PARTE 2: MI ESPOSO SONREÍA EN MI FUNERAL ESPERANDO COBRAR 50 MILLONES, SIN SABER QUE YO SEGUÍA VIVA Y QUE EL HOMBRE QUE ME RESCATÓ CONOCÍA EL SECRETO QUE MI MADRE HABÍA OCULTADO TODA MI VIDA.

—Emma… finalmente te encontré.

Quise preguntarle quién era.

No pude.

El frío, el dolor y el agotamiento terminaron por vencerme mientras aquel desconocido daba órdenes al equipo de rescate.

Lo último que sentí antes de perder el conocimiento fue su mano sujetando la mía.

Cuando desperté, había luz blanca sobre mi cabeza.

Intenté incorporarme.

—El bebé…

Una enfermera se acercó inmediatamente.

—Está vivo.

Las lágrimas brotaron antes de que pudiera contenerlas.

—¿Seguro?

—Los dos sobrevivieron. Necesita descansar.

Giré la cabeza.

El hombre del helicóptero estaba sentado junto a la ventana.

Ya no llevaba el equipo de montaña. Vestía una camisa oscura y tenía el cabello plateado perfectamente peinado.

—¿Quién es usted?

Se levantó lentamente.

—Richard Whitmore.

El nombre no significaba nada.

Hasta que colocó una fotografía sobre mi cama.

Era la misma imagen que había encontrado años atrás entre las pertenencias de mi madre.

Ella aparecía joven, abrazando a un hombre de ojos azules.

A él.

—Conoció a mi madre.

Richard tragó saliva.

—La amé.

Mi corazón comenzó a latir más deprisa.

—¿Por qué me llamó Emma?

Sus ojos se humedecieron.

—Porque soy tu padre.

Me quedé mirándolo.

—Mi padre murió antes de que yo naciera.

—Eso fue lo que Margaret decidió decirte.

Negué con la cabeza.

—No.

—Tu madre me dejó cuando descubrió que mi familia estaba siendo investigada por personas peligrosas. Pensó que alejarte de mí era la única forma de protegerte.

—¿Y durante treinta años simplemente aceptó desaparecer?

Richard bajó la mirada.

—No sabía dónde estabas.

Luego sacó una carpeta.

—Hasta hace seis meses.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué ocurrió hace seis meses?

—Tu nombre apareció relacionado con una póliza de seguro extraordinariamente grande.

Cincuenta millones.

Sentí que el frío de la montaña regresaba.

Richard había contratado investigadores.

Había descubierto mi matrimonio.

La póliza.

Las deudas secretas de Michael.

Y finalmente el viaje a Colorado.

—Llegamos tarde —dijo—. Pero no demasiado tarde.

—Michael cree que estoy muerta.

Richard me sostuvo la mirada.

—Sí.

—¿Encontraron algún cuerpo?

—No. La tormenta hizo imposible continuar la búsqueda y Michael declaró que te había visto caer hasta el fondo del barranco.

Me quedé en silencio.

Entonces comprendí.

—¿Mi funeral?

Richard asintió.

—Es mañana.

Sentí algo extraño dentro del pecho.

El hombre que había intentado matarnos estaba organizando mi funeral mientras yo seguía respirando.

—Quiero verlo.

—Emma…

—Quiero saber qué hace cuando cree que ganó.

Richard dudó.

Después colocó una tableta frente a mí.

Al día siguiente observé mi propio funeral desde una cama de hospital.

La ceremonia se celebró en Denver.

Había flores blancas.

Una fotografía enorme de mi boda.

Y Michael.

No lloraba.

Ashley estaba varias filas detrás, vestida de negro.

Cuando terminó el servicio, las cámaras instaladas por los investigadores de Richard captaron a Michael entrando en una sala privada.

Ashley lo siguió.

Él cerró la puerta.

—¿Cuánto tardará el seguro? —preguntó ella.

—Unas semanas.

—¿Y si encuentran el cuerpo?

Michael se sirvió whisky.

—Mejor.

Ashley sonrió.

—Cincuenta millones.

Michael levantó el vaso.

Por nuestra nueva vida.

Sentí náuseas.

Richard detuvo el vídeo.

—Ya es suficiente.

—No.

—Emma.

—Déjalo correr.

Michael sacó entonces unos documentos.

—Primero tenemos que resolver esto.

Ashley los revisó.

—¿La casa?

—La casa, las inversiones y las cuentas de Emma. Como esposo superviviente, puedo iniciar la sucesión.

Ashley se inclinó y lo besó.

Aparté la mirada.

No porque todavía lo amara.

Sino porque finalmente comprendí cuánto tiempo había vivido junto a un desconocido.

Richard cerró la tableta.

—Ahora podemos acudir a la policía.

—Todavía no.

Me miró sorprendido.

—Intentó matarte.

—Y va a decir que fue un accidente.

—Tenemos investigadores.

—Tenemos una conversación sobre dinero. No una grabación del momento en que me empujó.

Richard entendió.

Yo necesitaba que Michael se sintiera seguro.

Que continuara moviendo el dinero.

Que reclamara el seguro.

Que cometiera errores.

Durante las siguientes dos semanas, para el mundo, Emma Carter permaneció muerta.

Yo fui trasladada discretamente a una clínica privada.

Y allí nació mi hija.

La llamé Hope.

Esperanza.

Porque eso era exactamente lo que había hecho por mí en aquella montaña.

Mientras aprendía a sostenerla sin que mis costillas protestaran, Richard y sus abogados vigilaban a Michael.

El primer movimiento llegó nueve días después.

Presentó oficialmente la reclamación de cincuenta millones.

El segundo llegó al día siguiente.

Intentó acceder a una cuenta de inversión que estaba únicamente a mi nombre.

El tercero fue todavía peor.

Uno de los investigadores entró en mi habitación con una carpeta.

—Encontramos algo en la póliza.

—¿Qué?

—Michael aumentó la cobertura hace siete meses.

—Yo nunca autoricé eso.

—Lo sabemos.

Me mostró mi supuesta firma.

Era falsa.

Pero había más.

La solicitud incluía información médica confidencial sobre mi embarazo.

—¿Cómo consiguió esto?

—Estamos averiguándolo.

Richard apareció detrás del investigador.

Su expresión era sombría.

—Hay otra cosa.

Colocó fotografías sobre la mesa.

Michael reuniéndose con un hombre en un estacionamiento.

El mismo hombre aparecía en otra fotografía revisando mi coche semanas antes del viaje.

—¿Quién es?

—Caleb Ross —respondió Richard—. Investigador privado.

—¿Contratado por Michael?

—Eso creíamos.

Richard deslizó una tercera fotografía.

Caleb estaba entrando en un edificio de oficinas.

En el letrero aparecía un nombre.

WHITMORE CAPITAL.

Miré a Richard.

—¿Tu empresa?

Su rostro se endureció.

—Sí.

—Entonces ¿qué hacía allí?

—No lo sé.

Por primera vez desde mi rescate, vi miedo en sus ojos.


Tres semanas después, Michael fue citado a una reunión con la aseguradora.

Creía que era el último paso antes de recibir el dinero.

Yo ya podía caminar con ayuda.

Richard quería que permaneciera escondida.

Me negué.

—Él necesita verme.

—La policía puede detenerlo sin convertir esto en un espectáculo.

—No quiero un espectáculo.

Miré a Hope dormida.

—Quiero que entienda que falló.

La reunión se celebró en un despacho privado.

Michael llegó con Ashley.

Un representante de la aseguradora les pidió que esperaran.

Michael sonreía.

Ashley le apretaba la mano.

Entonces se abrió la puerta.

Entré.

Michael dejó de respirar.

Ashley lanzó un grito.

—Hola, Michael.

Él retrocedió hasta chocar contra la mesa.

—Tú…

—Sí.

—Estás muerta.

—Eso esperabas.

Dos detectives entraron detrás de mí.

La expresión de Michael se desmoronó.

—Emma, puedo explicarlo.

—Explícales a ellos.

Ashley comenzó a llorar.

—¡Fue idea suya!

Michael giró hacia ella.

—¡Cállate!

—¡Tú dijiste que nadie encontraría el cuerpo!

Uno de los detectives levantó una mano.

—Señora Sanders, le aconsejo que no siga hablando.

Demasiado tarde.

Michael comprendió que todo había terminado.

O eso creímos.

Mientras los agentes los separaban, mi teléfono vibró.

Richard.

Contesté.

—¿Papá?

No respondió inmediatamente.

—Emma, sal de ese edificio.

Su voz era urgente.

—¿Qué pasa?

—Encontramos a Caleb Ross.

—¿Y?

—Confesó quién le pagaba.

Miré a Michael esposado.

—Michael.

—No.

Sentí que se me helaba la sangre.

Richard continuó:

—Michael organizó la póliza y planeó la montaña, pero alguien le proporcionó información sobre ti. Alguien le aseguró que cincuenta millones estarían disponibles si morías.

—¿Quién?

Hubo un silencio terrible.

—Emma, la persona que diseñó todo esto sabía que estabas embarazada antes incluso de que tú se lo contaras a Michael.

Apreté el teléfono.

—Dime el nombre.

Antes de que Richard pudiera responder, las luces del edificio se apagaron.

Un segundo después sonó una alarma.

Los detectives se movieron hacia mí.

Y desde el pasillo llegó una voz masculina que reconocí inmediatamente.

Una voz que había escuchado durante toda mi infancia.

—Emma, no debiste sobrevivir a aquella montaña.

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