PARTE 2: MIENTRAS MI ESPOSO CORRÍA UNA VEZ MÁS A CUIDAR DE JIANG MAN, YO FIRMÉ EL DIVORCIO Y PREPARÉ MI PARTIDA SIN DECIRLE QUE CUANDO REGRESARA YA NO QUEDARÍA NADA MÍO EN AQUELLA CASA.

A las nueve y media, Cheng Yue no había regresado.

A las nueve cuarenta tampoco.

A las nueve cincuenta recibí un mensaje.

«Jiang Man se siente un poco mareada. La llevaré primero al hospital. Ve tú en taxi.»

Me quedé mirando aquellas palabras.

Qué curioso.

Yo también iba al hospital.

Pero mi malestar podía esperar.

El de Jiang Man nunca.

No respondí.

Pedí un coche.

Cuando llegué a otorrinolaringología eran las diez y diecisiete. Había perdido mi turno y tuve que esperar hasta que el médico pudiera hacerme un hueco.

Después de varias pruebas, dejó el informe sobre la mesa.

—Tiene un barotrauma en el oído izquierdo. No parece permanente, pero necesita descansar y evitar volar durante unos días si es posible.

Mi mano se detuvo.

—¿Cuántos?

—Idealmente una semana.

Mi vuelo para el traslado salía el lunes.

Faltaban cuatro días.

—¿Y si tengo que viajar?

El médico me miró.

—Entonces vuelva antes del vuelo. Evaluaremos si es seguro.

Asentí.

Al salir de la consulta escuché una voz familiar.

—Cheng Yue, te dije que podía venir sola.

Jiang Man.

Me detuve.

Al final del pasillo, Cheng Yue caminaba junto a ella sosteniendo su bolso y una bolsa de medicamentos.

Jiang Man llevaba una tirita de algodón en el brazo.

Cuando vio una máquina expendedora, hizo un gesto infantil.

—Quiero chocolate.

—Acaban de sacarte sangre.

—Precisamente por eso.

Cheng Yue suspiró, sonriendo.

—Espérame aquí.

Pasó junto a mí sin verme.

Yo tampoco lo llamé.

Cinco minutos después, Jiang Man fue la primera en descubrirme.

—¿Hermana Lin?

Cheng Yue se giró.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué haces aquí?

Lo miré.

—Tenía una cita. ¿Lo olvidaste?

Pareció recordarlo entonces.

—Ah, sí. Tu oído.

«Tu oído».

Como si fuera una molestia insignificante.

Jiang Man se acercó.

—Lo siento muchísimo. Me mareé y Yue insistió en traerme.

—No pasa nada.

—Hermana Lin, no te enfades con él. Todo ha sido culpa mía.

—No estoy enfadada.

Cheng Yue frunció el ceño.

—¿Qué dijo el médico?

—Que tengo una lesión por presión.

—¿Grave?

—No demasiado.

Su teléfono sonó.

Jiang Man miró la pantalla.

—Es el laboratorio. Quizá sean mis resultados.

Cheng Yue atendió inmediatamente.

Yo seguí caminando.

—Lin Wan —me llamó.

No me detuve.

Por primera vez, ni siquiera esperaba que me siguiera.

Aquella tarde llamé al responsable del programa.

—Tengo un problema médico. Quizá necesite retrasar el vuelo unos días.

—No hay problema. La plaza sigue siendo tuya. Podemos reorganizar la salida.

Respiré aliviada.

—Gracias.

—¿Tu familia ya sabe que te vas un año?

Miré el acuerdo de divorcio.

—Todavía no.

—Será mejor que se lo digas pronto.

—Sí.

Pero no pensaba hacerlo.

No porque quisiera vengarme.

Simplemente porque Cheng Yue llevaba años enseñándome que no era necesario informarme de las decisiones que afectaban nuestro matrimonio.

Yo solo había aprendido la lección.

Esa noche llegó a las nueve.

Traía comida.

—Compré sopa.

—Ya cené.

Dejó las bolsas sobre la mesa.

—¿Sigues enfadada por esta mañana?

—No.

—Lin Wan, sabes que Jiang Man tiene miedo a los hospitales.

—Sí.

—Entonces ¿por qué tienes esa cara?

Lo miré.

—¿Qué cara?

Cheng Yue abrió la boca y volvió a cerrarla.

Quizá ni él sabía qué le molestaba.

Antes yo habría discutido.

Le habría preguntado por qué el miedo de Jiang Man merecía su compañía mientras mi dolor no.

Ahora no necesitaba la respuesta.

Ya la tenía.

Durante los siguientes tres días organicé mi salida.

Cancelé la renovación conjunta del gimnasio.

Transferí mis documentos personales a una caja de seguridad.

Mandé mis libros y ropa de invierno a casa de una compañera.

Separé nuestras cuentas compartidas exactamente según los registros de aportaciones.

Finalmente firmé el acuerdo de divorcio.

Mi nombre quedó escrito debajo de una decisión que había tardado cuatro años en aceptar.

Cheng Yue no notó nada.

Estaba demasiado ocupado.

El sábado acompañó a Jiang Man a comprar una maleta.

El domingo la ayudó a revisar unos documentos para su viaje.

Esa noche, mientras yo guardaba las últimas cosas, entró en el dormitorio.

—¿Dónde está tu abrigo gris?

—Lo envié a limpiar.

—Ah.

No volvió a preguntar.

Entonces vio una maleta pequeña junto al armario.

—¿Viajas otra vez?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Asintió.

—Esta semana estaré bastante ocupado. Jiang Man viaja el jueves y tengo que ayudarla con algunas cosas.

Casi me reí.

—Entendido.

Se tumbó mirando el teléfono.

Un minuto después sonrió ante un mensaje.

Yo apagué mi lámpara.

A la mañana siguiente regresé al hospital.

El médico revisó mi oído.

—Ha mejorado bastante. Si continúa así, podría volar en unos días tomando las precauciones adecuadas.

Mi nuevo vuelo quedó reservado para el viernes.

Solo faltaban cuatro días.

El martes recibí una llamada del abogado.

—Señora Lin, el acuerdo está listo. Necesitamos que su esposo firme o iniciar formalmente el procedimiento.

—Envíelo a casa el viernes por la mañana.

—¿Está segura?

Miré mi billete.

El vuelo salía a las seis y veinte.

—Sí.

El miércoles, Cheng Yue publicó otra fotografía.

Jiang Man estaba sentada entre varias maletas.

Texto:

«Preparando a cierta despistada para que no olvide medio mundo en casa.»

Treinta minutos después, Jiang Man comentó:

«Por suerte siempre estás tú.»

No sentí nada.

Y esa ausencia de dolor fue más definitiva que cualquier pelea.

El jueves por la noche terminé de empacar.

Una maleta grande.

Una pequeña.

Cuatro años de matrimonio cabían sorprendentemente bien cuando eliminabas todo aquello que nunca había sido realmente tuyo.

Cheng Yue llegó cerca de medianoche.

—Mañana tengo que salir temprano.

—Yo también.

No levantó la vista.

—Tengo que llevar a Jiang Man al aeropuerto.

Mi mano se detuvo sobre la cremallera.

Qué coincidencia.

—¿A qué hora?

—Su vuelo es a las siete.

El mío era cuarenta minutos antes.

—Entonces tendrás que madrugar.

—Sí.

Se acercó y, por primera vez en semanas, pareció fijarse realmente en mí.

—Lin Wan.

—¿Qué?

—Últimamente estás extraña.

—¿Extraña cómo?

—No preguntas dónde estoy. No discutes por Jiang Man. Ya ni siquiera revisas si he cenado.

Sonreí suavemente.

—¿No era eso lo que querías?

Se quedó callado.

—Antes no eras así.

—Las personas cambian.

—¿Por qué siento que estás ocultándome algo?

Lo miré durante varios segundos.

—Duérmete, Cheng Yue. Mañana tienes que recoger a alguien.

A las cuatro y cuarenta de la madrugada me levanté.

Él seguía dormido.

Me vestí en silencio.

Cogí mis maletas.

Sobre la mesa dejé mi llave de casa.

No dejé ninguna carta.

El acuerdo llegaría después.

Cuando el ascensor se abrió, miré por última vez aquella puerta.

Cuatro años antes había entrado creyendo que construiríamos un hogar.

Aquella madrugada salí entendiendo que un hogar donde siempre eres la segunda opción no es un hogar.

En el aeropuerto facturé mi equipaje.

A las cinco y cuarenta y cinco estaba frente a la puerta de embarque cuando mi teléfono vibró.

Cheng Yue había publicado una fotografía.

Jiang Man sonreía desde el asiento del copiloto.

«Trigésimo octavo servicio de aeropuerto. Misión cumplida.»

Apagué la pantalla.

Entonces escuché:

—Pasajeros del vuelo CA728, pueden comenzar a embarcar.

Me levanté.

Pero antes de guardar el teléfono llegó una notificación.

No era Cheng Yue.

Era mi abogado.

«Señora Lin, hay un problema. Fuimos a entregar los documentos y encontramos a su esposo en casa. Al ver el acuerdo de divorcio, se negó a firmar.»

Fruncí el ceño.

¿En casa?

Miré nuevamente la publicación de Cheng Yue.

Había sido subida hacía apenas tres minutos.

Mi abogado envió otro mensaje.

«Además, su esposo insiste en que no llevó a ninguna mujer al aeropuerto esta mañana.»

Sentí un escalofrío.

Abrí la fotografía de Jiang Man y amplié el reflejo de la ventanilla.

Entonces lo vi.

El hombre sentado al volante no era Cheng Yue.

Y antes de que pudiera entender qué estaba ocurriendo, mi teléfono comenzó a sonar.

Era él.

Por primera vez en cuatro años, mientras yo estaba a punto de subir a un avión sin él, Cheng Yue no dejaba de llamarme.

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