PARTE 2: CUANDO ADRIAN QUISO HACERME VOLVER, YO YA HABÍA ELEGIDO OTRO DESTINO

Cuando el tren se detuvo, bajé con mi maleta.

No miré atrás.

Había reservado una habitación cerca de la estación y cambiado mi boleto para viajar a otra ciudad a la mañana siguiente. También envié un correo aceptando la oferta laboral que llevaba semanas posponiendo porque Adrian decía que mudarme complicaría nuestros planes de compromiso.

Nuestros planes.

Qué expresión tan absurda.

Apenas llegué al hotel, Adrian llamó.

Una vez.

Cinco.

Doce.

Finalmente contesté.

—¿Dónde estás?

Su voz ya no sonaba tranquila.

—Me bajé.

—Eso ya lo sé. ¿En qué hotel?

—No es asunto tuyo.

Hubo un silencio.

—Natalie, deja de comportarte como una niña. Regresa a la estación. Cambiaré los boletos.

Casi sonreí.

Todavía pensaba que el problema era el viaje.

—Adrian, terminamos.

—¿Por Madison?

—No.

Aquello lo desconcertó.

—Entonces ¿por qué?

Me senté junto a la ventana.

—Porque durante ocho años me enseñaste que siempre habría algo más importante que yo. Hoy simplemente dejé de competir.

—Estás exagerando.

—Exactamente. Esa respuesta es una de las razones.

Colgué.

A la mañana siguiente desperté con cuarenta y tres mensajes.

Entre ellos había uno de Madison:

“Lo siento mucho. Si hubiera sabido que eras tan sensible, jamás me habría sentado allí.”

Lo eliminé.

Después llegó una fotografía enviada por Nora, una compañera del viaje.

Era una captura del grupo.

Madison había escrito:

“Parece que alguien abandonó el viaje por mi culpa. Me siento terrible 😢”.

Debajo, Adrian respondió:

“No es culpa tuya. Natalie necesita calmarse.”

Eso terminó de apagar cualquier duda.

Bloqueé a ambos.

Dos semanas después, acepté oficialmente el nuevo puesto.

La empresa estaba en otra ciudad.

Me fui.

Adrian se enteró cuando llamó a mi madre preguntando por mí.

—Natalie no vive aquí —respondió ella.

—¿Cuándo vuelve?

—No vuelve.

Por primera vez comprendió que aquello no era uno de nuestros enfados habituales.

Empezó a buscarme.

Contactó amigos.

Compañeros.

Incluso apareció en mi antigua oficina.

Pero yo ya había entregado las llaves del apartamento que habíamos elegido juntos.

Tres meses después ocurrió algo que no esperaba.

Madison me escribió desde otro número.

“Necesito hablar contigo sobre Adrian.”

No respondí.

Entonces envió una fotografía.

Era nuestro anillo.

El que supuestamente había perdido.

Estaba sobre su escritorio.

Debajo apareció otro mensaje:

“Yo nunca lo perdí. Adrian me pidió que lo guardara.”

Me quedé mirando la pantalla.

Finalmente contesté:

“¿Por qué?”

La respuesta tardó.

“Porque quería saber si tú notarías que no lo llevaba.”

Sentí una mezcla de incredulidad y cansancio.

Madison terminó confesándolo todo.

Al principio, Adrian había disfrutado provocando mis celos.

Cuando ella empezó como becaria, varios compañeros bromearon con que parecía enamorada de él. Adrian nunca estableció límites.

Al contrario.

Le parecía divertido comprobar cuánto soportaría yo.

La chaqueta.

Los almuerzos.

Los mensajes nocturnos.

El asiento.

Incluso el anillo.

Según Madison, Adrian había dicho:

“Natalie puede enfadarse, pero nunca se irá.”

Ahí estaba la verdad.

No necesitaba una amante para destruir nuestra relación.

Le había bastado estar convencido de que mi amor era una garantía permanente.

—¿Y el vaso? —pregunté.

Madison tardó en responder.

“Lo tiré yo.”

Lo había hecho porque quería comprobar si Adrian la defendería delante de mí.

Y lo hizo.

Guardé las capturas.

No para vengarme.

Para recordar por qué nunca debía regresar.

Seis meses después volví a mi ciudad natal para el cumpleaños de mi padre.

Al salir de la estación encontré a Adrian.

Estaba solo.

Parecía más delgado.

En su mano sostenía una pequeña caja.

—Natalie.

Seguí caminando.

Él se colocó frente a mí.

—Solo dame cinco minutos.

—Tienes dos.

Abrió la caja.

Dentro estaba nuestro anillo.

—Lo recuperé.

Lo observé sin emoción.

—Felicidades.

—Terminé el contrato de prácticas de Madison.

Aquello consiguió que levantara la vista.

—¿Y crees que ese era el problema?

Adrian guardó silencio.

—Pensé que estabas celosa —admitió—. Pensé que querías controlarme.

—Yo quería que me respetaras.

Su mandíbula tembló.

—Podemos empezar de nuevo.

Negué lentamente.

—¿Recuerdas aquel concierto al que no quisiste acompañarme porque era una pérdida de tiempo?

Asintió.

—Fui sola después de dejarte.

—Natalie…

—¿Y sabes qué descubrí? Que me gustaba muchísimo estar conmigo misma.

Por primera vez, Adrian no encontró respuesta.

Entonces apareció mi madre al otro lado de la estación.

Corrí hacia ella.

Antes de irme, Adrian me llamó una última vez.

—¿De verdad ocho años pueden terminar así?

Me giré.

—No terminaron en aquel tren.

Miré el anillo entre sus dedos.

—Terminaron cada vez que elegiste hacerme sentir segunda y confiaste en que yo seguiría esperando.

Sus ojos se humedecieron.

Pero ya no era mi responsabilidad consolarlo.

Un año después recibí una invitación para asistir a un congreso profesional en la misma ciudad donde había aceptado aquel trabajo.

Mientras el tren avanzaba, una mujer me preguntó si el asiento junto a mí estaba libre.

Sonreí.

—Sí.

Guardé el teléfono y miré por la ventana.

Durante años creí que perder a Adrian significaría perder mi destino.

Estaba equivocada.

Aquel día no bajé simplemente de un tren.

Bajé de una vida donde siempre tenía que pedir permiso para ocupar mi propio asiento.

Y por primera vez, elegí hacia dónde quería ir.

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