Ese había sido su pecado.
Meses después descubrió que Rebeca jamás había contactado con Mariana.
Para entonces, el acuerdo empresarial estaba firmado.
Adrián había comenzado a construir su imperio.
Y Ernesto tuvo miedo de contar la verdad.
—Ocho años —susurró Adrián.
No había rabia en su voz.
Solo devastación.
—Ocho años mientras todos sabían menos yo.
Mariana lo miró.
—Yo tampoco sabía que alguien estaba interviniendo.
Él cerró los ojos.
—Habría vuelto.
—No podemos saberlo.
Adrián la miró.
—Yo sí.
—Tenías veintiséis años y acababas de marcharte sin despedirte correctamente. No voy a convertir una posibilidad en una certeza porque ahora nos duela menos.
Aquello lo silenció.
Mariana recogió las fotografías.
—Lo único importante ahora es Ximena.
—Lo sé.
—Todavía no sabe quién eres.
—Lo sé.
—Y cuando lo sepa, nadie de tu familia va a utilizarla para reparar ocho años de secretos.
Adrián asintió.
—Tú decides el ritmo.
Mariana negó.
—Ximena decide el ritmo.
Por primera vez, Adrián pareció entender realmente la diferencia.
Regresaron al hospital al anochecer.
Rebeca estaba dentro de la habitación de Ernesto.
Cuando vio la carpeta en las manos de Adrián, se quedó blanca.
—Entraste en la caja.
—Sí.
—Papá no estaba en condiciones de autorizarlo.
—Tenía autorización registrada desde hace doce años.
Rebeca miró a Mariana.
—Esto es culpa tuya.
Adrián se interpuso.
—No vuelvas a hablarle así.
Su hermana soltó una risa seca.
—¿Ahora vas a jugar a ser padre?
Adrián se tensó.
Mariana sintió frío.
—No mencionamos a Ximena —dijo.
Rebeca comprendió demasiado tarde su error.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó Adrián.
Rebeca no respondió.
—En ninguno de los documentos que acabamos de mencionar delante de ti dijimos cómo se llamaba.
—Papá pudo decírmelo.
—Papá apenas podía hablar.
Rebeca tomó su bolso.
—No pienso soportar un interrogatorio.
Adrián bloqueó la puerta.
—¿Dónde están los dos millones?
—Apártate.
—¿Dónde está el dinero de Ximena?
El rostro de Rebeca se endureció.
—Ese dinero nunca le perteneció.
—Estaba en una cuenta a su nombre.
—Porque papá se volvió sentimental.
—Era su nieta.
Rebeca soltó:
—Esa niña jamás debía aparecer.
Mariana sintió que toda la habitación se congelaba.
Ernesto abrió los ojos desde la cama.
—Rebeca…
Ella se volvió.
El anciano señaló débilmente la carpeta.
—Dile… lo demás.
Rebeca perdió el color.
—Papá, no.
—Díselo.
Adrián se acercó a la cama.
—¿Qué falta?
Ernesto respiró con esfuerzo.
—El accidente.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué accidente?
Rebeca agarró su bolso con ambas manos.
Ernesto miró directamente a Mariana.
—Hace siete años… cuando Ximena era bebé…
Mariana dejó de respirar.
Recordaba perfectamente aquel invierno.
Un automóvil había perdido el control cerca de su edificio y había golpeado el coche estacionado de Mariana minutos antes de que ella bajara con Ximena.
La policía lo consideró un accidente.
El conductor nunca apareció.
—No —susurró Rebeca.
Ernesto comenzó a llorar.
—Yo descubrí quién pagó al conductor.
Mariana sintió que Adrián le sujetaba el brazo.
—¿Quién? —preguntó él.
Ernesto levantó una mano temblorosa.
Señaló a Rebeca.
Pero antes de que pudiera decir otra palabra, el monitor lanzó una alarma.
Los médicos irrumpieron.
Todos fueron obligados a salir.
En medio del caos, Rebeca corrió hacia el elevador.
Adrián fue tras ella.
Mariana permaneció inmóvil hasta que su teléfono vibró.
Era la niñera.
Había enviado una fotografía del apartamento.
La puerta estaba abierta.
Debajo había un mensaje:
«Mariana, acabo de llegar. Ximena no está aquí.»
El teléfono casi se le cayó de las manos.
Entonces entró otro mensaje.
Número desconocido.
Una fotografía de Ximena sentada en el asiento trasero de un automóvil.
Y una sola frase:
«Si Adrián quiere recuperar a su hija, primero tendrá que renunciar a algo mucho más valioso que su empresa.»