PARTE 2: CUANDO ALEJANDRO REGRESÓ CINCO HORAS DESPUÉS BUSCANDO A LA ESPOSA QUE SIEMPRE LO ESPERABA, SOLO ENCONTRÓ MI ANILLO, UNA CARTA DE MI ABOGADA Y LA VERDAD QUE MARIANA LLEVABA AÑOS OCULTÁNDOLE.

Cinco horas después de que mi ambulancia abandonara Polanco, Alejandro finalmente entró en mi habitación.

La cama estaba vacía.

Las sábanas habían sido cambiadas.

Sobre la mesa quedaban únicamente un vaso de plástico y un sobre blanco.

Arturo esperaba junto a la ventana.

—¿Dónde está Sofía?

—Fue trasladada.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Trasladada adónde?

—No quiso decirlo.

—Soy su marido.

Arturo lo miró en silencio antes de extender la mano.

En su palma estaba mi alianza.

La expresión de Alejandro cambió.

—¿Qué haces con eso?

—La señora Rivera pidió que se lo entregara.

—¿Rivera?

—Me corrigió cuando la llamé señora Montes.

Alejandro tomó el anillo.

—Está molesta. Se le pasará.

Arturo señaló el sobre.

—También dejaron esto.

Alejandro lo abrió.

La carta llevaba el membrete de un despacho jurídico.

En términos sencillos, se le informaba que yo había iniciado formalmente nuestra separación, que toda comunicación relacionada con mis bienes debía dirigirse a mi representante y que no estaba autorizado a tomar decisiones médicas en mi nombre.

Alejandro leyó dos veces.

—¿Qué demonios significa esto?

—Creo que significa exactamente lo que dice.

—¿Quién la convenció?

Arturo no respondió.

Alejandro sacó el teléfono y me llamó.

Número bloqueado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces llamó a Doña Teresa.

Veinte minutos después, su madre entró indignada.

—Sabía que Sofía haría un escándalo.

Alejandro levantó la carta.

—Se fue.

—Déjala. Cuando se calme regresará.

—Pidió la separación.

Teresa se quedó callada.

Luego resopló.

—Está intentando asustarte.

Alejandro quiso creerla.

Porque durante tres años yo siempre había regresado.

Después de cada cena arruinada por Mariana.

Después de cada aniversario interrumpido.

Después de cada vez que Alejandro me decía que estaba exagerando.

Pero aquella vez había dejado el anillo.

Y algo en ese pequeño círculo de oro comenzó a inquietarlo.

Mientras tanto, yo viajaba en una ambulancia aérea hacia Houston.

Clara había organizado todo.

Cuando llegué, me esperaba personalmente.

Al verme, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tu madre me mataría si pudiera verte así.

Aquella frase casi rompió la calma que había conseguido mantener.

Clara me abrazó con cuidado.

—Aquí nadie va a pedirte que seas comprensiva con nadie.

Me instalaron en una habitación privada.

Un especialista revisó mis estudios y confirmó que necesitaría semanas de rehabilitación.

También encontró algo que nadie me había explicado en Polanco.

—Sofía, hubo un retraso importante antes de tu intervención.

Lo miré.

—¿Cuánto?

—Suficiente para aumentar el riesgo de complicaciones.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Porque llevaron primero a Mariana?

El médico no quiso especular.

—Solo puedo decirte lo que consta en el expediente.

Pedí una copia completa.

Esa misma tarde se la envié a mi abogada, Lucía Ferrer.

Ella me llamó una hora después.

—Necesito preguntarte algo. ¿Alejandro tenía autoridad para tomar decisiones médicas por Mariana?

—No.

—Entonces ¿por qué firmó documentación relacionada con ella?

Me quedé inmóvil.

—Porque dijo que era su amiga de toda la vida.

—Eso no responde mi pregunta.

Lucía hizo una pausa.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—En uno de los formularios, Mariana aparece registrada como contacto familiar de Alejandro.

Cerré los ojos.

Ya nada podía sorprenderme.

O eso creía.

Dos días después, Alejandro consiguió averiguar que estaba en Houston.

No sé quién se lo dijo.

Me envió un correo.

«Tenemos que hablar. Esto se está saliendo de control.»

No contesté.

Después llegó otro.

«Mariana pregunta por ti.»

Lo eliminé.

El tercero decía:

«Mi madre cree que Clara está aprovechándose de tu estado.»

Ese sí me hizo reír.

Clara estaba sentada frente a mí.

—¿Qué pasa?

Le enseñé el mensaje.

Ella arqueó una ceja.

—Qué curioso. Cuando estabas sangrando, su madre no parecía tan preocupada por quién influía en ti.

Bloqueé también su correo.

Al tercer día ocurrió algo inesperado.

Mariana me llamó desde otro número.

Estuve a punto de ignorarla.

Pero contesté.

—¿Qué quieres?

Su respiración sonaba entrecortada.

—Sofía, necesito explicarte.

—No.

—Alejandro está enfadado conmigo.

Aquello sí me sorprendió.

—¿Por qué?

Mariana empezó a llorar.

—Porque encontró unos documentos.

—Eso es asunto vuestro.

—No entiendes.

Su voz bajó.

Yo nunca tuve un problema cardíaco.

Me quedé completamente quieta.

Durante tres años, aquella supuesta enfermedad había justificado todo.

Las llamadas nocturnas.

Las emergencias.

Los viajes.

Las cancelaciones.

Y, finalmente, la decisión de Alejandro en el hospital.

—¿Qué acabas de decir?

—Al principio solo eran ataques de ansiedad. Teresa decía que si Alejandro creía que mi corazón era delicado, nunca me abandonaría cuando lo necesitara.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Teresa sabía?

Silencio.

—Mariana.

—Sí.

Cerré los ojos.

—¿Y Alejandro?

—No.

Su respuesta llegó demasiado rápido.

—No lo sabía.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

Mariana comenzó a sollozar.

—Porque encontró mis informes médicos reales.

Colgué.

No quería escuchar más.

Pero aquella noche Lucía me llamó.

—Sofía, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—Recibí documentos relacionados con el accidente.

Me incorporé con dificultad.

—¿Qué documentos?

—La aseguradora solicitó las imágenes de una cámara del Periférico.

Mi respiración se detuvo.

—¿Y?

—El camión frenó bruscamente, sí. Pero según el informe preliminar, Alejandro tuvo varios segundos para reaccionar.

—Quizá no lo vio.

—Eso pensé.

Lucía guardó silencio.

—Hasta que revisé la declaración que dio después del accidente.

—¿Qué dijo?

—Que estaba mirando hacia Mariana porque ella aseguró que no podía respirar.

Apreté el teléfono.

Otra falsa emergencia.

Otra vez Mariana primero.

Pero Lucía continuó.

—Hay algo peor.

—¿Qué?

—Los investigadores recuperaron parcialmente el audio del sistema del coche.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué se escucha?

—Una conversación inmediatamente anterior al choque.

Lucía respiró hondo.

—Voy a enviártela, pero quiero que estés preparada.

El archivo llegó.

Presioné reproducir.

Primero escuché el ruido de la carretera.

Luego mi propia voz desde el asiento trasero.

Después Mariana:

—Ale, tenemos que decírselo.

Alejandro respondió:

—No ahora.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

Mariana insistió:

No puedes seguir ocultándole lo que pasó entre nosotros.

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces escuché mi voz:

—¿Ocultarme qué?

Y justo antes del sonido de los frenos, Alejandro respondió algo que el ruido había ocultado parcialmente.

Reproduje el fragmento tres veces.

Cuatro.

A la quinta conseguí entenderlo.

—Sofía no puede enterarse de que Mariana estuvo conmigo la noche antes de nuestra boda.

Me quedé mirando la pantalla.

Pero el archivo aún no había terminado.

Después de la colisión, entre cristales y alarmas, se escuchaba a Mariana llorando.

Y luego la voz de Alejandro.

No estaba llamando mi nombre.

Le decía a ella:

—Tranquila. Si Sofía descubre lo demás, lo perderemos todo.

Al día siguiente, Lucía entró en mi habitación con una carpeta que no reconocí.

Su expresión era grave.

—Sofía, averiguamos qué quiso decir con «todo».

Dejó los documentos sobre mis piernas.

La primera página contenía mi nombre.

La segunda, el de Alejandro.

Y en la tercera aparecía una propiedad de mi madre que yo creía vendida desde hacía años.

Miré a Lucía.

—¿Por qué está Mariana relacionada con esto?

Ella cerró la puerta antes de responder.

—Porque lo que Alejandro y Mariana escondían desde antes de vuestra boda no era solamente una infidelidad.

Y cuando abrió la última página, vi una firma que parecía exactamente igual a la mía.

Solo había un problema: yo jamás había firmado aquel documento.

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