Rodrigo miró a Margarita como si hubiera hablado en otro idioma.
—Soy director de operaciones desde hace ocho años.
—Correcto —respondió ella.
—Yo construí esa empresa.
Valeria habló por primera vez.
—Trabajaste para ella.
Rodrigo giró hacia ella.
—¿Después de doce años vas a tratarme como un empleado?
—No. La documentación corporativa va a tratarte como un empleado.
Alejandro disimuló una sonrisa.
Miranda permanecía junto a la escalera, pero su arrogancia había desaparecido.
—Rodrigo me dijo que tenía participación.
—Rodrigo te dijo muchas cosas —respondió Valeria.
Aquello dolió más de lo esperado.
No porque Miranda hubiera elegido a su marido.
Sino porque durante veintidós años había sido la persona a quien Valeria llamaba cuando algo bueno o terrible ocurría.
Ahora comprendía que Miranda conocía sus vulnerabilidades porque Valeria misma se las había entregado.
Rodrigo golpeó la carpeta del divorcio contra la mesa.
—Mis abogados revisarán todo.
—Deberían —dijo Margarita—. Especialmente antes de que usted vuelva a afirmar que posee bienes del fideicomiso.
Alejandro se acercó a Valeria.
—Hay otro problema.
Su tono hizo que todos callaran.
—¿Cuál?
—La alerta no se activó solamente por los códigos.
Sacó su teléfono.
—Alguien intentó acceder anoche a la bóveda documental del fideicomiso desde esta casa.
Valeria miró inmediatamente a Rodrigo.
Él frunció el ceño.
—No fui yo.
—¿Estás seguro?
—Ni siquiera sé dónde está esa bóveda.
Entonces Miranda dejó caer el bolso.
El sonido fue pequeño.
Pero todos la miraron.
—Fue un accidente —dijo demasiado rápido.
Valeria sintió que algo se endurecía dentro de ella.
—¿Qué hiciste?
—Buscaba unos documentos de Rodrigo.
—¿En mi despacho privado?
Miranda tragó saliva.
—Él necesitaba demostrar lo que había aportado al matrimonio.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—¿Cómo obtuvo el código?
Silencio.
Valeria conocía esa expresión.
Miranda estaba calculando qué mentira podía sobrevivir.
—Te vi introducirlo hace años.
—Lo cambié hace seis meses.
Miranda palideció.
Así que alguien se lo había dado.
Alejandro miró al jefe de seguridad.
—Bloquea todos los accesos y conserva las grabaciones.
Rodrigo levantó las manos.
—Esto se está volviendo ridículo.
—No —dijo Valeria—. Recién está empezando.
Una hora después, Rodrigo y Miranda abandonaron la mansión.
No juntos.
Rodrigo salió primero, furioso.
Miranda lo siguió mientras intentaba hablarle.
Valeria observó desde la ventana cómo discutían junto al coche.
—No parece una pareja muy enamorada —comentó Margarita.
—No me importa.
Pero sí le importaba otra cosa.
—Quiero saber qué buscaban.
Alejandro la observó.
—Ya pedí una auditoría.
Valeria giró hacia él.
—¿Sin preguntarme?
—Como protector independiente puedo hacerlo cuando existe riesgo para los activos.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues esperando demasiado para desconfiar de la gente.
Aquella frase la hizo callar.
Alejandro pareció arrepentirse.
—Valeria…
—No. Tienes razón.
Miró el retrato roto de su madre.
—Mi madre también desconfiaba de Rodrigo.
—Tu madre desconfiaba de casi todos.
—No de ti.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Por eso me nombró protector.
La auditoría comenzó esa misma tarde.
A las nueve de la noche encontraron la primera irregularidad.
Montes Laboratorios había pagado durante dieciocho meses servicios de consultoría a una empresa llamada MS Estrategia Integral.
Valeria no reconoció el nombre.
Margarita sí reconoció las iniciales.
—Miranda Solís.
El importe total superaba los nueve millones de pesos.
Valeria sintió que se le helaban las manos.
—¿Quién autorizó los pagos?
Alejandro giró el portátil.
Rodrigo Fuentes.
Había contratos.
Facturas.
Informes de asesoría.
Pero muchos de los informes eran copias de documentos internos preparados por empleados de Montes Laboratorios.
—Esto parece una empresa pantalla —dijo Margarita.
Valeria siguió leyendo.
—¿Desde cuándo?
—Dieciocho meses.
Dieciocho meses.
Mientras Miranda cenaba en su casa.
Mientras Rodrigo la besaba antes de dormir.
Mientras ambos probablemente decidían cuánto podían quitarle sin que ella lo notara.
—Congelen cualquier pago pendiente —ordenó Valeria.
Alejandro asintió.
—Ya está hecho.
—Y mañana quiero una reunión extraordinaria de la junta.

Rodrigo apareció a las ocho de la mañana.
No esperó a ser invitado.
El nuevo código rechazó su entrada.
Terminó golpeando la puerta hasta que seguridad avisó a Valeria.
Ella salió al vestíbulo.
—¿Qué quieres?
—Bloqueaste mis tarjetas corporativas.
—Sí.
—No tienes autoridad para hacerlo.
Alejandro apareció detrás de ella.
—Ella quizá no necesitaba ejercerla. Yo sí la tengo mientras se investiga un posible perjuicio al fideicomiso.
Rodrigo lo fulminó con la mirada.
—Siempre has esperado una oportunidad para meterte entre nosotros.
Valeria sintió cansancio.
—No metas a Alejandro en lo que tú hiciste.
—¿Sabes qué? Perfecto. Hablemos de lo que hice.
Sacó el teléfono.
—Miranda prestó servicios reales.
—Entonces podrá demostrarlos.
—Estás intentando destruirme porque me enamoré de otra mujer.
—No.
Valeria bajó la voz.
—Que te acostaras con mi mejor amiga destruyó nuestro matrimonio. Que posiblemente utilizaras mi empresa para pagarle es otro asunto.
Rodrigo perdió parte de su seguridad.
—No puedes probar fraude.
—Todavía no.
Aquella palabra lo silenció.
Entonces su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Miranda.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Otra vez.
A la tercera respondió.
—¿Qué?
Valeria vio cómo su expresión cambiaba.
—¿Cómo que desapareció?
Pausa.
—¡Te dije que no tocaras nada!
Rodrigo levantó la vista.
Demasiado tarde.
Alejandro ya estaba observándolo.
—¿Qué desapareció? —preguntó.
—Nada.
—Rodrigo.
—He dicho que nada.
Se marchó.
A mediodía comenzó la reunión de la junta.
Rodrigo llegó acompañado por dos abogados.
Miranda no apareció.
El director financiero presentó los pagos cuestionados.
Después habló el auditor.
Habían descubierto algo peor.
MS Estrategia Integral no era la única sociedad.
Existían otras dos.
Y una había recibido dinero procedente de un proyecto de investigación financiado parcialmente mediante fondos públicos.
Margarita dejó el bolígrafo.
—Eso cambia la naturaleza del problema.
Rodrigo se levantó.
—Yo no autoricé eso.
El auditor proyectó una firma electrónica.
Su firma.
Rodrigo palideció.
—Esa autorización no la hice yo.
Por primera vez, Valeria creyó que decía la verdad.
—Entonces ¿quién tenía acceso a tu firma digital?
Rodrigo no respondió.
Valeria ya conocía la respuesta.
—Miranda.
Él cerró los ojos.
Alejandro recibió un mensaje.
Lo leyó y se levantó inmediatamente.
—Tenemos que ir a la mansión.
—¿Qué pasó?
—Seguridad encontró algo.
Llegaron veinte minutos después.
El jefe de seguridad los condujo al despacho de doña Elena.
Una sección de madera detrás de la biblioteca estaba abierta.
Valeria nunca la había visto así.
—¿Qué es esto?
Alejandro parecía igualmente sorprendido.
Dentro había una pequeña caja fuerte.
Vacía.
Sobre el suelo encontraron un guante rojo.
Valeria lo reconoció.
Miranda lo había llevado el invierno anterior.
—¿Qué guardaba mi madre aquí?
Alejandro negó lentamente.
—No lo sé.
Margarita, en cambio, estaba pálida.
—Yo sí.
Todos se volvieron.
—Doña Elena me pidió preparar ciertos documentos meses antes de morir.
—¿Qué documentos?
Margarita miró a Rodrigo.
—Una modificación privada relacionada con el fideicomiso.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Qué modificación?
—Nunca entró en vigor. Tu madre cambió de opinión.
—¿Y por qué alguien querría robarla?
Margarita tardó demasiado en contestar.
—Porque, presentada fuera de contexto, podría parecer que Elena pretendía sustituir a Valeria como beneficiaria principal.
Rodrigo dio un paso.
—¿Sustituirla por quién?
Antes de que Margarita respondiera, el teléfono de Valeria vibró.
Era Miranda.
Había enviado una fotografía.
Aparecía sentada dentro de un avión privado.
Sobre sus piernas descansaba una carpeta antigua con el sello de doña Elena Montes.
Debajo había escrito:
«Tu madre nunca te contó toda la verdad sobre el fideicomiso.»
Llegó un segundo mensaje.
Una fotografía de una página firmada.
Valeria amplió el nombre.
Y dejó de respirar.
La persona que figuraba como beneficiaria alternativa era Miranda Solís.
Rodrigo se quedó blanco.
—Eso no puede ser.
Entonces llegó el tercer mensaje.
Solo una frase:
«Pregúntale a Alejandro por qué tu madre puso mi nombre ahí. Él estaba presente cuando lo hizo.»
Valeria levantó lentamente los ojos.
Alejandro ya no parecía tranquilo.
Y por primera vez desde que había regresado de Suiza, comprendió que la traición de Rodrigo podía no ser el secreto más peligroso escondido dentro de la casa Montes.