Parte 2: CUANDO ADRIAN DESCUBRIÓ QUE SU FIRMA ME HABÍA CONDENADO

Ava conectó su computadora al puerto del monitor.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—Corrigiendo la historia.

Sus dedos volaron sobre el teclado.

—Cuando mueras, el expediente mostrará que llegaste al hospital con complicaciones del accidente. Nada relacionado conmigo.

La voz del sistema apareció en mi cabeza.

【Tiempo restante: 68 horas.】

La miré sin miedo.

—¿También borrarás la transfusión?

Ava se quedó inmóvil.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

—¿Qué transfusión?

Sonreí.

—Así que no lo sabías.

Sus ojos fueron hacia la bolsa vacía.

Leyó la etiqueta.

Tipo A.

Luego miró mi pulsera.

Tipo O.

Su rostro perdió el color.

—No…

Por primera vez, Ava parecía realmente aterrada.

Ella había planeado ocultar su sabotaje, pero Adrian había creado por sí mismo la causa inmediata de mi muerte.

Ava arrancó el cable de la computadora y salió corriendo.

Veinte minutos después, Adrian irrumpió en la habitación acompañado por médicos.

—¡Detengan todo!

Un especialista revisó mi expediente y palideció.

—¿Quién autorizó esta sangre?

La enfermera señaló el documento.

Adrian lo tomó.

Entonces vio su firma.

Y debajo:

Grupo sanguíneo autorizado: A.

—Eso es imposible.

—Es su firma, señor Kingsley —respondió el médico.

Adrian me miró.

—Emily, ¿por qué no dijiste nada?

Solté una pequeña risa.

—Lo hice.

Su expresión se quebró.

—Dijiste que tenía frío.

El silencio cayó como una piedra.

El médico ordenó análisis inmediatamente.

Cuando regresó una hora después, su rostro era grave.

—La reacción ha provocado daño sistémico severo. Estamos intentando estabilizarla, pero las próximas horas serán críticas.

Adrian retrocedió.

Ava apareció detrás de él.

—Fue un accidente —dijo rápidamente—. Adrian estaba preocupado por mí cuando firmó.

La miré.

—Qué conveniente.

Adrian giró hacia ella.

—¿Por qué regresaste sola a esta habitación?

Ava se congeló.

—¿Qué?

—Seguridad te vio entrar con una computadora.

Por primera vez, Adrian no corrió a defenderla.

Ava comenzó a llorar.

—Solo quería revisar su monitor.

—Eres programadora, no médica.

—¡Quería ayudar!

Entonces apareció el director del hospital acompañado por dos agentes de seguridad.

En su mano llevaba una memoria externa.

—Señor Kingsley, encontramos un acceso remoto no autorizado al expediente de su esposa.

Adrian miró lentamente a Ava.

—Dime que no fuiste tú.

Ella guardó silencio.

El director continuó:

—Además, recuperamos parte del historial eliminado. Alguien intentó modificar la hora de ingreso y ocultar información relacionada con el accidente.

Adrian parecía incapaz de respirar.

Pero todavía faltaba lo peor.

Uno de los agentes colocó una tablet frente a él.

—La policía revisó el sistema electrónico del vehículo.

En pantalla apareció un registro.

Un usuario había enviado instrucciones al módulo de frenado.

El nombre de la cuenta estaba allí.

AVA_KINGSLEY_ADMIN.

—No quería matarla —sollozó Ava—. ¡Solo quería asustarla!

Adrian cerró los ojos.

Era exactamente la excusa que él mismo había utilizado.

Entonces el agente añadió:

—Encontramos una segunda orden.

Ava dejó de llorar.

—¿Qué segunda orden?

—Después del accidente alguien intentó borrar remotamente los registros del vehículo.

La hora correspondía al momento en que Ava estaba en aquel bar.

Adrian comprendió finalmente por qué había montado aquella supuesta emergencia.

El problema en el bar había sido una distracción para sacarlo del hospital mientras ella destruía pruebas.

—Me utilizaste —susurró.

Ava corrió hacia él.

—¡Lo hice por nosotros! Desde que te casaste con ella, todo cambió.

Adrian apartó su mano.

—Tocaste sus frenos.

—Adrian…

—Y luego viniste aquí a borrar pruebas.

Ava gritó:

—¡Siempre dijiste que me protegerías!

Él la miró durante varios segundos.

—Y ese fue mi peor error.

La policía llegó poco después.

Ava fue arrestada por el sabotaje y por manipular registros hospitalarios.

Cuando se la llevaron, gritó el nombre de Adrian hasta desaparecer por el pasillo.

Él no la siguió.

Esta vez se quedó conmigo.

Demasiado tarde.

【Tiempo restante: 31 horas.】

Adrian pasó la noche junto a mi cama.

—Emily…

No respondí.

—Puedo arreglar esto.

—No.

—Traeré especialistas de cualquier parte del mundo.

Lo miré.

—No estoy hablando de mi cuerpo.

Bajó la cabeza.

—Sé que fallé.

—No. Elegiste.

Mis palabras lo hicieron estremecerse.

—Cada vez que ella me dañó, elegiste protegerla. Incluso cuando casi morí, la llamaste una niña que estaba jugando.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

—Perdóname.

—Ya no necesito que me pidas perdón.

【Tiempo restante: 4 horas.】

Al amanecer, mis signos vitales comenzaron a caer.

Adrian pidió médicos, gritó órdenes, ofreció dinero.

Por primera vez comprendió que existían cosas que su apellido no podía comprar.

Sujetó mi mano.

—Por favor, Emily.

La voz del sistema habló.

【Condición cumplida.】

【La muerte de la anfitriona deriva directamente de una decisión firmada por el protagonista masculino.】

【Misión completada.】

【¿Desea abandonar este mundo?】

Miré a Adrian.

El hombre que había podido abrir todas las puertas de Manhattan no podía abrir aquella.

—Sí.

Cerré los ojos.

El monitor emitió una alarma.

Adrian gritó mi nombre.

Y entonces todo desapareció.


Volví a abrir los ojos bajo un cielo azul.

No había hospital.

No había Adrian.

No había Ava.

Solo una habitación iluminada por el sol y una voz familiar dentro de mi cabeza.

【Regreso completado.】

Estaba en mi mundo.

Viva.

Libre.

Muy lejos, en otro Manhattan, Adrian Kingsley permaneció sentado junto a una cama vacía de futuro, sosteniendo la mano de la mujer que había perdido.

Ava enfrentó un proceso penal.

Adrian renunció a protegerla y entregó todas las pruebas.

Pero ninguna condena pudo devolverme.

Dicen que nunca volvió a casarse.

Que conservó aquel formulario con su firma dentro de una caja fuerte.

Quizá porque finalmente comprendió la verdad:

Ava había saboteado mis frenos.

Pero quien firmó mi sentencia fue él.

Y yo no necesitaba regresar para vengarme.

Mi verdadera victoria fue despertar en un mundo donde ninguno de los dos podía volver a tocar mi vida.

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