PARTE 2: EL REGRESO DE LA HEREDERA

La residencia permanecía en silencio.

Valeria cerró la puerta sin llevarse absolutamente nada.

Ni joyas.

Ni ropa de diseñador.

Ni los regalos que Rodrigo le había comprado para aparentar un matrimonio perfecto frente a la prensa.

Solo llevaba el vestido azul, el celular y una pequeña bolsa donde guardaba sus documentos.

Por primera vez en tres años, sentía que estaba dejando atrás una cárcel.

Quince minutos después, el sonido de varios motores rompió la tranquilidad de la calle.

Tres camionetas negras blindadas entraron lentamente a la privada.

Los vecinos comenzaron a asomarse por las ventanas.

Nunca habían visto un operativo semejante.

La primera camioneta se detuvo frente a la casa.

Un hombre alto, de cabello completamente canoso y traje gris oscuro descendió acompañado por cuatro escoltas.

Don Aurelio Mendoza.

Durante décadas había construido uno de los conglomerados industriales más importantes de México.

Su nombre aparecía en revistas financieras de todo el mundo.

Pero en ese instante no parecía un magnate.

Solo era un padre buscando a su hija.

Cuando Valeria salió de la casa, ambos permanecieron inmóviles unos segundos.

Habían pasado más de tres años desde la última vez que se vieron.

Ella había insistido en alejarse.

Él había respetado su decisión, aunque cada cumpleaños enviaba un regalo que siempre regresaba sin abrir.

Don Aurelio caminó lentamente hacia ella.

Le acarició el rostro con una mano temblorosa.

—Has adelgazado demasiado.

Valeria intentó sonreír.

No pudo.

Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.

—Perdóname, papá.

Él la abrazó con fuerza.

—Nunca debiste pedirme perdón por querer ser feliz.

Los escoltas desviaron la mirada con respeto.

Ninguno había visto jamás a don Aurelio llorar.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el Gran Hotel Imperial resplandecía bajo cientos de reflectores.

Empresarios, gobernadores, inversionistas extranjeros y representantes de los principales bancos del país desfilaban por la alfombra roja.

Rodrigo descendió de su vehículo junto a Jimena.

Las cámaras comenzaron a disparar flashes.

Jimena sonreía como si aquella noche fuera una coronación.

—¿Lista para convertirte en la mujer más fotografiada del evento?

Ella entrelazó su brazo con el de Rodrigo.

—Siempre.

Varias revistas de espectáculos comenzaron a tomar fotografías.

Una reportera se acercó de inmediato.

—Licenciado Santillán, ¿ella es su esposa?

Rodrigo ni siquiera dudó.

Miró a Jimena con orgullo.

—Es la mujer que me acompaña esta noche.

Jimena levantó discretamente la barbilla.

Aquella respuesta valía más que cualquier declaración de amor.

Dentro del salón principal, la gala ya había comenzado.

El presidente del Consejo Empresarial caminaba entre los invitados saludando a cada uno de los asistentes importantes.

De repente, un organizador se acercó apresuradamente.

—Licenciado…

—¿Qué ocurre?

—Acaban de confirmar la llegada del ingeniero Aurelio Mendoza.

Todo el salón pareció contener la respiración.

Rodrigo abrió los ojos con sorpresa.

—¿Aurelio Mendoza?

El empresario llevaba años rechazando invitaciones públicas.

Su presencia significaba una oportunidad única para cualquier compañía.

Rodrigo sonrió.

Si conseguía una fotografía junto al fundador del Grupo Mendoza, el valor de sus acciones subiría al día siguiente.

—Cuando llegue, quiero ser el primero en recibirlo.

—Sí, señor.

Sin embargo, unos minutos después ocurrió algo inesperado.

Las puertas principales del salón comenzaron a abrirse lentamente.

Los fotógrafos corrieron hacia la entrada.

Los empresarios dejaron de conversar.

Incluso los meseros se quedaron inmóviles.

Don Aurelio apareció rodeado por su equipo de seguridad.

Pero no entró solo.

Del brazo llevaba a una mujer con un elegante vestido azul oscuro.

No era un vestido nuevo.

Era el mismo vestido que Rodrigo había despreciado apenas unas horas antes.

Solo que ahora, iluminado por las lámparas de cristal y acompañado por la serenidad con la que Valeria caminaba, parecía imposible apartar la vista de ella.

Los murmullos comenzaron a recorrer el salón.

—¿Quién es?

—Es la hija de Aurelio Mendoza.

—Pensé que vivía en el extranjero.

—Jamás la había visto en un evento.

Rodrigo sintió que el corazón dejaba de latir durante un segundo.

Jimena también la reconoció.

Su sonrisa desapareció por completo.

Don Aurelio avanzó hasta el centro del salón y tomó el micrófono.

—Antes de comenzar esta gala, deseo presentar oficialmente a la persona que, a partir de este año, asumirá la vicepresidencia ejecutiva del Grupo Mendoza…

Todo el salón guardó silencio.

Don Aurelio tomó la mano de Valeria con orgullo.

—Mi única hija…

Hizo una breve pausa mientras miraba directamente hacia Rodrigo.

—Valeria Mendoza.

El aplauso estalló con fuerza.

Rodrigo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Pero el verdadero golpe llegó cuando el presidente del Consejo se acercó al escenario con un documento en la mano.

—Ingeniero Mendoza, aprovechando que todos los socios estratégicos están presentes, también debemos informar que el Grupo Santillán queda suspendido de manera inmediata del proceso de fusión… por solicitud expresa de la familia Mendoza.

Y en ese instante, por primera vez en toda su carrera, Rodrigo comprendió que el imperio que había tardado quince años en construir podía empezar a derrumbarse en una sola noche.

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