El mensaje de Maya permaneció iluminado en mi pantalla.
«Ya empezó.»
No sentí satisfacción.
Solo una extraña calma.
Dejé el café intacto y miré hacia las ventanas del hospital al otro lado de la calle.
Daniel estaba allí arriba, recuperándose de una cirugía que había elegido ocultarme.
Claire también.
Y ahora un investigador corporativo acababa de entrar en aquella habitación.
Pero Maya ya me había advertido:
—El apartamento es suficiente para iniciar una investigación. No es lo más importante que encontramos.
Media hora después llegó a la cafetería.
Dejó su bolso sobre la mesa y sacó varias copias.
—Elena, necesito que mires esto.
La primera era una transferencia de cuarenta y ocho mil dólares desde una cuenta de Foster Dynamics.
La segunda, otra por setenta y dos mil.
La tercera superaba los cien mil.
Todas habían sido autorizadas por Daniel.
—Creía que eran gastos relacionados con Claire —dije.
—Algunos sí.
Maya señaló las fechas.
—Pero observa quién recibía el resto.
Aparecía una empresa que jamás había visto.
CB Medical Consulting.
—¿Qué es?
—En los registros mercantiles figura como consultora sanitaria.
—¿Propietario?
Maya deslizó otra hoja.
Sentí un vacío en el estómago.
Claire Bennett.
—¿Daniel estaba transfiriéndole dinero de la empresa?
—Eso parece.
—¿Cuánto?
—Hasta ahora hemos identificado algo más de seiscientos mil dólares.
Me quedé mirándola.
El apartamento de lujo había sido una traición.
Aquello era otra cosa.
—Daniel no tiene autoridad para sacar esa cantidad sin justificarla.
—Exactamente.
Maya bajó la voz.
—Por eso está allí el investigador.
Mi teléfono vibró.
Daniel.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
Después apareció un mensaje.
«ELENA, ESTO ES UN MALENTENDIDO. VEN AL HOSPITAL.»
Lo bloqueé.
—Hay algo más —dijo Maya.
Levanté la mirada.
—Las transferencias empezaron hace dieciocho meses.
—Daniel conoce a Claire desde hace poco más de un año.
—Eso te dijo él.
Sentí frío.
Maya colocó delante de mí el registro de constitución de CB Medical Consulting.
La empresa había sido creada dos años antes.
Y en los documentos iniciales aparecía otro nombre.
Daniel Foster.
—No…
—Fue cofundador.
Aquello significaba que Claire no había aparecido accidentalmente en nuestro matrimonio.
Daniel ya estaba relacionado con ella mucho antes de mencionarla por primera vez.
Recordé aquella noche frente al espejo.
«Claire no es como las demás.»
Ahora entendía por qué lo había dicho con tanta naturalidad.
Para cuando me habló de ella, ya llevaba meses mintiéndome.
—¿Qué hacían con el dinero?
—Eso intenta averiguar la empresa.
Maya guardó las copias.
—Y te recomiendo que no hables con Daniel.
No pensaba hacerlo.
Pero Daniel encontró otra manera.
A las cuatro de la tarde, la recepción de mi edificio me llamó.
—Señora Foster, hay una mujer preguntando por usted.
—¿Quién?
—Linda Foster.
Mi suegra.
Casi me reí.
Daniel no podía salir del hospital, así que había enviado a su madre.
La encontré en el vestíbulo.
Linda no saludó.
—¿Cómo pudiste hacerle esto mientras está enfermo?
—Daniel no está enfermo. Se sometió voluntariamente a una cirugía.
—¡Para salvar una vida!
—La vida de la mujer con la que llevaba meses engañándome.
Linda apretó los labios.
—Claire es especial para él.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
—Gracias por confirmarlo.
—No tergiverses mis palabras.
—No necesito hacerlo.
Intentó cambiar de estrategia.
—Daniel está devastado.
—Yo también lo estaba cuando descubrí que había entregado un órgano a otra mujer sin siquiera decirle a su esposa que iba a entrar en un quirófano.
—Tú estabas fuera.
—Tenía teléfono.
Linda guardó silencio.
Después dijo algo que no esperaba.
—Claire necesitaba ese riñón. No había otra opción.
La observé.
—¿Cómo sabes tanto sobre su situación médica?
Su rostro cambió.
Apenas un segundo.
Pero lo vi.
—Daniel nos explicó.
—¿Antes o después de la operación?
—No recuerdo.
Mentía.
—¿Cuánto tiempo hace que conoces a Claire?
Linda agarró su bolso.
—No vine a ser interrogada.
Se marchó.
Yo me quedé inmóvil.
Aquella pregunta empezó a perseguirme.

A la mañana siguiente, Maya llamó antes de las siete.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—El investigador encontró facturas médicas dentro de la contabilidad de CB Medical.
—¿De Claire?
—Sí. Pero algunas tienen fechas de hace casi tres años.
Me incorporé.
Daniel y yo llevábamos cuatro años casados.
—Entonces la conocía desde antes.
—Eso no es todo.
Escuché papeles al otro lado.
—Hay pagos relacionados con pruebas de compatibilidad.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué pruebas?
—Daniel se hizo los primeros análisis para determinar si podía ser donante hace once meses.
Once meses.
Recordé dónde estábamos entonces.
En nuestra cena de aniversario.
Daniel me había regalado un collar y había brindado diciendo que esperaba envejecer conmigo.
Tres días antes se había sometido en secreto a pruebas para donar un riñón a Claire.
Cerré los ojos.
—¿Por qué ocultarlo durante casi un año?
—Eso quiero saber yo.
Maya hizo una pausa.
—Y hay otra cosa extraña.
—¿Qué?
—El hospital está revisando el expediente de Claire.
—¿Por qué?
—Porque el investigador corporativo encontró pagos a una persona relacionada con el centro médico.
Sentí un escalofrío.
Aquella tarde, Daniel dejó de llamarme.
Claire también desapareció de sus redes sociales.
Y a las cinco y veinte recibí un mensaje de un número desconocido.
«Señora Foster, necesito hablar con usted sobre la cirugía de su marido.»
Llamé inmediatamente.
Respondió una mujer.
—Soy la doctora Rachel Morgan. Formé parte del comité que revisó inicialmente el caso de trasplante.
—¿Qué sucede?
Hubo un silencio incómodo.
—Encontramos una irregularidad.
—¿En la cirugía?
—En la documentación previa.
Me puse de pie.
—Explíquese.
—No puedo revelar información médica de otra paciente sin autorización. Pero sí puedo decirle algo relacionado directamente con su esposo.
Esperé.
—El señor Foster declaró ante el comité que su relación con la receptora era estrictamente familiar.
—Claire no es familia suya.
—Lo sabemos ahora.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Qué más declaró?
—Que su esposa conocía y apoyaba plenamente la donación.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
—Yo ni siquiera sabía que iba a operarse.
La doctora no respondió durante varios segundos.
—Eso confirma nuestra preocupación.
—¿Qué preocupación?
—Entre los documentos entregados al comité hay un formulario de consentimiento complementario.
—¿Firmado por quién?
—Por usted.
Me quedé helada.
—Nunca firmé nada.
—Señora Foster…
—Nunca. Firmé. Nada.
La voz de la doctora se volvió seria.
—Entonces tendremos que comunicarlo formalmente.
Colgué y llamé a Maya.
Veinte minutos después estaba en su despacho.
La copia del supuesto consentimiento llegó aquella misma noche.
Mi nombre aparecía correctamente.
Mi dirección también.
Y al final estaba mi firma.
Una imitación excelente.
Pero falsa.
Maya la observó.
—Daniel falsificó tu firma.
Negué lentamente.
—No necesariamente.
Había algo familiar en aquella letra.
Amplié la imagen.
Entonces lo recordé.
Las tarjetas de cumpleaños.
Los sobres de Navidad.
Las notas que encontraba cada año junto a los regalos.
Aquella no era la letra de Daniel.
Era la de Linda.
Mi suegra.
Maya me miró.
—¿Estás segura?
—Completamente.
En ese momento sonó su teléfono.
Contestó.
Escuchó en silencio.
Después su expresión cambió.
—¿Cuándo?
Tomó un bolígrafo.
—Envíamelo ahora.
Colgó.
—¿Qué pasa?
—La auditoría encontró el origen de uno de los pagos.
—¿Cuál?
—Ciento cincuenta mil dólares transferidos desde Foster Dynamics a CB Medical seis días antes de la operación.
—¿Para qué?
Maya giró lentamente la pantalla hacia mí.
—La descripción dice «compensación final».
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Compensación por qué?
—Eso todavía no lo sabemos.
Llegó un correo.
Maya abrió el archivo adjunto.
Era una cadena de mensajes recuperados de la cuenta corporativa de Daniel.
El primero era de Claire.
El segundo, de Daniel.
Pero el último pertenecía a Linda.
Leí apenas dos líneas antes de quedarme sin aire.
«Después del trasplante, Elena ya no será necesaria. Daniel cumplirá su parte y tú cumplirás la tuya.»
Debajo había una respuesta de Claire:
«Siempre que ella nunca descubra por qué necesitábamos específicamente el riñón de Daniel.»
Miré a Maya.
—¿Qué significa eso?
Ella siguió leyendo.
Entonces se quedó inmóvil.
—Elena…
—¿Qué?
Giró el portátil hacia mí.
Había un documento adjunto al mensaje.
No era financiero.
Era un informe antiguo de laboratorio.
En la parte superior aparecían dos nombres.
Daniel Foster.
Claire Bennett.
Y debajo, una relación biológica que ninguno de los dos me había mencionado jamás.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
Porque si aquel documento era auténtico, Daniel había mentido sobre Claire desde mucho antes de nuestro matrimonio… y la verdadera razón de aquella donación podía convertir todo lo que yo creía saber sobre su familia en una mentira.